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Andrés Montero, la oralidad del silencio

Entrevistamos al escritor chileno, sobre su nuevo libro La muerte viene estilando. Nos abre las puertas a sus ideas sobre literatura, tradición oral y mucho más.


Andrés Monteroes un joven escritor chileno, multipremiado, pero que rescata tradiciones. No es un iconoclasta desalmado. Sin embargo, el rescate que hace de las tradiciones orales viene revitalizado con una impronta contemporánea.

Defensor convencido de la importancia de la narración oral, fundó y dirige la Escuela de Literatura y Oralidad Casa Contada. Y esta pasión por las voces que narran se conjuga en sus cuentos en donde, a la mejor manera rulfiana, hay algo maravilloso que se asoma, se esconde y apenas se intuye.


ULRICA: La muerte viene estilando tiene una fuerte raíz en las tradiciones orales, la mitología local y la vida rural chilena. ¿Por qué elegiste estas temáticas, clásicas si se quiere, para contar tus relatos?

ANDRÉS MONTERO: Hay una paradoja en el mundo rural que me llama la atención: hay mucho silencio y muchas historias. Creo que esas historias contadas oralmente (las leyendas, los mitos) nacen precisamente de los silencios. Pongo un ejemplo: El Trauco, una especie de duende malvado de Chiloé al que se responsabiliza de los embarazos no deseados. Esa es la historia que se cuenta, pero nace a partir del manto de silencio sobre las violaciones. Me interesa rastrear las historias orales porque han sido la forma del pueblo de decir lo indecible. Está todo contenido en ellas, y desde una perspectiva contemporánea, creo justo preguntarse qué es lo que nos dicen sobre nuestra cultura. En mis libros he intentado ensayar posibles caminos de interpretación de distintas historias orales: en Tony Ninguno, sobre Las mil y una noches; en Taguada, sobre la leyenda del contrapunto de dos payadores de clases sociales irreconciliables (El Mulato Taguada y don Javier de la Rosa); en un libro inédito que acabo de terminar, sobre El flautista de Hamelin; y en La muerte viene estilando sobre diferentes mitos y leyendas en torno a la muerte.


U: En este libro se nota la influencia de la tradición oral y en tu ensayo Por qué contar cuentos en el siglo XXI hablás de rescatar ese pasado cultural. Pero, ¿qué lugar creés tiene lo oral entre los lectores contemporáneos?

AM: Si uno revisa los libros actuales latinoamericanos, se da cuenta de que lo oral tiene una importancia preponderante, que había sido dejada de lado por miedo a que se confundiera con criollismo. Las autoras y autores latinoamericanos ya no tienen miedo de utilizar el lenguaje oral de su pueblo, de su ciudad. Creo que autores como Alejandro Zambra o Fernanda Melchor dan buena cuenta de ello. Antes se elegían palabras que pudieran ser de una traducción de Anagrama, los personajes decían «joder» en vez de «carajo» o «chucha». Ahora no, porque estamos revalorizando nuestra propia forma de hablar, y así es como la oralidad comienza a entrar fuerte en la literatura del siglo XXI. Me parece que las lectoras y lectores lo agradecen mucho, incluso –o sobre todo- los de países distintos de los del autor/a. Eso respecto al lenguaje. Respecto a las historias mismas, también las leyendas o historias que se contaban oralmente son parte importante de algunos libros. Nombro nuevamente a Fernanda Melchor (en mi opinión, la mejor pluma latinoamericana actual): tanto en Temporada de huracanes como en Paradise hay antiguas leyendas que dialogan con la novela misma, y están ahí, creo, para volver a unir estos dos mundos que siempre han dependido el uno del otro: la literatura y la oralidad, o dicho de otra forma, la historia artística y la historia cotidiana.


Su nuevo libro, editado por la editorial chilena La Pollera

U: Algo que leímos sobre vos, y que nos pareció muy interesante, es la defensa que hacés de la paya (o payada, como le decimos por estos lados). ¿Querés contarnos por qué considerás que vale la pena rescatar ese patrimonio inmaterial?

