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El universo del libro usado: un espacio de resistencia humana

Foto del escritor: Ulrica Revista
Ulrica Revista
hace 4 horas
11 min de lectura

Por Gabriela Borrelli Azara


Compartimos el discurso con el que la destacada poeta, escritora y conductora de radio argentina inauguró la última edición de la Fiesta del Libro Usado (FLU) de Buenos Aires, organizada por el escritor y librero Patricio Rago, en el Centro Cultural Recoleta.


Gabriela Borrelli Arara. Ph. Sebastián Freire
Gabriela Borrelli Arara. Ph. Sebastián Freire

Con mi amigo Jorge Hardmeier nos sentamos en una mesa específica de cierto bar en San Telmo. Lo espero siempre en la mesa en la que creemos se sentaba Osvaldo Lamborghini. El bar se llama Caracol, y yo no recuerdo dónde leí ese dato sin embargo, repetimos el gesto. Especulamos con esa mínima información que reforzamos y extendemos cada vez que nos vemos. Sucede también la misma conversación: "¿Nos quedamos acá? ¿En la mesa de Lamborghini?" Habitamos tal vez, una mentira, un error pero dibujamos sobre lo escuchado, damos por cierto lo mínimo, es decir, leemos.

Jota además suma a estos encuentros una cosa hermosa, una costumbre que también repite: siempre cae con un libro usado o una revista vieja. Como un regalo, como una ofrenda. Yo a veces, no siempre, le llevo un libro nuevo. Ese intercambio trafica algo que todavía no sé que es. La última vez, déjenme contarles, hace apenas una semana, Jota cayó con un libro hermoso de la poeta Manuela Mur, poeta mendocina, de la que no tengo ningún libro y a la que conocía de nombre.

El libro es delicado, largo, sobrio: sobre una tapa blanca (más tirando a tiza por el paso de los años) aparece el título en letras color celeste: Luz entre los sueños. Arriba, más pequeñas unas letras negras componen el nombre de Manuela Mur, y debajo, en el borde inferior solo dice "Francisco A. Colombo, Buenos Aires". Mientras me encuentro con el libro y recorro la tapa, justo en el momento en que llegó a esas últimas palabras Jota aclara: Colombo también lo editó a Di Benedetto. Sucede que Jota es el biógrafo de Antonio Di Benedetto y el tipo que mejor lo investigó y leyó.

Jota y el libro todavía tienen más sorpresas, su sonrisa lo delata. El libro tiene una dedicatoria en fibrón. Una letra amplia y expansiva que usa toda la segunda página. Se lee: "a Amanda Onis de Fourcade con gran simpatía y afecto a través de un 'Conejo' llamado Alejandro". Y la firma, Manuela Mur. "Ah ¡pero que joya Jota querido!", exclamo en un tono demasiado alto. Me parece una pequeña novela esa dedicatoria: ¿Qué relación tendría Amanda con Alejandro que evidentemente le llevaba el libro? ¿Por qué Manuela Mur, la autora con tanta confianza le escribe “Conejo"? A su vez ese mismo hecho da cuenta de una relación de intimidad entre los tres, autora, destinataria y mensajero-conejo que quedó plasmado en esa dedicatoria. Otra cosa también, ¿quién firma con un fibrón tan grande?

Voy inmediatamente al año de publicación mientras Jota me cuenta que encontró ese libro en una librería a que suele ir cuando viene a verme a San Telmo. Una de nombre inglés con un parco librero. Yo no voy nunca pero Jota sabe encontrar ahí joyas realmente. Me cuenta que encontró un tomo de las obras completas de Paul Eluard que decía 2000 pesos en la tapa, igualmente como una cortesía le preguntó al librero si ese era el precio y el tipo se empezó a fijar en la plataforma de Galperín y eso lo hizo enojar a Jota y lo dejó al tomo de Eluard. Nos reímos. "Hiciste bien amigo, y sí".

La última página del libro, a la que llego después de esta anécdota devela que se terminó de imprimir el 22 de noviembre de 1966. Digo en voz alta el año, Jota me mira, y pregunta, ¿dónde estará el conejo ahora, no? Nos reímos pero insiste, "mirá, mirá además"…. El libro tenía otra sorpresa como ya dije: ilustraciones. Me encuentro en la tercera página con el dibujo (pareciera una serigrafía) del rostro de una mujer frente a unas flores debajo de unas estrellas como un cielo. Reconozco el trazo, la expresión de la cara. Busco más, otras hojas con ilustraciones, y al ver a un jovencito de polera rayada acodado a un buzón en una esquina llena de cartes de Hotel, o Whisky y un farol, ya no tengo dudas: es Aída Carballo. Tiene ilustraciones de Aída Carballo, pero que es esta joya por favor.


