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Ricardo Romero, noctámbulo

Escritor y editor, Ricardo Romero es una de las voces más destacadas de la literatura argentina contemporánea. Charlamos de su última novela Big Rip (2021), de su obra narrativa, de lo que está ocurriendo con la literatura y más.



PH. Martín Rosenzveig

Nacido en Paraná (Entre Ríos, Argentina) en 1976, Ricardo Romero pertenece a una generación de escritores que creció entre los estruendos kitsch de los 90 y el cambio de siglo y milenio.

Traducido al inglés, portugués, italiano y francés, con más de diez libros publicados desde Ninguna parte (2003) y su nombre en boca de sus pares, sigue manteniendo un bajo perfil. Alto y jovial, Ricardo Romero más bien recibe con una risita incómoda y tímida los elogios que se le hacen. Se siente más cómodo hablando y recomendando textos de otros escritores que hablando de los suyos. Incluso brotan de su boca, con generosidad y sin envidia, las recomendaciones de autores que le son contemporáneos. Pero hoy por hoy, una biblioteca que se quiera preciar de nutrida y a la vanguardia, tiene que tener uno o más libros suyos.

En sus novelas hay mezclas de géneros. El terror, el policial y la ciencia ficción confluyen para contar historias en ámbitos urbanos fácilmente reconocibles aunque se encuentren atravesados por sombras post apocalípticas como en la trilogía formada por El síndrome de Rasputín (2008), Los bailarines del fin del mundo (2009) y El spleen de los muertos(2012).

Aunque sus historias son diferentes entre sí, la noche es un escenario constante. Ya sea que se trate del extraño Juan Drodman del Conserje y la eternidad (2017) o del niño que espera ver a un misterioso y esperado visitante en La habitación del presidente (2015), en la noche indagan. Se buscan a sí mismos, buscan a los otros. Como si la noche fuera la única capaz de revelar la verdad de las cosas.

En su nueva novela, se atreve a rozar las mil páginas, en una historia coral sobre el fin de los tiempos. Pero los personajes que forman este coro, al igual que el de sus otros libros, son personas comunes y corrientes. En criollo: tipos comunes. Esa es otra característica de sus obras: los personajes casi cotidianos, los que son uno más del montón social, pero que se ven protagonistas de una historia que crece y que casi camina sola como descubre un joven en Historia de Roque Rey (2014).

En su vida, la literatura no es solo la de su propia producción. Desde su llegada a la Ciudad de Buenos Aires en 2002 se ha desarrollado como editor. Entre 2003 y 2006 editó la revista literaria Oliverio. Actualmente es editor de Gárgola Ediciones y de Negro Absoluto. En esta faceta ha sido el encargado de editar obras de Juan Sasturain y del gran Alberto Laiseca.



ULRICA: En tu última novela, Big Rip, narrás el fin del mundo, ¿por qué elegís hacerlo desde la mirada y experiencia de personas comunes?

RICARDO ROMERO: Se me ocurre, en principio, que ante cualquier fin del mundo todos somos personas comunes... Más allá de eso, me interesaba narrar cómo ante la disgregación de las continuidades en las que apoyamos nuestra vida, estos personajes intentan sostener sus relatos, sus identidades. Por eso el «Cómo decir» de Beckett que abre la novela. No es un fin del mundo de dimensiones cósmicas, sino íntimas. Y esas voces, esos relatos, ahora lo pienso, funcionan como coro entrópico. El burbujeo de esas intimidades es lo único que queda cuando el mundo ya no está ahí.


U: En Big Rip muchas cosas van ocurriendo al mismo tiempo. Casi como si no quisieras dejar afuera nada. En cierta forma es una novela total. ¿Cómo hiciste para encarar un proyecto tan ambicioso?

RR: Creo que la clave para poder afrontarlo sin que sus posibles dimensiones me encandilaran, fue la permeabilidad a lo que el texto me fuera proponiendo. Adaptarme, ser flexible, no intentar controlar todo lo que ocurría. Por supuesto que muchas veces me sentí perdido, pero eso, más que un problema, lo viví como una posibilidad poética. E incluso te diría también política. Estamos entrenados para el control. Para que el conocimiento regule nuestra experiencia. Y creo que a veces el desconocimiento es fundamental para que una experiencia tenga sentido. Yo encontré el sentido de la escritura, no de la novela pero sí de la escritura, ahí.


U: Siguiendo con tus personajes, en tus novelas has presentado personas con afecciones psíquicas (pienso, por ejemplo, en el trío con síndrome de Tourette), solitarios; personajes que en cierto modo están desconectados de lo que se suele pensar como «normalidad». ¿A qué viene este interés por los márgenes existenciales?

