• Ulrica Revista

"40 textos", una obra de Ricardo Romero

Presentamos una obra original e introspectiva. Textos escritos para pensar desde la inmediatez de las redes la experiencia de la cuarentena; esbozos de crónicas, fragmentos poéticos, ideas en loop que no intentan capturar una experiencia, que son más bien una forma más de experimentarla.


Por Ricardo Romero


Fotografías de Belén Sánchez Campos





1

Y de pronto, en la perspectiva de estos días donde la irrealidad de nuestras cotidianeidades se resquebraja para mostrar la realidad de los detalles (las partes, las fracciones son ciertas, no el todo: el todo es apenas el relato que necesitamos, la ley de gravedad que impide que nuestro universo prescinda de nosotros), de pronto, entonces, descubrimos que tender una cama, encender una hornalla, regular la temperatura del agua en la ducha, nos son tareas inocuas. El tiempo se vuelve visible. Y el tiempo que se ve es destiempo: una media de algodón puesta al revés, con todas las hilachas expuestas.


2

Dan vueltas y vueltas por las habitaciones, entre el fastidio y la algarabía. Nadie lo saber mejor que lxs chicxs de cinco o seis años: la dirección que le atribuimos al tiempo es la flecha que apunta al corazón de nuestro miedo.


3

De todas maneras no hay que dramatizar, no es necesario. ¿Tenemos que elegir todos los días qué ropa ponernos? ¿Qué criterio utilizamos para hacerlo? Me pongo una remera roja porque hace juego con el sillón del living en el que voy a sentarme a leer. Me camuflo. ¿Hay algo superficial en eso que podemos descartar? ¿Es lo superficial lo que tenemos que descartar o el sentido que queremos adjudicarle cueste lo que cueste? Contemplo el placard abierto. Cuando miro adentro del placard, el placard mira adentro mío.


4

Tarde de domingo. Las superficies conspiran. La prueba es este ruido de helicópteros que es como si el silencio tuviera un tornillo flojo, esas sirenas que se acercan y no llegan nunca, que se alejan sin irse del todo. ¿Tengo que alinearme, tengo que tratar de pasar desapercibido, como diría Girondo, entre los muebles y las sombras? El pensamiento es el pulso que me delata. El tornillo flojo del silencio que me habita, las sirenas que rodean el accidente que soy sin abordarlo nunca. Este accidente. Este improbable acontecimiento. Eso es lo que tengo que recordar. Que soy improbable.


5

Ir a hacer las compras suele ser un momento perdido del día. Hoy, en cambio, parado en la

vereda a un metro del que me precedía y a uno del que me seguía, bajo un sol fuerte, lo sentí como un momento ganado. El impulso se presentó sin que yo lo estuviera esperando. Algo activo, tonificante: las ganas de leer. Hubiese sido el mejor momento del día para hacerlo. No tenía el libro conmigo, pero eso me llevó a pensar en todos los que estábamos haciendo la cola.

De pronto me imaginé filas de lectores, de gente concentrada estudiando matemáticas, aprendiendo a hacer un horno de barro o anotando en los bordes de un manual los puntos claves y transversales que le permitirán entender una lengua que desconoce. Un metro hacia adelante, un metro hacia atrás. Un sol fuerte. No podemos concentrarnos en nuestras casas y entonces salimos a comprar un limón, cien gramos de mortadela, un jabón de glicerina y, amparados por esa espera, esa futura e ínfima transacción, nos ensimismamos. Somos improbables.


6

Ensimismarse. En este aislamiento el <<sí mismo>> es más difícil de encontrar. No tenemos referencias que nos permitan ver con relativa claridad dónde empezamos y dónde terminamos. Qué somos y qué no. No quiero esconderme entre mis reliquias. En estos días la ansiedad espesa el aire y flotamos en él. Y la ansiedad es una apropiación innecesaria del mundo.




7

Libro de lomo rojo, libro de lomo azul, gato de bronce de veinte centímetros, otro gato de bronce que parece más bajo porque tiene la cabeza inclinada (y entonces no solo parece más bajo, sino más cercano al movimiento, como si acechara la posibilidad), lámpara, anteojos que no son los que tengo puestos. Libro, libro, gato, gato, lámpara, anteojos, Ricardo. Sustantivar es un ejercicio aeróbico. Es, también, un acto de fe.


8

La terraza. Subo dos o tres veces al día. A veces solo para leer o hacer un simulacro de ejercicios, a veces con Victoria, el perro y una pelotita verde. Subo para colgar la ropa y descolgarla. A veces me cruzo con algún vecino y charlamos sobre los temas inevitables. Ayer éramos varios y en medio de la conversación, de esas conversaciones en que nadie participa del todo, mientras cada uno miraba el perro ajeno o esas enigmáticas Adidas que cuelgan de la soga desde hace cuatro días, me di cuenta de que buscaba algo. Me había acercado al muro del borde de la terraza que debe tener poco más de metro y medio. El cuerpo del edificio es interno y está en el centro de la manzana, por lo que tengo que adivinar el trazado de las calles por los árboles. Solo puedo ver un tramo de Brasil a través de la explanada de un estacionamiento al aire libre. Y hacia ahí miraba, porque no hay que subestimar lo que las calles hacen a nuestro ánimo. Pasó un ciclista. ¿Esperaba eso, que pasara un ciclista? No, no era eso. En el tramo de calle que puedo ver, frente al portal de dos hojas de un edificio de BGH con aire ministerial que tiene todas las persianas bajas, hay un farol del alumbrado público. Estaba encendido. Al verlo me di cuenta qué era lo que había buscado al asomarme. Era la hora del atardecer y había querido ver el momento en que esa luz se encendía. ¿En qué estaba pensando cuando sucedió? No lo puedo recordar, solo me vienen frases sueltas dichas por los vecinos, por Victoria o por mí. Aunque la estaba mirando, la luz se encendió sin que me diera cuenta. Levanté la vista y contemplé la secuencia de casas y edificios que se abren en una larga perspectiva. Primero una, después dos, tres, diez, veinticinco. Luces en las ventanas. Tercer piso, quinto piso, décimo piso, segundo piso. Cocinas, dormitorios, livings, baños, escaleras. Algunas se encendían y volvían a apagarse. Había sombras que las atravesaban. El comportamiento de las luces tiene la consistencia de lo que no necesita ser explicado, de lo que parece no necesitar intervención humana: sucede y seguirá sucediendo cuando no estemos, luces encendiéndose, luces apagándose por toda la ciudad. Podemos vaciarnos en ellas (escribo <<el comportamiento de las luces>> y siento en los dedos una estática que me satisface). Hoy voy a volver a la terraza. Quiero estar atento a la luz de la calle Brasil, quiero ver cuando se encienda. Quiero, también, que las zapatillas Adidas sigan colgando de la soga.