Este año la FLU llevó a cabo su quinta edición.
Este año la FLU llevó a cabo su quinta edición.

Jota sonrié. Se desplegó la maravilla, los secretitos de ese libro que me trajo de regalo, un libro que él rescató de una batea de esa librería de la que se fue enojado. Me lo trajo a mi, que amo a Aída Carballo que estaba buscando a Manuela Mur.

Jota fue librero. Tenía un puesto en Parque Rivadavia. Jota es muchas cosas: es arquitecto, poeta, narrador, el mejor entrevistador del país, un gran perfilista, librero y ahora profesor. Salimos mucho de noche con Jota y sobre todo hablamos de libros. Yo lo conocí por Tom Lupo, porque Tom iba a comprarle libros a su puesto. En realidad le iba a comprar revistas, porque Tom leía muchas revistas y Jota era especialista. Es más tuvo una revista: El anartivista.

La cosa es que si Jota se enoja con un librero no es cualquier persona, es una cuestión de principios la que se debate ahí. "¿Cómo te vas a fijar el precio en Mercado Libre?" Comentamos los dos. Yo le digo que es mejor poner el precio por la cara si hay confusión. Jota coincide y me dice textualmente: "el precio que me dió de Mercado Libre estaba bien, mala la actitud". Todo no se puede.

Hablamos de otros libreros de usados. Le cuento de Brenchx, especialista en usados de La libre. Brenchx siempre me avisa cuando entra un libro que sabe que estoy buscando. Y Jota me pregunta "¿Y cómo sabe Brenchx qué libro estás buscando?". "Y es que mis obsesiones son bastante públicas y además hablo con Brenchx seguido". Jota me dice que eso es una característica de los libreros de usados: recordar obsesiones. "Como los escritores", agrego.

Jota me quiere entrevistar para una nota y entonces saca el celular, me cuenta que una vez entrevistó a un tipo espectacular y que perdió el celular y perdió toda grabación. De ahí derivamos en la conversación sobre la tecnología, y luego al poder de unos pocos tipos en apretar un botón y que todo se elimine. "Claro", decimos, "todos los textos de un drive en una nube se pueden perder, de manera más irrecuperable que un papel". Debo aclarar que cuando entramos en este terreno nunca sé si con Jota pensamos la época o practicamos una nostalgia en forma de pensamiento sobre el mundo que se nos va. La verdad no sé. Siempre le escapo a pensar nostálgicamente, me interesa el presente y si voy al pasado es para seguir huellas, identificar señales, especular y tal vez creerme mentiras: es decir, nuevamente, leer.

La tarde se disipa y se queda en mí una inquietud: la relación entre esa charla con Jota y esta feria. En el medio una noticia que no me abandonó las últimas semanas. Que me hizo estremecer pero también pensar y unir estos dos hechos recientes.

Primero tuve que corroborar dos veces la información. Saber dónde leer, porque lo primero que llegó a mi fue un video de TiKTok. Una imagen violenta de una guillotina cortando el lomo de un libro gordo. Como una enciclopedia o algo así. No sabía bien de qué se trataba. La chica que hacía el TikTok hablaba de Panamá, de un proyecto de la IA. Pasé en limpio y se los pasó en limpio a ustedes. Grandes empresas de tecnología están comprando y destruyendo millones de libros físicos para cortarles el lomo, escanear sus páginas a alta velocidad y entrenar a sus modelos de inteligencia artificial con contenido humano. Así nomás, específicamente máquinas hidráulicas cortan la encuadernación y los lomos de los ejemplares para separar las hojas y escáneres de alta velocidad digitalizan el texto y el papel restante se recicla o se desecha, lo que impide que el libro físico pueda recuperarse.

Logo de la FLU
Logo de la FLU

La empresa Anthropic compró, destruyó y escaneó en secreto millones de libros para entrenar su inteligencia artificial, en una operación bautizada como Proyecto Panamá. El plan, se encontró en un documento interno de planificación que salió a la luz en escritos judiciales a finales de julio, decía el objetivo “escanear de forma destructiva todos los libros del mundo”. Así de distópico para recordarnos que las fantasías no son monopolio de nosotros, artistas soñadores. El texto necesitaba cierta discreción: “No queremos que se sepa que estamos trabajando en esto”. La revelación no deja de ser literaria. Quieren enseñarle a escribir bien a Claude, no sé como decirles que eso de escribir bien es un tema en el que no nos ponemos de acuerdo de los formalistas rusos hasta acá pero sé ve que no llegaron a esos libros, aún. ¿Qué hacen con el papel? Tras el escaneo, el papel se convierte en residuo destinado a plantas de reciclaje, donde se transforman en productos como papel higiénico y cajas de cartón. Literalmente el plan es que nos limpiemos el culo con los libros físicos. Una manera de decirlo.

