• Ulrica Revista

Perjudicial

A modo de editorial


Desde que existen los libros, existe la censura. Las hogueras que arrasaron bibliotecas enteras iluminaron con sus rojizas tonalidades los rincones de todo el planeta. Por inmorales, por subversivos, por peligrosos, por perversos, por falsos. Muchas han sido las etiquetas que se las han colgado para imputarles todo tipo de felonías. Recientemente se los cancela por motivos de corrección política o enarbolando banderas de protección de las subjetividades.

Pero hay que reconocerle algo a los que buscan censurar, cancelar o erradicar ciertos libros: tienen razón. Sí. Tienen toda la razón del mundo. Los libros son peligrosos. Hasta la más ingenua narración para niños.

No hay que pensarlo mucho para darse cuenta de lo atroz de los libros. ¿Qué otro invento humano puede comparársele en capacidad de destrucción? Ni el dinero, ni la ciencia, ni la sangre azul pueden provocar los estragos que causa un libro. ¿Qué otro objeto es tan democrático que está al alcance del rico y del pobre? ¿Cuál es ese otro instrumento que puede hacer que el ignorante alcance al sabio o que incluso lo derribe de su pedestal? Nadie alcanza la inmortalidad como los personajes que pueblan una narración. ¿Y qué emperador sobrevive, como un escritor, a la desmemoria de los siglos?

Ese objeto ruin y nefasto nos enfrenta a nuestros temores más íntimos, a nuestra corrupción y a nuestra propia estupidez. ¿Quién es tan valiente para querer verse reflejado en un espejo tan crudo? Cuando un libro nos muestra que el error que vamos a cometer ya lo cometieron otros, su advertencia es insoslayable. Cuando vemos que la censura, la cancelación y las hogueras son fútiles contra los libros, no nos quedan muchos argumentos. Por suerte, el ser humano es el único animal que tropieza dos veces con la misma piedra.


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