9

Tengo una tarea: limpiar los zócalos en los lugares donde el perro se recuesta. Los lugares son tres, y el perro los transita según la hora del día y nuestra posición en los espacios del departamento. Hay algo coreográfico en su andar, un cortejo de respeto y cariño. Estar en casa no es un problema, es la conciencia de estar en casa lo que enmaraña. Paco me mira desde su rincón del mediodía. Yo me asumo coreográfico y lo miro desde el mío. Estas palabras son mi zócalo.


10

No es necesario que suba a la terraza para vaciarme en el comportamiento de las luces. Ocurre también dentro del departamento. Desde la banqueta del desayuno, con la taza de café en la mano, solo tengo que tener la paciencia necesaria para percibir los cambios de la luz de la mañana que entra por las ventanas de la cocina. No el movimiento. El movimiento es solo el lado visible, la trampa en la que inevitablemente caigo. Lo fascinante de la luz es que tiene vida pero no tiene corazón. No necesita que ninguna emoción la justifique.


11

A un metro de distancia, las caras de los demás se vuelven importantes. Nos miramos como si nos conociéramos de algún otro lado y no pudiéramos acordarnos de dónde.


11 (bis)

A un metro de distancia, las caras de los demás se vuelven suspicaces. Nos miramos como si nos preguntáramos, ¿quién está soñando esto, vos o yo?


12

Es difícil imaginar este sol de domingo sobre la ciudad vacía. Es difícil imaginar la ciudad vacía. Me inquieta y me fascina, no sé cómo relacionarme con ella. ¿Por dónde se entra en esta ciudad? ¿Estoy afuera de ella o soy parte de este hechizo? Soy parte, asumo, y en el momento en que lo hago llega a mis oídos un entrechocar de platos inconfundible. Recuerdo, imagino, pronostico: es la mañana de un lunes o un martes más entrado en el otoño. Mediados de abril, pongamos, 20° grados, sol, brisa del sur. Una hermosa mañana en la que he salido a hacer trámites en el microcentro. Ya he terminado y estoy de muy buen ánimo. Y el buen ánimo me abre el apetito. Entro en el café Paulín, en Sarmiento 635. Me siento en la segunda banqueta del lado izquierdo de la barra en U. No tengo que pensarlo. Pido un sándwich de tortilla con berro y una cerveza. Me alzo de hombros frente al espejo de la pared que cubre todo el otro lado, me absuelvo. Y mientras espero, vuelvo a admirarme por la velocidad y la destreza del hombre que, adentro de la herradura de la barra, acomoda y distribuye platos y bebidas. Es alto, de brazos

largos y manos grandes, pero eso, más que entorpecer su trabajo, le permite llegar a todos los rincones sin moverse. Habla con uno, habla con otro, reclama por el micrófono. Los platos repican, se deslizan, llegan a donde tienen que llegar. Me concentro en su velocidad, percibo la exageración. Es rápido, sí, pero también finge. O más bien, él se desdobla para poder contemplar su velocidad tanto como lo hago yo, y entonces en esa contemplación su destreza adquiere estilo. Saboreo el sándwich de tortilla con berro, la cerveza. En algún momento, sin necesidad de mirarme en el espejo, vuelvo a alzarme de hombros, a absolverme. La gente entra y sale del Paulín. La ciudad nunca está vacía. El sol del domingo nunca es cierto del todo. En algún lado, el hombre de la barra del Paulín ejecuta sus malabares para sí mismo y en su destreza el tiempo y el espacio repican, se deslizan y llegan a donde tienen que llegar.


13

Día de lluvia sin lluvia, día que propone pero no dispone. También, día de resaca. Extraordinaria experiencia, disolverse en la atmósfera. De pronto la opacidad y la transparencia son una misma cosa, no hay contradicción. ¿Es eso el mentado nirvana? El problema es el sentimentalismo, su motor culposo y productivo, su ronroneo vanidoso. Porque el sentimentalismo es una inflación del yo, qué otra cosa. Así es como se cae. Podría ordenar cajones, acomodar la biblioteca, hablar con alguien con quien hace mucho que no hablo. No. Voy a dejar que el instinto, que nunca dice yo, me atraviese. ¿Qué experimento cuando miro un atardecer? Experimento que algo sucede independientemente de mí. Ahora es como si todo el tiempo estuviera mirando un atardecer. Este atardecer.


13 (coda)

<<Voy a dejar que el instinto, que nunca dice yo, me atraviese>>. Por supuesto, no el épico instinto de supervivencia, sino más bien el lírico instinto de permanencia.


14

Son las nueve de la noche. Son las nueve y media. Desde la torre de piedra en la que espero que algo cambie, me vuelvo sentencioso. Mirar por la ventana siempre me vuelve sentencioso, más si lo que veo desde la ventana es otra ventana. Me sigue rondando un moscardón sentimental. Posesión, materialización obvia del deseo, sublimación constante del presente, nostalgia del pasado como proyección hacia el futuro, nostalgia del futuro. El sentimentalismo es una de las liturgias más efectivas del capitalismo, porque ese dios siempre responde.


15

Momento epifánico. El otoño se reveló no en el cambio de clima, en la lluvia esperada de antes de ayer, sino en la reflexión retrospectiva, en el fugaz balance que en estos días acompaña al acto de vestirme después de la ducha. Me di cuenta de que hacía más de una semana que solo usaba bermudas. El paso a los pantalones largos, aunque fuera un jeans rotoso, tuvo algo inaugural, como si fuera un chico de antaño que entra en la madurez. El ponerme medias sumó lo suyo. Por un instante, al atarme los cordones de las zapatillas, me sentí un hombre que sabía lo que hacía.


16

El problema es que cada casa, cada departamento, cada hogar, es una convención. Y este encierro blando pone en jaque esa convención. Las formas familiares se sublevan ante mi vigilancia. No quieren seguir siendo lo que son, no quieren seguir siendo para mí, responder a mi nivel de exigencia. Ni siquiera la convención del cuerpo se sostiene. Ayer, hace un rato, al atarme los cordones de las zapatillas, por un instante, me sentí un hombre que sabía lo que hacía, hasta que me di cuenta de que ya iba por la tercera zapatilla.


17

¿Y si el asunto fuera desarmar el encuadre? Usar un parche en uno de los ojos, como si espiara por una cerradura. Tapar un día el izquierdo y otro el derecho. Sabotear la síntesis. Dejar que una poética estrábica me haga tropezar con el marco de las puertas y la avidez por los pronósticos.


