Periodista 100% humana

En relación a la controversia y las dudas en torno al arte y la IA.
Por Gisela Paggi

Han sido días extraños.
El viernes me levanté a trabajar como cualquier día pero, de golpe, la realidad se volvió difusa. Yo, que tanto leo a Bioy Casares, vine a sentir que estoy dentro de una de sus novelas.
Todo comenzó cuando leí la noticia aparecida en el emblemático diario español El País que dice que escaneó con Pangram (un detector de contenido e imágenes generadas por IA) la novela Donde el agua trabaja de David Silva Rojas y el resultado fue que se indicaba un 99% de creación por inteligencia artificial. La novela ganó este año el Primer Premio Almadía Ventosa-Arrufat con un jurado de lujo (no entraré en estos detalles que son fácilmente googleables).
La nota publicada en el medio español menciona, además, una entrevista que dio el autor y sobre la que Pangram arroja, también, un 97% de detección de IA contra el 0% en la introducción y las preguntas de la periodista que hizo esa entrevista. O sea, yo. Fue publicada en Ulrica Revista en septiembre y yo soy la periodista que lo entrevistó. Pasé la prueba. Soy humana.
Muchas cosas pensé en ese momento y, varias horas después, me senté a escribir esto, con la cabeza más fría, aunque no más aclarada. La conclusión que sí saco es que siento que hay un pacto en mí que se quebró más allá de si efectivamente esta novela (y las respuestas que el autor me dio) hayan sido escritas con IA o no.
Iré por puntos.
Lo primero que diré es que leí la novela y la comenté con entusiasmo porque me gustó. Me pareció una muy buena primera novela donde el ritmo de la prosa tiene toda la razón de ser: frases cortas, pulcras, pulidas. Todo eso puesto al servicio de una historia que merecía ser escrita con ese estilo. Y esto está en aquella introducción que escribí y está en la primera hoja del libro donde, a lapiz, anoté algunas impresiones.
Lo segundo. La entrevista se pactó por mail porque, por agenda, yo no podía asistir a una entrevista personal en los días en que el autor peruano estaría de visita en Argentina así que pautamos, vía intermediación de la prensa editorial, el cruce de preguntas y respuestas. Y, si bien como periodista de vieja escuela prefiero siempre el ida y vuelta aunque eso implique muchas más horas de trabajo, es una forma muy habitual de coordinar entrevistas hoy en día, con las apretadas agendas y las miles de actividades diarias, donde al entrevistado se le dan las opciones de responder por escrito o por mensajes de audio.
Ahora bien, la noticia me despierta muchos resquemores, más allá de si es verdad o no que ese texto haya sido generado por IA. El autor tiene derecho a dar su versión y a no ser juzgado sin más.
Si lo fue, los resquemores son porque caí. Yo no pensé en ningún momento que estaba frente a un texto de esas características. Suelo leer con ojo agudo artículos y, principalmente, posteos de divulgación en redes sociales que se notan generados por IA. Pero todavía no coloqué ese chip en la ficción. Jamás pensé que podría serlo en un caso como este: el de una novela premiada por un gran jurado y publicada en una editorial con un catálogo tan cuidado. Si quieren pensar que pequé de ingenua, adelante. Yo no noté esos indicios ni en la novela ni en las respuestas. Sus contestaciones se notaban pulidas, pero eso es algo que hacen todos los escritores que escriben las respuestas a entrevistas. Y si dio un 97% de IA en ellas y no un 99% quizás sea porque corregí varias cosas. Soy entrevistadora y editora. No lo puedo evitar.
Ahora bien, los principales resquemores son ante la duda. Una IA usada para detectar IA puede fallar. Me gusta más la idea de confiar en el criterio y en el ojo lector de los seres humanos que estuvieron detrás de ella que en Pangram.
El hecho de que categoricemos estos resultados, poniendo en jaque el trabajo del autor y de los editores, me hace mucho ruido porque el estigma es total. El juicio de la IA hoy parece incontrastable e inapelable.
Lo primero que dije al leer la nota fue: "No vuelvo a leer algo escrito después del 2020. Me quedaré a vivir para siempre en el siglo XX y sin correr riesgos". Pero ahora, con la cabeza más fría, pienso en que todos pasaremos a estar bajo la lupa de ese escaner, en todas nuestras creaciones. Los chantas existieron siempre, el plagio fue durante siglos una moneda común. También los ghost writers (pero humanos). La IA solo vino a agilizarles el trabajo pero, ¿y si a todos nos empieza a dar el 99%? ¿Cómo haremos para enfrentar el escarnio o, por lo menos, la verguenza? Y más aún, ¿dónde está el límite de asistencia en el proceso creativo? No creo tener las respuestas hoy pero, al ritmo que viene esto, quizás sea cuestión de esperar unos meses o unas semanas.
Pensemos que se le exige al autor que muestre sus borradores. ¿Y acaso esos borradores no podrían tener la mano oculta de la IA? Todos podríamos llenar cuadernos enteros, a mano, copiando lo que la IA dice. ¿Dónde está la vara de la verdad en todo esto?
Pienso que hace muy poco me senté a escribir sobre cómo Adolfo Bioy Casares se adelantó a todo esto en La invención de Morel. Escribí sobre esta novela y la invención del amor en diálogo con la serie WandaVision, incluso. Todo pertenecía al lejano mundo de la ciencia ficción. Estar apenas unas semanas después escribiendo esto, me parece tan horroroso como fascinante.
Justo pasé estos últimos meses leyendo decenas de cómics protagonizados por Vision (el Avenger sintozoide), donde él persigue su humanidad y se interpela sobre sus sentimientos y sobre su misma esencia como ser. Creo que ese Vision estaría muy orgulloso de que a mí, Pangram y el diario El País, me hayan etiquetado como 100% humana. Pero, ¿si no pasaba la prueba? Tendría que empezar a leer los cómics protagonizados por Ultron, supongo.
Cuando leas esta nota podrás escanearla con algún programa de detección de IA, si quisieras, y corroborar si lo escribió esta periodista o no. Espero que el resultado te diga que sigo siendo humana.



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