La historia es en principio escalofriante para todos los que nos encontramos esta tarde. Sobre todo por lo real. Muchos crecimos con la imagen del bombero Guy Montag en Fahrenheit 451 quemando libros para evitar el pensamiento crítico. La realidad es más creativa y siempre tiene otro giro inesperado: los corta para que la IA mejore, lo que redundaría en ¿un avance de la humanidad? Lo digo sin ironía. ¿Quieren un mundo sin libros físicos? Es posible que imagen ese mundo.

Ahora bien, acá estamos en un punto específico de la Ciudad de Buenos Aires. Un mínimo punto en el mapa de América y más mínimo aún si extendemos el mapa del continente y del mundo. Aquí estamos hoy resguardando de alguna manera algunos libros físicos, tocados, leídos, amados y odiados, libros con dedicatorias, libros con vida, libros tierra tal vez como los llama Gabriela Halac, esos libros enterrados escondidos para salvarse. ¿Cuántos de los libros que tenemos hoy entre nuestras manos tuvieron que esconderse para sobrevivir? Incontables.

Anthropic compró miles de ejemplares a Better World Books y World of Books, grandes empresas de libros usados. ¿Cuántos libros puede destruir la IA? La respuesta está acá: los que se le vendan. Uso el mismo mecanismo de ellos: si sueñan con la destrucción de todos los libros del mundo yo quiero soñar con libreros como Jota, Pablo o Brenchx, con el mala onda que se fijó el precio, con un enojo chiquito como el de Jota que dice: no. Este libro no lo vendo. Este libro se queda. Este libro se esconde. Este libro es una joya y no tiene precio. Este libro es de quien lo leyó. Este libro no puede ser escaneado. Las cosas se pueden poner difíciles, vaya si lo sabemos, pero nosotros esta tarde cultivamos un ejercicio necesario para el futuro: cuidamos libros, los pasamos de una mano a otra para que no sean destruidos. ¿Que otra cosa estamos haciendo? Los mantenemos en su corporalidad, abrazamos sus lomos, resguardamos sus hojas. Hacemos el ejercicio inverso. El mismo gesto de la IA: incorporar información, pero con resultados diferentes: el libro nos hace más humanos, se traduce en nosotros no como memoria sino como afecto. Nadie recuerda palabra por palabra lo que un libro contiene pero sí cómo lo afectó, aunque algunas palabras se queden para siempre con nosotros. Desde la indiferencia absoluta hasta la más larga de las fidelidades, incorporamos libros a nuestra humanidad.

Hace unos días, después del encuentro con Jota vi la última función de Breve catálogo de existencias difíciles de catalogar, un ensayo teatral de Gabriela Halac en el que activa e invoca al libro como organismo vivo afectado por fuerzas históricas, políticas y materiales develando las formas en que un libro es: el libro cueva, el libro árbol, el libro el molusco, el libro rebaño, libro trinchera, el libro trinchera, el libro tierra como dije antes. Ese libro me interesó: el libro tierra es ese libro enterrado, primero libro perseguido, y después ocultado. Adentro de bolsas, para que no se dañen, algunos esperaron décadas para volver a ver la luz. Bajo tierra, respirando, creciendo tal vez. Imagino a esas personas que oficiaron el urgente ritual. ¿Qué pensaban? ¿Qué idea de futuro tenía la persona que en medio de la persecusión o militancia enterraba por ejemplo las obras completas de Marx, Literatura y marxismo, los poemas de Federico García Lorca o la primera edición de Monte de Venus de Reina Roffé? ¿Qué pensaban que iba a suceder con esos libros? Sin duda, confiaban. En que ellas mismas los desenterrarían o confiaban en que alguien más vendría. Había ahí una idea del otro y del mañana. ¿Hoy? ¿Pensamos en quiénes podrían leer en el futuro estos libros que hoy nos rodean?

Quiero pensar en el futuro, y en estos libros del pasado. Quiero pensar en las obras que solo viven en el libro usado, pero sobre todo quiero pensar en los gestos que repetimos. Quiero pensar en la forma en que leen los libreros, las formas en que recuerdan obsesiones, la manera en que se relacionan con la corporalidad del libro: huelen, tocan, sienten. Todo el cuerpo se compromete cuando evalúan la compra de un libro.