18

Otro domingo. La luz no viene de ningún lado y por lo tanto no hay sombras, solo muebles. O más bien, incluso las sombras son muebles. Y todos están cerrados. Muebles por todas partes, al acecho, rebosantes de las cosas que he venido arrastrando de casa en casa, de ciudad en ciudad. Hago el recuento de casas y no me sorprendo. Son muchos lugares. Pero ese balance no me interesa, no quiero abrir los cajones y los placares para alinearme con lo que fui, volverme sombra y mueble también. Lo que me interesa ahora es encontrar un acto que me salve y me dé continuidad. No tengo que pensarlo mucho: tender la cama. Tiendo la cama todos los días, y

hasta que no la tiendo, no siento que esté listo para enfrentar lo que viene. Nos levantamos, desayunamos, Victoria me lee las noticias. En algún momento el día nos reclama y cada uno se pone a hacer sus cosas. Lo primero que hago, entonces, es tender la cama. Sé claramente de dónde viene esta pulsión. Viví varios años en un monoambiente en Córdoba y otros tantos en una pensión de San Telmo durante mis primeros años en Buenos Aires, y en los dos lugares la cama era el mueble central, el astro alrededor del cual giraban el resto de los muebles, todos satélites sin luz propia. Con solo tender la cama, el hogar estaba en orden. Pero no era solo eso. En los distintos grados de soledad de esos tiempos, ahora lo veo claro, tender la cama era una manera de mantener a raya la potencia opaca de las cosas, ese misterio que no pide ser resuelto. Era una manera de hacer las paces y convivir con él. ¿No es acaso esa ardua convivencia con el misterio lo que nos pide la poesía? Termina la hora de la siesta, Victoria se levanta, se prepara un té, se sienta a leer. Yo, tratando de que no se note, como si no tuviera más intención que la brisa que mueve las cortinas, paso por el dormitorio y tiendo la cama una vez más.


19

Los ácaros. Siempre puedo contar con los ácaros para desactivar el misterio del día. Encapsulados en la oscuridad de los baúles y los roperos. En los libros crujientes que hace años nadie abre. La alergia no es una patología del cuerpo. Es una patología del alma que no sabe seguir al cuerpo en su rapto emocional cuando se enfrenta a la única fauna que logra sacarle provecho al tiempo.


20

Saco al perro. Paco, como si supiera, es expeditivo. Hace lo suyo en la esquina y quiere pegar la vuelta. Lo miro como si me lo hiciera adrede, aunque sé que lo que quiere es pasar por la carnicería del chino, donde seguro le tiran algo. Yo me demoro un segundo al sol, entre las ramas de los plátanos. ¿Qué es lo que más extraño? El Lezama, puede ser. Pero también se me presenta algo más difuso y al mismo tiempo más específico. Soy el acto pero también soy el paisaje. Voy caminando, tengo una dirección, y de pronto el momento se aísla. Hay una conjunción que tiene que ver con el clima, con la perspectiva angosta de la calle, algo que se articula en el ánimo, en los balcones, en las vidrieras. <<Pará>>, me digo. <<Esto está bueno, esto está bien>>. Camino. Camino por las calles de San Telmo. Los sentidos se afilan, se perfilan, se despiertan. Y de todos, el que reina es el más inesperado. El tacto. Me siento caminar. Piso. ¿Qué medias tengo puestas? ¿Qué gravedad me sostiene? Los pies tocan el instante y pueden hacerlo porque no tienen la ambición futurista y prensil de las manos. La sensación se esfuma. Paco me ladra desde la puerta de la carnicería. Yo le digo que sí, que está bien, que ya podemos volver.


21

Victoria, que está leyendo Los miserables, me acaba de contar que en el siglo XIX, en París, había un impuesto sobre puertas y ventanas. El sacro nervio distópico se congestiona, duda. Recorro el departamento, contabilizo, sumo y resto. ¿Sé usar las ventanas, las puertas? ¿Qué es exactamente lo que me estarían cobrando? No tengo tiempo para pensarlo demasiado, tengo una reunión por Zoom. Entro. Somos entre 25 y 30 personas. Las tengo a casi todas enfrente mío, y por momento se hacen silencios (en plural, sí). Somos 25 o 30 bustos que no sabemos quedarnos quietos en la intimidad de nuestros ámbitos, ofreciendo un encuadre, vigilando un encuadre. Desde el interior de nuestras casas, proyectamos hacia afuera imágenes que tiemblan, que se congelan, que violentan la continuidad, envueltos en la luz de lámparas y pantallas. ¿Somos, en estas imágenes, más viejos de lo que somos? ¿Nuestros telómeros se vuelven visibles en cada pixelación? Lejos de la gravedad de los planetas, en el espacio exterior el tiempo pasa más rápido. Y en este encierro de angustias mullidas, estamos más en el exterior que nunca. Miro por la ventana, miro por la ventana. Todos somos Major Tom y no hay centro de control. Lo bueno es que, al menos esta noche, podemos bailar al son de Bowie.


22

Correr como ejercicio levreresco. En El discurso vacío, Levrero se propone hacer ejercicios de caligrafía para mejorar la letra. La primera cuestión que se plantea es, ¿qué escribo? Empieza entonces a describir su entorno, los movimientos cotidianos de la casa, y todo parece ir bien hasta que de pronto, entre una imagen y una idea, el pensamiento se le va. Y cuando el pensamiento se le va, cuando se entusiasma, escribe más rápido y la letra se le deforma, pierde la elegancia del trazo sobre el que quería trabajar. Algo así me está pasando cada vez que, después de la sesión de escaleras (la sigilosa sesión de escaleras, porque trato de no cruzarme con nadie para que nadie se queje), ya en la terraza, me pongo a correr. Finalmente superé la etapa de sentirme Forrest Gump. Ahora, entre los obstáculos de las cuerdas para colgar la ropa, la ropa misma y los misteriosos caños que recorren la terraza al ras del piso, trazo una especie de circunferencia de, los he contado varias veces, 47 pasos. Mi propósito es dar 50 vueltas, lo que equivale a dar 2.350 pasos, algo así como 1.645 metros según un conversor de la web. No es mucho pero es algo, sumado a las escaleras. Todo bien hasta ahí. El problema surge cuando tengo que contar las vueltas, ahí aparece la parábola levreriana. Porque hay que estar muy atentos para contar 50 vueltas (20 para un lado, 20 para otro, 10 más para el primer lado). Las primeras y las últimas se cuentan fácil. El intríngulis son las del medio. Porque basta una idea, cualquier idea, una mueca del paisaje, una toalla colgada que flamea en el viento con la cara de un Mickey desteñido, para que la cosa se desordene. ¿Voy 23 o 24? ¿No conté ya 35 dos veces? Y

a eso se le suman los aspectos, digamos, psicológicos y filosóficos del asunto, porque no puedo evitar preguntarme por qué es que doy 20, 20 y 10, y no dos series de 25, que sería lo equitativo para las direcciones y mis tobillos (correr en círculos es correr escorado). Por supuesto, así como no dejo de correr, no dejo de contar. Y el peso mismo del ejercicio decide cuántas vueltas voy, redondea y ajusta, y las preguntas callan. En algún momento, entonces, digo 50. Lo hago con solvencia, lo formulo con la modulación de un ejercicio perfecto de caligrafía. Después, elongo un poco, hago pantomimas y abdominales, bajo contento. Más allá de la satisfacción por el ejercicio físico, está el desagravio. La indemnización de habitar por un rato en una burbuja de obsesiones con las que puedo lidiar.