RR: Me interesan los personajes que se sienten incómodos con el mundo, básicamente porque yo me siento incómodo con el mundo, tanto en una escala política como metafísica. Y ojo, eso no los define, ni me define, como seres tristes o resentidos. La incomodidad puede ser un buen lugar desde el cual relacionarnos con el mundo, con las cosas, con la gente. Porque te obliga a no dar nada por sentado. A construir sentido cada vez sin esperar que ese sentido te salve.


U: En tus libros la noche es, casi siempre, el escenario donde se desarrolla la mayor parte de la trama. ¿Por qué elegís ese clima noctámbulo?

RR: Creo que la elección es anterior. Elijo o busco personajes, historias y mundos que transitan la noche como si fuera un espacio ilimitado de posibilidades, y entonces la noche está ahí, y es ese espacio ilimitado de posibilidades.



En 2017 ganó el Primer Premio del FNA.

U: Te movés con mucha naturalidad en el género fantástico y el terror. Incluso fuiste co-guionista de una película del género (Necronomicón). ¿Cómo se convive, siendo argentino y trabajando con esos géneros, con las sombras de autores como Borges, Cortázar o Silvina Ocampo?

RR: La verdad es que no las veo como sombras. Son autores geniales, pero no han sido referentes centrales en mis búsquedas. Cada escritor elabora su propia tradición, incluso la inventa (ahí sí hay algo borgeano). Si pienso en la literatura argentina, por ejemplo, siento que novelas como Los siete locos y Los lanzallamas han sido fundamentales para que entendiera por dónde quería ir. El expresionismo arltiano, su desmesura poética, la desesperación y la soledad de sus personajes, han dejado marcas imborrables en mi sensibilidad. Por ahí es por donde quiero ir. Lo fantástico y el terror más que géneros que transito son aspectos de esa sensibilidad.


U: Hemos leído que tu literatura muchas veces es asociada con nombres como el de Alberto Laiseca o Antonio Di Benedetto. ¿Los considerás influencias? ¿O mencionarías otros?

RR: No he leído esas asociaciones, pero desde ya las agradezco, me quedan grande. Son dos autores enormes. Podría decir que de Laiseca me interesa ese compromiso desbordado con su propio imaginario, de espaldas a cualquier moda o tendencia. Creo que ahí hay algo hermoso. A Di Benedetto lo leí con deslumbramiento a los veinte años, recuerdo la lectura de Los suicidas, el descubrimiento de lo que podía pasar con una sintaxis, con un ritmo. Ahora, yo no los reconocería como influencias directas. ¿Pero soy capaz de reconocer influencias directas? Pienso en Onetti, en Levrero, en Bolaño, en la humanidad de Daniel Moyano o Haroldo Conti. Y en realidad solo puedo hablar de mis entusiasmos como lector.


U: Ya entrando en tu faceta como editor, ¿cómo ves el panorama de la literatura argentina de la última década?

RR: Estimulante, contradictorio y superpoblado. Creo que va de la mano de una explosión de editoriales independientes que trabajan muy bien, que leen mucho y muy bien. Y hay de todo, para elegir. Veremos qué queda con los años. Me gustaría tener la certeza de que esto ha ido acompañado de una explosión de lectores, pero no la tengo. O no siempre la tengo. A veces, en los pasillos de la FED, en los pasillos de los de los festivales como el FILBA, me ilusiono.


U: Con esta expansión masificada de lo digital, ¿cómo te imaginás a los lectores del futuro?

RR: Cuando de pronto todo parece al alcance de la mano, se vuelve difícil elegir y también se vuelve difícil sostener una elección. Estamos saturados de posibilidades y eso, creo, nos desorienta un poco. Pero no me alarmo. Aprenderemos a lidiar con todo esto, perderemos algunas cosas y encontraremos otras. Y leeremos como hemos leído siempre. Con esa extraña febrícula que nos hace seguir una línea después de otra.


U: Por último, la pregunta con la que nos gusta cerrar las entrevistas: ¿Qué libros tiene Ricardo Romero en su mesita de luz?

RR: Ninguno. Nunca pude leer en la cama. Tengo libros desperdigados por la casa que cada tanto me acusan mi desidia. Pero en la mesa de luz, ninguno.


Tuvimos el honor de publicarlo en nuestra sección de Narrativa (N°2 - Agosto 2020). Haciendo click aquí podés leer 40 textos, una obra original e introspectiva de Ricardo Romero.

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