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Victoria Ocampo, Gioconda del Plata

Por Manuela Barral

@barralmanuela


No son tantos los nombres cuyas resonancias se condensen con tanta eficacia en sus iniciales. Quizás sea una exageración, pero si la hay es porque alrededor de V.O. se exagera porque ella lo hizo. Y sus hipérboles y desmesuras lograron, paradójicamente, expresarla con la síntesis de sus iniciales. V.O. dejó su marca en diversas disciplinas: el cine, la música, la arquitectura, la traducción, la literatura, el feminismo. Intentó que Sergei Enseistein hiciera una película sobre la Argentina; fue directora del Teatro Colón; diseñó una de las primeras casas racionalistas de Latinoamérica; financió y gestionó la traducción de innumerables obras literarias.

José Ortega y Gasset le decía «la Gioconda de la Pampa» y ese mote la representa bien: de mirada penetrante y global como la Gioconda de Leonardo da Vinci, Ocampo fijó su mirada tanto en Europa como en Sudamérica y concibió a la revista Sur como un puente entre los continentes. Quizás Victoria Ocampo sea una de las figuras más fascinantes de la cultura argentina, precisamente, por su función de engarce al vincular personas, lecturas, tradiciones; y si lo es, fue gracias a su tesón para hacerse un lugar en un muy masculino campo intelectual.

En 1912 —todavía no había fundado la revista Sur—Victoria publicó de forma anónima en La Nación su artículo Babel. En 1957, ella recupera este momento en sus Testimonios: «la publicación de mi primer artículo en La Nación no fue para mí, como debió ser, un día de franca alegría; fue un día de sol y nubarrones alternados». La metáfora climática muestra la tensión que percibía entre su acto profesional de escritura y el registro de cierta transgresión: «Si se tratara de un hombre—pensaba con amargura—mis padres estarían contentos o resignados. Porque soy una mujer, se inquietan». Lectora temprana de Un cuarto propio (1929) de Virginia Woolf, Victoria exhibió en sus artículos La mujer y su expresión (1935) y La mujer, sus derechos y responsabilidades (1936) absoluta conciencia de la resistencia patriarcal a la escritura femenina.

Mecenas, oligarca, bella, elegante, rica, poderosa. Atacada y enaltecida, sobre V.O. todavía hay imágenes cristalizadas que se reiteran sin contemplar el contenido de su obra. Porque V.O. fue ante todo una escritora y una lectora voraz, inquieta. Es allí, en la literatura, donde buscaba encontrarse, explicarse. Cuando la leemos en sus Testimonios(diez volúmenes publicados entre 1935 y 1977), en su Autobiografía (de publicación póstuma) y en sus ensayos (De Francesca a Beatrice, El viajero y una de sus sombras, Virginia Woolf en su diario, 338. 171. T.E)conocemos sus gustos, intereses, fanatismos e insistencias.

Y hay una constante: desde el comienzo de su trayectoria intelectual y hasta el final leemos su furia: cómo tuvo que disputar ante las reticencias que había en torno suyo. En 1977, una Ocampo octogenaria se transforma en la primera mujer en ingresar en la Academia Argentina de Letras. En su discurso de aceptación se describe: «No tengo pasta de académica ni de diplomática. Soy una autodidacta, francotiradora en el terreno de las letras». La imagen bélica es precisa: V.O. luchó, dio batalla y ganó. Porque ahora, ya lejos de los estereotipos, su nombre, Victoria, se escribe con mayúscula sin perder el significado de triunfo del sustantivo común.




(Ciudad de Buenos Aires, Argentina) Manuela Barral es becaria doctoral en Letras de la Universidad de Buenos Aires. Investiga las formas de la autobiografía de Victoria Ocampo en el contexto del proyecto cultural de la revista Sur. Integra el Consejo de Dirección del Archivo Histórico de Revistas Argentinas (www.ahira.com.ar). Ha editado y prologado Correspondencia Victoria Ocampo- Virginia Woolf (Rara Avis/Fundación Sur, 2020).

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