23

En la primera semana, la terraza se convirtió en un lugar para socializar. Vecinos y mascotas subimos y nos encontramos, amparados por el entusiasmo de reconocer que no solo vivimos en el mismo edificio sino que también vivimos en el mismo mundo. Una civilidad inédita nos permitió charlar mientras mirábamos cómo el perro ajeno levantaba la pata peligrosamente cerca de nuestras sábanas recién lavadas. Protocolares y ceremoniosos, todos levantábamos las cacas. Luego vino el repliegue, seguimos subiendo pero empezamos a evitarnos, los silencios ya no fueron tan cómodos y cada uno buscó su horario, su rincón. Ahora hemos entrado en una tercera etapa. La naturalización. La terraza como una plaza seca que nada tiene que envidiarle a la Plaza Roja de Moscú, con la torre de Garay a dos cuadras como un Kremlin cubista. La habitamos como si siempre hubiésemos estado ahí. Lo acabo de confirmar. Cuando hoy subí a leer, cerca de mi rincón me encontré con una caca de perro ennegrecida por los días. Todo está donde debe estar.


24

Encierro blando, angustias mullidas: cada vez que quiero nombrar esta experiencia no puedo evitar adjetivarla. Eso es, supongo, porque la vivo más como un encierro simbólico que concreto. No es que no estemos limitados. Pero son limitaciones lábiles. No nos ofrecen la resistencia concreta que nos obligaría a ampararnos en una voluntad, en una disciplina constante. En nuestras vidas muchas cosas están en pausa. ¿Pero qué cosas son esas? En este encierro simbólico, no somos prisioneros de lo mismo todo el tiempo, y eso nos descoloca. De hecho, no somos prisioneros todo el tiempo. ¿Pero por qué de pronto pasé a hablar en plural? No porque crea entender la transversalidad de esta experiencia, encandilado como estoy con la palabra <<confinamiento>>. Solo es un intento de sostener la ficción de la multitud. No hay tragedia si no hay eco.


25

Ya tengo mi barbijo casero hecho con una media vieja. Victoria lo aprendió a hacer con un tutorial. Me lo pongo y, fatalmente, me miro en el espejo. Está bien, no soy Juan Salvo. Dejo de mirarme y me lo estoy sacando cuando algo me hace volver. El efecto máscara que venía percibiendo en la gente con barbijo que me cruzaba en el supermercado se acentúa. Los embarbijados siempre parecen querer decirte algo. Ahora soy un embarbijado y no sé qué me quiero decir. Con media cara tapada, la cantidad de información que mis rasgos ofrecen se concentra en mis ojos. Cejas, frente, todo es un marco para la mirada, que ya no se esconde detrás de la totalidad de mis gestos. Es como si estuviera subrayada. Como si, finalmente, estuviera desnuda. Qué oportunidad. Cuánta insolencia. Qué gran capacidad de síntesis.


26

Salgo a hacer las compras. Ya no tengo el barbijo-media, tengo uno más elaborado. En las cuadras que camino hacia el supermercado decido no usarlo. Y después decido usarlo. ¿Qué se juega en esas decisiones? ¿La mirada de los otros, mi mirada? Con el barbijo puesto no respiro bien y se me empañan los anteojos. Mientras hago la cola, leo. Cada tanto me sueno la nariz subrepticiamente por el amague de un ataque de alergia. Ya en el supermercado, doy vueltas. ¿Qué vine a comprar? Es como si estuviera haciendo snorkel en una pileta. Poco a poco entro en el fastidio. En el malhumor. Para cuando llego a casa, el malhumor se ha desplegado. Me saco las zapatillas, me lavo a consciencia las manos, tiro el barbijo sobre la mesa, paso un algodón con alcohol a los envases. El malhumor es, de alguna manera, como ese algodón con alcohol. Me purifica. Elimina la sobreactuación. Porque, no hay duda alguna, estoy sobreactuando. Y eso no quiere decir que me parezcan innecesarios los protocolos distópicos de estos días. Quiere decir que no hay contradicción. Porque la sobreactuación es parte del protocolo, es lo que nos están pidiendo. Es lo que pedimos. Somos malos actores que se encuentran de pronto con un papel protagónico.


27

Hago zapping, leo diarios. Mientras todo se vuelve visible y cuantificable, yo me vuelvo visible y cuantificable. Mis pensamientos, mis emociones se vuelven visibles, y esa visibilidad es una mortaja que envuelve el día y sus posibilidades. La visibilidad me acorta, me precariza, acelera la entropía de mis células. La invisibilidad es esencial a los ojos.


28

Día de limpieza profunda al ritmo de Frank's wild years. Eso significa, sobre todo, más allá de pisos y superficies, un encuentro frontal con rincones y objetos. Extrañas preguntas me acompañan. ¿Por qué cuando limpio una botella tengo la tentación de hablarle? ¿Por qué miro de reojo buscando brillos en la habitación que he dejado atrás? ¿Por qué insisto en dejar las cosas exactamente donde estaban? ¿Cuál es la naturaleza de mi intervención? Hay estantes en la biblioteca que juntan más polvo que otros, y mientras les paso la franela juego a adivinar qué autores y qué títulos son los que más imantan las partículas de lo que ya no es mundo pero todavía no es nada. En la pausa entre una canción y otra, escucho el deambular activo de Victoria por otro cuarto. Paco, desde cualquier umbral, parece preguntarse si lo que tiene que hacer es entrar o salir. Cuando un perro amaga lo hace desde la quietud. Lo imito, me quedo quieto, amago. De pronto yo tampoco sé si con mi próximo movimiento voy a entrar o voy a salir.


29

Otro encuentro de Zoom en un día de mala conexión. Solo unos segundos de delay alcanzan para que todo se desbarate. Cada uno está en un momento distinto de la conversación. Qué fácil es perderse en las minucias del tiempo, caramba. Sin embargo, continuamos, no todo está perdido. Somos cinco, y en un momento, las cuatro imágenes de mis interlocutores se congelan. En movimiento, solo quedo yo. ¿Me ven, me escuchan? ¿Soy yo quien se desconectó o son ellos los que se fueron? No sé dónde estoy, pero en donde estoy me quedo solo frente a las imágenes congeladas, y entonces una obviedad me llena la cabeza: una imagen congelada no es una foto. ¿A quién pertenecen estos encuadres, de quién es la intención que extrae de la continuidad estas postales, quién se hace cargo del sentido que portan? Porque portan sentido, eso es seguro. Como suele sucederme, desde la obviedad desbarranco hacia el misticismo. Otra vez esta sensación de estar en una cápsula que flota en el espacio. Soy el único espectador de estas caras atrapadas en un gesto, de estos lapsus intrascendentes e íntimos que reverberan en mi intrascendencia, en mi intimidad. A través de la melancolía me apropio de esas imágenes y las convierto en amuletos. Ese tipo de cosas que uno pasa de un bolsillo a otro tratando de engañar a la muerte. <<I want eagles in my daydreams, diamonds in my eyes (I’m a blackstar, I’m a blackstar)>>. Otra noche para bailar con Bowie, claro.