El otro día en Aristipo presencié el momento: se acercó un hombre con una caja de libros para ofrecerle a Pato. Él agarró una pila con las dos manos, los apoyó sobre el escritorio con mucho cuidado y uno a uno los iba examinando. Primero el título y si alguno le interesaba lo daba vuelta, leía un poco la contratapa, lo observaba y lo apoyaba en una nueva pila. Luego, sin decir palabra, los puso de nuevo dentro de la caja y ahí recién le dijo algo al señor que los trajo. Éramos tres personas ahí, alrededor de una pila de libros, presenciando el momento en que se les otorgaba otra vida.

Gabriela Halac sostiene que el libro es una tecnología precapitalista. ¿Será postcapitalista? Si nos enfrentamos a la fantasía neofeudal de la destrucción de todos los libros del mundo ¿Cuál es la nuestra? Arriesgo una: libreros de libros usados como guardianes de una patrimonio humano y cultural, personas a las que no les pueden comprar libros, que no tienen precio porque saben que están resistiendo algo más grande: el único dispositivo en el que todavía pueden vivir ideas que no pasen por ninguna nube. Pienso en imprentas a la antigua y maquinas de escribir que prescindan de la nube. Hasta Word comunes y corrientes con el peligro de la pérdida en la escritura, la noción de irrecuperable que se encarama con lo que es recuperable: un libro. Imagino dueños y dueñas de bibliotecas heredadas que no se las venden a las compañías de IA porque prefieren que las cuiden libreros en sus bunkeres sagrados: las librerías. Librerías a las que iremos como peregrinos a cuidar esa tecnología única fuera del gran panóptico en red.

Imagino y cuando imagino crezco, escribo en el aire fantasías librescas que son revolucionarias justamente por lo secretas. No quiero hacerme de las grandes épicas que la derecha financiera tecnológica ha monopolizado, sino cultivar la insistencia y el resguardo, bolsas de libros que viajan y tienen mil vidas que afectan personalmente a cada lector pero no individualmente. Una bolsa como la de Ursula K. Le Guin. La gran amiga de Bellessi y escritora de ciencia ficción nos recuerda que el primer artefacto cultural probablemente fuera un recipiente, un contenedor para productos recolectados y no un cuchillo para cortar, para matar, sino una bolsa en la que llevar cosas, en las que guardar historias.


El librero y escritor Patricio Rago organiza este evento por el que pasan decenas miles de personas cada año.
El librero y escritor Patricio Rago organiza este evento por el que pasan decenas miles de personas cada año.

Y ese relato el de la recolección, el de la bolsa quedó invalidado por el del asesino, es decir por la épica. Es este un momento histórico en el que esa división que hace Le Guin está clara: se hacen de la épica los relatos actuales del poder y nos toca nosotros: escritores, libreros, lectores, nos toca el relato de la bolsa, de la recolección, la del guardado de aquello que se sueña con destruir, no ya para qué leemos sino para que leamos lo que ellos quieren bajo sus normas y sus cauces. La lectura desbordada nos quedara a nosotras con los libreros como primer frente de contención humana. No escondo mis intenciones, dedicar estas palabras a los libreros, libreras y libreres del libro usado que cultivan el futuro en sus recorridos, que resguardan esa tecnología precapitalista y auguro, postcapitalista: el libro. Seamos nosotros, nosotras lectores cómplices de la aventura que este tiempo nos depara y que el libro usado enfrenta. Borges acá, en este centro cultural, su obra se nos une, porque su obra es el libro usado, resguardado, salvado. No ya la ciudad de los inmortales sino de los mortales que encontramos en los libros viejos la posibilidad del futuro.

Por eso mi deseo se posa ahora en las tantas librerías de usados que en este tiempo piensan cerrar o están entre la espada y la pared con las deudas. No es casual. Todo colabora con para ese sueño que les conté. Lo guardado necesita de redes de cooperación activas que unan fuerzas. Esta tarde lo hacemos: nos fortificamos, nos aliamos, nos leemos y activamos pensamientos futuros que nos contemplen. Desenterramos tal vez memorias vitales: somos muchos deseando lo mismo. Vivan ustedes libreros de usados, su amor por el resguardo y su pensamiento sobre el mañana.


Este año tuvo lugar los días 5 y 6 de septiembre en el Centro Cultural Recoleta (CABA)
Este año tuvo lugar los días 5 y 6 de septiembre en el Centro Cultural Recoleta (CABA)

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