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  • Foto del escritorUlrica Revista

Fantasía

A modo de editorial


Año III - N30


Los dictadores suelen tener las fantasías más extrañas. Planifican ciudades monumentales mientras pierden guerras o se imaginan como superhéroes mientras sus pueblos huyen en éxodos masivos. Ni hablar de cuando creen ser partícipes de eventos sobrenaturales u obrar milagros. Algunos, hasta hablan con pajaritos que les traen mensajes del más allá. La lista es extensa.

En Latinoamérica, los autócratas suelen tener fantasías más coloridas y casi, casi, que podrían engrosar sendos tomos de novelas de realismo mágico. Pero los dictadores, por más originales que se crean, están condenados a repetirse como farsa y tragedia.

Hay dictadores que creen tener poderes sobrenaturales ilimitados. Por ejemplo creen que bajando un pulgar, al mejor estilo cesarista, pueden privar a una persona de identidad. Recientemente, uno de triste pasado y de risible presente decretó, con toda la fuerza de sus propias leyes, que sus opositores, muchos de los cuales eran presos políticos, perdieran su nacionalidad. De golpe y porrazo de sus mentes fueron borradas las fronteras, de sus lenguas el sabor de su idioma y de sus corazones la historia de sus pueblos. En un abrir y cerrar de ojos no reconocieron el sonido de sus calles y el aroma de las comidas se les hizo extraño, casi odioso. Los muertos en sus tumbas se les volvieron indiferentes y los monumentos del pasado se volvieron, apenas, montones de bronces sin lustre.

Estos hombres y mujeres sin patria, partieron al exilio. Aunque, a decir verdad, el decreto ya los había vuelto extraños que no reconocían su tierra, ni eran reconocidos por ella. Extraño y trágico milagro.

Los escritores, incluso esos que se vieron privados de identidad, no podrían haber escrito una fantasía más memorable. Claro que la palabra clave de todo esto es fantasía. La realidad, aquella verdad que se impone por sí misma y contra la que no pueden todos los decretos de un dictador, obra de formas concretas y sin misterio. La identidad no se pierde. La literatura no se calla.

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