30

Qué danza rara la del distanciamiento. Un minué de reojos. Un encadenamiento de gentilezas torvas y retrocesos. Aprendemos las figuras que nos dicta el miedo al otro. Porque el otro, bajo los barbijos, es más otro que nunca. Y sin embargo, eso también, se me ocurre, es una extraña posibilidad. No voy a hablar de amor, sería demasiado... Aunque el amor siempre es demasiado. Hablo de amor, entonces, que sin caer en estridencias puede ser solo una forma sana de prestar atención. ¿Es preferible la indiferencia en velocidad crucero a la aprensión que ahora nos desata los cordones? Antes de esto, no nos engañemos, fuera de nuestros círculos de afectos éramos cuerpos amontonados chocando unos con otros, solo deteniéndonos para sacudirnos el fastidio de la intrusión. Y sin embargo ahora, cuando parecemos pocos y en las calles nos miramos con desconfianza, hacemos eso, nos miramos. ¿Es un umbral, eso que vemos? ¿Qué clase de umbral es el otro? ¿Qué alumbra un desconocido cuando lo reconocemos como un desconocido? Hace unos días que me viene dando vueltas en la cabeza el estribillo de una canción de Acorazado Potemkin, como solo los estribillos potentes saben remansear: Me tuve que tapar la cara para que me veas, dice. Nuestros cuerpos ya eran invisibles, y para visibilizarnos, como fantasmas, nos hemos puesto una sábana en la cara. Y ahora que nos vemos, hay que ver qué hacemos con eso. ¿No es acaso esa una pregunta amorosa?


31

Medianoche. Salgo a la calle con el perro. En realidad, sale él, yo me quedo en la puerta del edificio mirando la calle vacía. Paco va hasta el árbol más cercano y hace lo suyo. Y mientras espero, mientras veo pasar un 39 sin gente que parece estar llegando tarde a algún lado, percibo por el rabillo del ojo el paso de un ratón que va desde el container de basura hasta un auto estacionado. El ratón también parece estar llegando tarde. Para cuando lo busco, ya no está. Y entonces pasa algo. Es decir, pasa otro ratón haciendo el mismo recorrido. Me sobresalta encontrarlo justo donde está puesta mi mirada. El primer ratón tuvo la existencia huidiza que uno espera de un roedor, pero el segundo impuso un protagonismo inesperado. ¿Qué decir del tercero, entonces? Porque hay un tercero. Son tres ratones corriendo desde el container al auto estacionado. Un escándalo. Si acaso hubiera un cuarto, estaríamos ante una aberración. Estamos. El cuarto ratón aparece y yo me maravillo, porque además hace algo distinto. Sale de abajo del container y a mitad de camino se detiene, duda, vuelve sobre sus pasos (los ratones corren, los ratones dudan: los verbos son tan atávicos como el miedo o el asco). A todo esto, Paco no se inmuta. Ya ha vuelto a entrar y me mira con expectativa, quiere enroscarse en su almohadón. Cierro la puerta y volvemos. En el ascensor me miro en el espejo angosto de la carcasa de hierro. El cansancio que se trasluce en mi cara no es el del esfuerzo, es el de la repetición. Ya hay algo de fastidio en todo esto. La potencia surreal de la novedad ha retrocedido, y ahora queda una pesadilla febricular, ese loop insidioso que no nos deja dormir pero tampoco nos permite despertar. Las preocupaciones del desvelo pierden trascendencia y se vuelven ridículas, mezquinas. ¿Lo que hice hoy lo hice hoy o lo hice ayer? Más tarde, ya acostado en la cama, pienso en los ratones: me esfuerzo porque no sean una metáfora, porque no sean una alegoría. El silencio del mundo me salvará esta noche. Ya veremos mañana.


32

Lontananza. Ese mareo sensual en el que no sé si algo se aleja, si me alejo yo. Entre mi cumpleaños y las correcciones finales de la novela, fue una semana intensa. Hace dos días que, envuelto en vértigos laborales, no salgo de casa ni siquiera a pasear al perro. Al final del día, agotado, estoy reducido a una relación exclusiva entre el margen de la mirada y el margen del pensamiento. Me acuesto en el piso y hago unos ejercicios de ojos que me enseñó Victoria. Más que descansar lo que necesito es apagarme. Todo el tiempo estoy mirando algo, todo el tiempo estoy pensando en algo. Los ojos se cansan de tanto ver de cerca, el pensamiento se cansa por no poder perderse. Necesito mirar sin ver, necesito pensar en nada. Eso es lo que extraño de los bares. Esa atmósfera propicia. Levantar la vista del libro que estoy leyendo y mirar por la ventana del Británico las copas de los árboles del Lezama. Ver la copa del magnolio, por ejemplo, hasta dejar de verla y ver solo el movimiento de sus ramas que ya no son ramas. Y después, esa sobrenatural claridad, cuando los ojos dejan de mandarle información al cerebro y el cerebro deja de pedirla. El ojo acepta su punto ciego y se vuelve punto ciego. Lontananza que llevo adentro, horizonte que no necesita de posibilidades, escándalo de pocillos. Reverberar. Ser el reflejo de algo que no existe.


33

Nueva etapa en la terraza. Del entusiasmo social al repliegue, del repliegue a la naturalización, de la naturalización al fastidio. Estamos en la curva de aplanamiento del relato. Cuando las series se estiran y se achiclan, los personajes se desdibujan en sus repeticiones, en sus yeites, y desaparecen detrás de las sobreactuaciones de los actores. Somos actores sin papel, eso pasa. Desde hace unos días, cuando subo a correr, si me encuentro con algún vecino, noto que me mira con desconfianza. Y noto, también, que yo lo miro con desconfianza a él (el vecino del 2° que sospechosamente cuelga un joggins por donde paso y me obliga a fintear no cuenta, a él lo miro abiertamente con hostilidad). Hay algo que no funciona en esta distopía, y es que si realmente fuera una distopía, no lo sabríamos. Tampoco es un apocalipsis, todo es demasiado largo y lento y sigue habiendo gente en todas partes. Nuestro imaginario catastrófico no nos preparó para esto. <<No hay banda>>, diría Lynch. No hay espectáculo. ¿Nunca hablaron mentalmente con una persona solo para decirle que no quieren hablar con ella? En ese tipo de hermosas incongruencias nos vamos a jugar el destino.