AM:¡Bueno, porque es hermosa! Lo tiene todo: la tensión, el conflicto, el ingenio, el juego, la rapidez, la música, el canto, la rima, el humor, la denuncia social, el encuentro, la comunidad, el respeto, la tradición, la poesía, la palabra. Todo eso a través de la improvisación, apto para todo público. En Chile las niñas, los niños, los jóvenes y en realidad casi todos los adultos tienen serias dificultades para expresarse oralmente. ¿Por qué no tener un curso en la escuela sobre la paya? ¡Cuánto ayudaría! Es verdad que se enseña algo de cuartetas o décimas, pero desde el papel: yo digo paya, enfrentamiento, improvisación, oralidad. Cuando yo era escolar recibimos visitas de periodistas, escritores, músicos, magos, etc., pero jamás vi a un payador. Los conocí por casualidad, mucho después. Es un patrimonio inmaterial que nació y se desarrolló en el pueblo mismo, una «resistencia poética del pueblo», como dice el folclorista español Antonio Rodríguez. De esas cosas me siento orgulloso de mi cultura. No son demasiadas, así que me gustaría que aprovecháramos cuando hay una que realmente vale la pena.


U: Es curioso que, a pesar del rescate de la tradición oral (y tus relatos, cuando se leen, llaman a la lectura en voz alta), trabajás mucho con los silencios, con lo no dicho. Esa oralidad, ¿cómo se conjuga con el silencio?

AM: Es un poco lo que comentaba al principio: que la tradición oral nace de los silencios. Lo decía respecto a la creación de las historias o las leyendas, pero complemento aquí con otra cosa: las historias también vienen a llenar silencios cotidianos, tareas manuales y a veces tediosas (lavar la ropa, cocinar, cosechar, coser, etc.). Ese es su hábitat natural, ahí surgen, se explayan, crecen, se transforman. Intento que esos silencios no se pierdan en lo que escribo. Quien se pone a contar algo no recuerda esa historia porque sí: algo se la trae a la mente, y no necesariamente eso está dicho. Solo nos queda la historia (la superficie) que nos puede dar cuenta de qué hay abajo, en el iceberg.


U: ¿Por qué elegís introducir elementos que insinúan una realidad maravillosa, casi fantástica, en tus cuentos?

AM: En mi opinión, un personaje solo está vivo realmente cuando se enfrenta a algo, cuando le pasan cosas: así los podemos conocer. Si todos tus personajes reaccionan igual si se les aparece un espectro, algo anda mal en esa creación. En ese sentido, lo fantástico es una manera de exponer al personaje y que tenga la posibilidad de dar cuenta de quién es realmente, en lo más profundo: de ser único. Además, a nadie le interesan las causas de lo fantástico sino sus consecuencias, y eso me parece muy potente. En términos de influencias, eso me debe venir de haber sido muy, pero muy lector de los cuentos de Cortázar. Tal vez simplemente no lo puedo evitar. Por último, cualquiera que haya pasado largas temporadas en el campo, al menos el chileno, sabe que el aire está cargado de lo fantástico, y en este libro no podía dejarlo fuera.


U: Algo que nos gusta preguntarle a los escritores: ¿qué libros hay en la mesita de luz de Andrés Montero?

AM: En estos días estoy leyendo Verano, de Coetzee, y tengo tres pendientes en el velador: Cara de pan, de Sara Mesa, Nueve cuentos malvados, de Margareth Atwood, y Los llanos, de Federico Falco. Por defecto, siempre están ahí también Las ciudades invisibles, de Italo Calvino, alguna colección de cuentos populares (generalmente las que publica Siruela; ahora mismo los Cuentos populares italianos que recopiló el mismo Calvino) y un libro de poesía (ahora, Poesía completa de Idea Vilarino).

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