Olimpo, de Blas Matamoro
- Ulrica Revista

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El libro que sobrevivió a la censura de la última dictadura cívico-militar regresa a las librerías de la mano de Blatt & Ríos
Por Gisela Paggi

Los ídolos argentinos suelen abarcar un amplio espectro de personalidades que desatan amor u odio y el panorama ha sido siempre así. Convertimos en mito a los exitosos, a los que se destacan por sobre la media, en las disciplinas más diversas. Algunos poseen una fiebre de popularidad que dura unos meses. Otros, en cambio, perduran por décadas.
Sobre algunos de ellos, por supuesto, generamos un Boca/River. Por ellos discutimos en las mesas familiares, en los bares con amigos, con el taxista o con tu tío facho. Y siempre creo que mucha de la esencia de la argentinidad radica en la pasión que nos despiertan estos personajes.
Y también se produce literatura en torno a ellos. Nada como ver en las vidrieras de las librerías las biografías de nuestras leyendas en ascenso (aunque su explosión popular sea pasajera) y encontrarlas meses después en los saldos. Esa mala literatura también forma parte de nuestro folklore. Hay una necesidad de explicarlos. Una intriga por lo que fueron antes de ser lo que son. Comprobar sus orígenes humildes nos acerca aún más a ellos; sus defectos, nos dan la razón en nuestras refutaciones.
Curiosamente, el primer libro censurado por la dictadura fue un ensayo sobre nuestros dioses nacionales. Casi que no podía ser de otra manera. Pero, en este caso, no estaba destinado a terminar en una mesa de saldo porque estaba escrito por Blas Matamoro, uno de los ensayistas más importantes que dio Argentina en el siglo XX.
La historia de este libro fue así: Olimpo fue publicado en 1976 por la editorial Corregidor y por contrato se debía hacer una tirada de dos mil ejemplares pero, ni bien salieron de imprenta, cayó un camión del ejército a secuestrarlos. Por contrato, eran dos mil ejemplares, y dos mil ejemplares fueron quemados. Pero el editor de Corregidor, Juan Carlos Martini Real, había mandado a imprimir tres mil ejemplares. Ese remanente que se salvó de la hoguera, ya circulaba en la calle y fue así que Olimpo sobrevivió a la censura y pasó a convertirse en una rara avis buscada y cazada por coleccionistas y bibliófilos. Blas Matamoro, por su parte, pasó al exilio y ahora ve como, cincuenta años después, Olimpo vuelve a las librerías editado, esta vez, por Blatt & Ríos, editorial que ya tiene otros títulos del autor en su catálogo.

El libro es un álbum de retratos escritos con la sagacidad y el ojo clínico de Matamoro. Leerlo es una experiencia extraña: es un libro al que se le nota su contexto (su lenguaje es el que leemos en libros de los años ‘70 y algunos de los dioses olímpicos de los que habla quizás hoy no sean reconocidos por las nuevas generaciones), sin embargo tiene una actualidad arrolladora porque, más allá de quiénes estén hoy en el Olimpo de la popularidad, la argentinidad siempre está latente.
En este caso, los que desfilan por sus páginas son nuestros dioses emblemáticos (o por lo menos lo son para los que tenemos memoria o conocimiento de la historia): desde Juan Manuel de Rosas hasta Hipólito Yrigoyen, de Julio Argentino Roca a Juan Domingo Perón (y ustedes no me pueden negar que no sean figuras que sigan derramando tinta y o no sigan siendo la manzana de la discordia en la mesa de Navidad). Pero también figuras artísticas como la Coca Sarli y Susana Gimenez. U otras universales que han sobrepasado la ficción como James Bond o Drácula. Hay espacio, por supuesto, también para el deporte con la revista El gráfico y para figuras como Guillermo Vilas.
En Olimpo parecen caber todos los arquetipos de nuestra cultura popular como si fueran personajes de una comedia de Molière. Blas Matamoro es quien los disecciona con precisión sociológica para hablarnos más de nosotros mismos que de ellos.
Este año recordamos que pasaron 50 años del último golpe cívico-militar y es una herida aún sangrante de nuestra historia. En tiempos donde algunas dudas se siguen sembrando con la impunidad de la ignorancia, el rescate de una obra silenciada como esta viene a echar luz sobre las sombras. Poder tener Olimpo en nuestras bibliotecas se siente como una batalla ganada.



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