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Primera excursión interbarrios. Visita al dentista para seguir con la colocación de una corona. Hermoso, sí, hasta con cierta dosis de lirismo socarrón. La primera sensación es de estar en el extranjero, en un país con reglas parecidas a las que uno conoce, pero no iguales, con un idioma al que hay que prestarle mucha atención. El colectivero tiene que decirme varias veces que no puedo viajar parado. Tardo en entender que me habla a mí. Tardo en entender lo que me dice. Me siento y casi en seguida tengo que pararme para bajar. Una gloriosa cuadra al sol. Ya en el consultorio, me detienen en la puerta. Me rocían con algo, no sé bien qué, incluso hasta en las suelas de las zapatillas. Me hacen las preguntas de rigor y a todo digo que no, aunque me doy cuenta de que cada vez que digo que no, asiento. Curioso, y más curioso que me dejan entrar igual. No hay nadie más que yo, toda la sala de espera vacía. El de seguridad me hace una seña. Quiere decir que puedo esperar, que puedo usar los sillones. Eso lo entendí bastante rápido. Sin embargo, no termino de sentarme que me llaman. Buen augurio. Primera vez que vengo y no tengo que esperar una hora. Me hacen lavarme las manos dos veces, primero en el baño y después en el consultorio. Además de la doctora, hay tres asistentas. Me intimida un poco tanta dedicación. ¿Abrieron solamente para mí? El augurio empieza a mostrar su costado siniestro. Me piden que firme algo en el que dice que hicieron las cosas que hicieron, y eso no me gusta tanto. Me hace sospechar que en realidad hicieron otra cosa. Me siento en el

potro de tortura. Resulta que no es una visita de control, la dentista ya está revoleando el torno por el aire. Además del barbijo, tiene una máscara que la hace parecer un obrero de fundición. También podría ser un extraterrestre que va a trepanarme para ver si es cierto que los seres humanos tenemos alma. Alto ahí. No me tengo que distraer porque la dentista me habla y no le entiendo nada, ¿que no me trague qué? Hay algo del perno provisorio suelto en mi boca y, en el último momento, logro escupirlo. La dentista y yo miramos el desagüe y nos vemos nada. La tranquilizo, le digo que lo escupí. Curiosamente no le pregunto qué era. Sigue con el torno, duele bastante. Miro la luz, yo también quiero saber si tengo alma. La dentista vuelve a hablarme. Con la boca abierta y el torno ronroneando entre mis dientes, le hago gestos para que entienda que no la entiendo. Igual, seguimos. Sobre el final, me tiene que hacer un par de moldes. Mientras muerdo la horma de metal con la pasta y me hago lagrimear, escucho que la dentista le dice a la asistenta que tiene dos pares de guante puestos. Siento un escalofrío retrospectivo. Qué dominio del torno, pienso. Yo con un solo par de guantes no puedo ni contar monedas. Me liberan, firmo otras cosas. Cuando salgo del consultorio el de seguridad no tiene el barbijo puesto. Se te cayó la careta, pienso. No digo nada y voy a la parada de colectivo. Sigue siendo un día soleado, y tengo una necesidad absurda de sentarme en el bar de la esquina a tomar el café quemado que suelen servir. Ya en el colectivo me siento, aprendí las reglas. Soy un ciudadano más. Mientras miro pasar las casas y los comercios, tengo una extraña sensación que tardo en reconocer. Es la alegría de estar volviendo a casa.


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Hace tres años que tengo un zumbido en los oídos. O mejor: hace tres años que sé que tengo un zumbido en los oídos, porque no puedo asegurar que antes no estuviera. Lo descubrí ni bien nos mudamos acá. Una noche, echado en el flamante sillón con el día ya terminado, mientras disfrutaba de la novedad y me apropiaba de la penumbra, lo escuché. En los días siguientes elaboré un sinfín de teorías paranoicas, incluyendo la de echarle la culpa a esa extraña torre-antena que hay en BGH y que no sé para qué sirve. Fui al médico, me hice estudios y, al parecer, no había nada que arreglar. Es decir, algo cambió en mi metabolismo pero eso no trajo consigo significados obvios (nada mejoró, nada empeoró). Solo quedaron dudas interesantes. ¿Lo que escucho son contracciones musculares, el torrente de la sangre, un roce de los huecitos del oído medio, o es mi cerebro fabricando el tinnitus? Durante el día, en el devenir de las actividades, lo olvido. Puedo incluso pasar semanas sin prestarte atención. Y de repente, sin previo aviso, su sintaxis cambia y me convoca. Lo reconozco, espero que haga algo más, lo acecho. Es como un mensaje proveniente del espacio exterior, y yo soy Richard Dreyfuss en Encuentros cercanos del tercer tipo haciendo montañas de puré. ¿Es una frase en loop o un mensaje interminable? Y si es una frase en loop, ¿es una afirmación, una negación, una pregunta, una respuesta? Un mensaje sin fin, en cambio, solo puede ser un relato. Y entonces depende de mí dejarme cautivar por él. Lo escucho y dejo de escucharlo, finalmente. Convivo con el zumbido y no me empeño en descifrarlo, porque esta incertidumbre es el lado asimilable del asunto. La certeza perturba más, por supuesto. Ahora sé que para mí no existe el silencio. O al menos no de la manera esperable. Son la una de la madrugada. Estoy en la cocina y mientras tomo un último vaso de agua antes de ir a la cama, miro la noche por la ventana que da al oeste. Habitualmente por ahí puedo ver, a varias cuadras de distancia, los techos iluminados de la estación Constitución. Hace dos meses, sin embargo, que apagan todos las luces. Es un dato menor entre todos los datos, pero es uno que me acongoja. Siempre me toma desprevenido, incluso cuando lo busco. Miro o adivino los techos oscuros de la Estación, termino el vaso de agua, apago la última luz de la casa. La elocuencia del zumbido, en ese momento, me devuelve a mí. Su puntuación es perfecta, su fraseo es incuestionable. El silencio existe y es algo que tengo que ver.


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Simplificados, caricaturizados, revestidos de una importancia que no pidieron, se los puede ver en el final de las películas o en el momento más crucial del conflicto, cuando el héroe o la heroína están encerrados en su incomprensión y necesitan ayuda. Ahí aparecen. Jefes ocultos y displicentes de organizaciones misteriosas, oráculos que tienen como único templo su media sonrisa, los mismos héroes o heroínas descubriendo por fin que más allá de la aventura y la desventura y la ventura, todavía están ahí porque sus cicatrices están ahí. ¿En dónde? En los bancos de las plazas y los parques. Pueden estar dándole de comer a las palomas o mirando cómo juega los chicos y los perros. Están quietos. La ciudad se mueve alrededor de ellos, la ciudad rebota en sus conciencias encendidas: han dejado el destino de lado y por eso todos los destinos de la ciudad reverberan en ellos. No es fácil sentarse en un banco de plaza o parque y permanecer ahí. El aire se enrarece. Es como estar en la cima de una montaña. ¿Cuánto tiempo soportamos la contemplación? Podemos sabotear la renuncia, leer, comer un sándwich o una manzana, aceptar por un rato la conversación del pasajero ocasional que rompe la burbuja y se sienta al lado (pasajero, sí, porque los dos sentados y mirando hacia el mismo lado, de pronto hay algo de trayecto, y uno, cuando finalmente se va, resignado porque el otro ha ganado la pulseada y el banco, podría decir <<disculpe, me bajo acá>>). Es raro que alguien se siente en un banco que ya está ocupado, por más espacio que haya. Hay una intimidad ahí que evitamos violentar. Qué ardua es esa intimidad. ¿Cuánto tiempo somos capaces de sobrellevar la contemplación, de mirar sin ver todo lo que no somos y de pronto percibir su misterio y su cercanía con el mareo y la ceguera que instaura la ausencia del tiempo? Es todo lo contrario a una pose, a un hacer. Por eso no hay estatuas de hombres y mujeres sentados en los bancos de los parques. Porque, en verdad, más allá de los torpes intentos de las películas, no se los puede representar. Sostienen el devenir de la ciudad, son raíces férreas. Templan el acero de la soledad para que no lo tengamos que hacer nosotros. Están o no están ahí. Están o no están ahí.


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Fui a correr por última vez a la terraza. El viento frío, la llovizna, no me amedrentaron. Después de subir y bajar por las escaleras tres veces desde la planta baja a al quinto piso, salir al aire libre y ponerme la capucha del buzo generó una épica que no por obvia fue menos efectiva: <<Gonna fly now>>, Rocky y las escaleras del Museo de Arte de Filadelfia. Al llegar no levanté los brazos, eso sí, porque me podía enredar con las sogas para colgar la ropa. Además, para habitar el ridículo hay que saber dónde parar, el ridículo también tiene su estética. Di las cincuenta vueltas de rigor, veinticinco para un lado, veinticinco para el otro. Fue un alivio y también una revancha no pensar, cada vez que pasaba por el techo de su casa, en la vecina del cuarto que hace veinte días mostró su desagrado ante mis incursiones. No por el ruido o el retumbe, sino por una posible rotura de la terraza. Llegamos a un desacuerdo amable, ella no iba a dejar de creer que mis pasos podían romper la terraza, y yo no iba a dejar de subir hasta que los parques se abrieran. Listo, ya está, ya vamos a poder dejar ese desacuerdo atrás y tramar otro en donde la amabilidad encuentre su camino. Mientras corría, mientras trataba de no perder la cuenta de las vueltas, me resultó inevitable caer en una especie de balance. ¿Qué iba a extrañar de todo eso? No porque quisiera alimentar la nostalgia, esa frondosidad intestinal inverosímil y generalmente malintencionada como un retorcijón. De todas partes hay que llevarse algo, pero no mucho, un objeto que entre en el bolsillo y pueda resignificarse con plasticidad. Una cleptomanía práctica que condense las experiencias, una llave. Después de varias vueltas, mientras los edificios se borroneaban en la niebla como capas geológicas de distintas épocas escalonadas y superpuestas, la grúa de ochenta metros del edificio en construcción de acá a dos cuadras por fin pareció revelar su movimiento. En estos dos meses y medio, a pesar de que la obra estaba detenida, cada vez que subía la encontraba en una posición diferente, pero hasta este mediodía, nunca había podido verla moverse, y tampoco puedo asegurar que lo que hacía hoy fuera moverse y no otra cosa intermedia que solo puede estar en el temperamento de las herramientas. Eso, me dije. Eso es lo que me voy a llevar. Esa composición. Terminé de correr, elongue, hice abdominales y lagartijas. Antes de bajar, me quedé un rato mirando la imagen de la grúa flotando en la bruma. Un fotograma de la ciudad y su sobrenaturaleza.


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La imagen muda de una avenida transitada en la noche. En el fondo un tren elevado, edificios, carteles luminosos. Al principio me dio la impresión de que el sonido no funcionaba. Cuando estaba por poner pausa para ver la conexión aparecieron tres ideogramas en el borde derecho de la pantalla. Casi al mismo tiempo comenzó a escucharse una guitarra y una voz melancólica que me despabilaron por completo. La apertura es larga. La voz en off del cantinero cuenta que abre de medianoche a siete de la mañana. Que en la carta hay un solo plato pero que cocina lo que le pidan, siempre y cuando tenga los ingredientes. Lo vemos limpiar, cocinar, abrir su pequeño negocio, una habitación cuadrada con una barra en U, la cocina al fondo. Sobre el final de la apertura vemos una luna de cartón colgando sobre la noche inquieta de Tokio. La textura, la calidad de la imagen, hacen pensar en una telenovela de los ochenta. Los personajes, entre el estereotipo y la caricatura, siempre tienen cerca tanto la risa como el llanto. Siempre hay un famoso de incógnito, alguien que no es quien dice ser y tampoco quien cree ser. Comen con ferocidad, con alegría, con desesperación. Toman cerveza y sake mientras el cantinero los mira cruzado de brazos o fuma de perfil, sentado en un banquito. Y al final del capítulo, que no dura más de veinticuatro minutos, alguno de los clientes nos habla a nosotros y nos dice algún secreto para la preparación del plato que fue protagonista en la historia. Listo, nada más. Y sin embargo esa noche me fui a dormir con una profunda paz. Y soñé con Tokio, una ciudad que nunca me había interesado. Al otro día me pasé todo el desayuno hablándole a Victoria de la serie, que me escuchó con paciencia, como siempre. Una semana después, terminada la primera temporada (la del 2009), ya se volvió un rito modesto para el final de estos días desafinados. No puedo decir que la serie es buena, tampoco que es mala. Creo que es inefable. Como lo son, justamente, los bares que tienen la cocina abierta por las noches. Cómo se los extraña. Para poder estar ahí, en soledad o con amigos, pero también para saber que están abiertos, que son posibilidades cósmicas. ¿Eran ricas las cazuelas que acompañaban al whisky en King Sao? ¿Es buena la milanesa con papas fritas que te sirven a las cuatro de la madrugada en La Niña de Oro (podés pedirla a las dos de la tarde, sí, pero en el instante en que la pruebes van a ser las cuatro de la mañana)? No se puede saber. En la mesa de al lado, mientras vos picás un albóndiga de la cazuela y mirás el whisky haciendo un equilibrio hepático, alguien toma un café con leche y medialunas. El tiempo, en esos lugares, se vacía de direcciones. El tiempo se vuelve cocción y entonces solo importa lo que estés cocinando, su química y su burbujeo, su lenguaje. En <<La cantina de la medianoche>>, de una escena a otra pueden pasar dos noches, dos semanas o dos meses. Todo fluye bajo la mirada impávida del cantinero atravesada por una cicatriz. Tiempos que no necesitan de dirección, ficciones que no necesitan verosímil alguno. Qué bien se está ahí. Qué bien se está acá. Y qué ganas de comer ramen con huevo frito en un callejón de Tokio o una milanesa con papas fritas en La Niña de Oro.


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Jornada de trámites bancarios. Digo <<jornada>> y tengo que aclarar que es un articulación metafórica para no sucumbir a lo inmensurable, algo así como quien dice que creó el mundo en siete días. No sé cuándo empezó esto, qué imposibilidad para hacer una transferencia por homebanking me llevó a otro trámite, y este a otro, claves, llamadas y cajeros mediantes. La burocracia digital es apabullante, su abstracción marea. Y con las redes y líneas telefónicas colapsadas, el abismo parece tan profundo que uno ya no sabe si está cayendo o está flotando, y cuál sería la peor opción. Busco un salvavidas y encuentro lo mismo que las generaciones han

ido encontrando cada una a su tiempo: mitificar para que sobrevivir no sea una estafa. El Token, entonces, es un monstruo marino de seis tentáculos variables que habita en la profundidad helada de los algoritmos. No tiene ojos. No los necesita. Es casi imposible de cazar y se alimenta del dióxido de carbono que exhalamos. Cuanto más intensa es nuestra frustración, cuanto más intensos son nuestros suspiros, más saciado queda. Otra opción es imaginar al Token como un muñeco de peluche en esas peceras con brazos mecánicos. Si uno lo mira bien, se da cuenta de que es imposible que esos brazos lo agarren, que ese monstruo de colores estridentes con la vaga apariencia de un calamar salga por la abertura de los premios. Mitifico, entonces, y sobrevivo. Voy a uno de los bancos con el turno correspondiente. No tengo que esperar mucho, me siento y me explico. La persona que me atiende, un muchacho a todas luces prolijo, con su amabilidad anónima amplificada por el barbijo, me dice que sí, que algo anda mal, pero que ellos tampoco tienen a quién llamar para reclamar. Lo miro, me mira. Espero que diga algo más, y él parece esperar lo mismo. No tengo un espejo, pero me imagino que mi cara se parece bastante a la que debí poner una de las tantas veces en que después de marcar números y opciones, solo me encontré con un mensaje grabado que me dice cosas que yo ya sé (qué alivio sería si al menos dijera algo que no sé, aunque no me sirviera para nada). Agradezco, soy prolijo y amable también, y salgo del banco. En la vereda, siento el óxido que en estos meses ha carcomido mis reflejos de gestión: me doy cuenta de que hay preguntas cruciales que no hice. Me sacudo el malestar, apuro el paso, no vaya a ser que el Token me devore de un solo bocado en esta mañana tan hermosa. Y mientras espero el colectivo, pienso que no solo Dios ha muerto. El Diablo también. Ya no solo no hay nadie que nos vaya a salvar. Tampoco hay a quién echarle la culpa.



40 y final

Como casi todos los días impares de estas últimas dos semanas, esta mañana fui al parque a correr. Sonó el despertador, lo apagué y salí rápido de la cama. Me lavé los dientes sin encender la luz, fui al escritorio y me vestí en la oscuridad (la noche anterior ya había dejado todo preparado). Cuando estuve listo, por unos segundos me quedé sentado en el sillón, de frente a la puerta que da a la cocina. Fueron unos segundos, solamente, pero por un instante no supe quién era ni qué estaba por hacer. La sensación se desvaneció y me fui. Llegué al Lezama a eso de las siete y media, con el cielo sosteniendo ese azul tenso, eléctrico, previo al amanecer, que si durara más de lo que dura haría que el día fuera muy difícil de habitar. Hacía frío. Al principio, salvo los tres policías de la esquina de Brasil y Defensa con sus cuatriciclos y sus luces, no había nadie. Me saqué el barbijo, me puse la capucha y me largué a paso redoblado, tarareando, por supuesto, la canción de Rocky. Sé que me quedan pocos días para volver a las escaleras y la terraza, pero el aire frío me tonifica, me envaletona. <<Vení, julio, que te voy a hacer agosto>>, dije en voz alta. Y en seguida sentí que lo decía otro. No lo había experimentado antes porque nunca había salido a correr tan temprano, pero con el sueño tan cerca, cuando el frío me despabila, hay imágenes que se cristalizan con una potencia inédita. No se deshilachan sino que se fosilizan, se vuelven piedras traslúcidas. Lo que queda del sueño no es entonces esa niebla cargada de ecos que el transcurso del día desvanece. Lo que queda, al menos por unas horas, son objetos concretos, tanteables, que pueden manipularse, que pueden llevarse en el bolsillo junto a las llaves y el billete para comprar las medialunas de la vuelta. Mientras aceleraba en la recta de Martín García, recapitulé. Había caras conocidas y gestos desconocidos. Era una casa grande y había mucha gente. No era una fiesta, nada nos reunía. Simplemente estábamos ahí y eso era lo que quedaba del sueño. Me sentí acompañado y me sentí solo. Risas sin argumento, entrechocar de piedras chinas. Flotábamos en la traslucidez como insectos milenarios. ¿Tenía una de esas piedras en la boca? La cuesta de Brasil, con sus árboles y las luces giratorias de los cuatriciclos en el final, con la iglesia ortodoxa rusa y su aire de juguete antiguo que convierte el amanecer en un juego, fue un túnel. <<La dirección que le atribuimos al tiempo es la flecha que apunta al corazón de nuestro miedo>>. Vi el aire que exhalaba, las persianas del Británico que ya estaba abierto, todas sus luces encendidas y resilientes. <<Las partes, las fracciones son ciertas, no el todo>>. Lo bueno de correr es que la virtualidad se reduce a su mínima expresión y entonces reina la tracción. El software titila, el hardware rechina. En la bajada de Defensa me crucé con otro corredor. ¿Qué tanto se parece su miedo al mío? Cuando empecé la segunda vuelta al parque, las piedras se quebraron, los insectos quedaron libres. Y entonces yo me deslicé suavemente en la ficción.



Tenemos el inmenso honor de publicar la primera verisón íntegra y completa de esta obra, y de acercarla a nuestros lectores. Algunos fragmentos fueron publicados con el título 120 escalones en Infobae (Argentina) y como Pandemic Diary en la revista digital Words Without Borders (EEUU).





Ricardo Romero (Paraná, Entre Ríos - Argentina). Nació en 1976. Es Licenciado en Letras Modernas por la Universidad Nacional de Córdoba y desde 2002 vive en Ciudad de Buenos Aires. Fue director de la revista de literatura Oliverio entre 2003 y 2006. Tiene publicado el libro de cuentos Tantas noches como sean necesarias (2006) y las novelas Ninguna parte (2003), El síndrome de Rasputín (2008), Los bailarines del fin del mundo (2009), Perros de la lluvia (2011), El spleen de los muertos (2013), Historia de Roque Rey (2014), La habitación del Presidente (2015) y El conserje y la eternidad (2017). En colaboración con Luciano Saracino escribió el guión para la película Necronomicón (2018). Con la novela Yo soy el invierno ganó en 2017 el Primer Premio del Fondo Nacional de las Artes. Es editor de Gárgola Ediciones y de Negro Absoluto. Dicta cursos en la Biblioteca Nacional y es docente en la Universidad Nacional de las Artes. Ha sido traducido al inglés, al portugués, al francés y al italiano.

Podés seguirlo en @ricardoromeromussi


Belén Sánchez Campos (León, España). Algunas de sus fotografías fueron finalistas del concurso Desdemibalcón, organizado por PhotoEspaña, en relación al confinamiento durante la pandemia por Covid-19. Sus fotografías de la soledad de las calles de León, muchas de ellas tomadas desde el balcón de su departamento, han sido seleccionadas por el Ayuntamiento de esa ciudad para representar las duras semanas de cuarentena.

Podés ver más de su obra en @belencampos




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