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Mendel, el de los libros

Por Jesús De la Jara



Stefan Zweig nació el 28 de noviembre de 1881 en Viena. Provenía de una familia judía de gran patrimonio económico. Interesado en las letras desde muy joven logró el título de Doctor en Filosofía en la Universidad de Viena.

Su actividad literaria se desarrolló inicialmente en la capital del Imperio Austro-Húngaro donde compartió junto con sus contemporáneos la gran ebullición cultural y refinamiento propia del periodo del emperador Francisco José. Mantuvo contacto con importantes intelectuales como Arthur Schnitzler y también con el psicoanalista Sigmund Freud. Gracias a este último se interesó aún más por la psique del ser humano y la profundización de los traumas psicológicos y comportamientos de su época.

Zweig demuestra ser el más europeo de los europeos, de aquel que se quedó en la Belle époque. Sus escritos destacan por la fineza, amenidad y profundidad psicológica. En él parecen confluir muchos de los beneficios literarios de escritores anteriores. De hecho, gran parte de su obra se dedica a ellos. Son las biografías, definitivamente, donde se ve reflejado el análisis casi freudiano que realiza al tratar de explicar las acciones a veces inexplicables de sus personajes. Tenemos ejemplo de ello en María Antonieta, María Estuardo o Fouché.

Fue testigo de la barbarie humana debido a las dos guerras mundiales. En la primera actuó como secretario, pero al terminar la guerra se vuelca con pasión hacia la naciente corriente pacifista que se desencadenó en toda Europa. Zweig desarrolló algunos textos donde nos enseña que la hoja de la desgracia corta a todos y lo hace siempre limpio. Uno de estos ejemplos lo tenemos en su relato Mendel el de los libros.

Jakob Mendel es un judío que trabaja en el café vienés Gluck. Es un anciano que ha pasado más de 30 años catalogando y recomendando libros de todo tipo. Tiene una mesita privilegiada en el café ya que muchos jóvenes estudiantes lo buscan por recomendaciones o para ubicar un libro difícil o casi imposible de encontrar. La experiencia de Mendel lo hace un portento pues a su larga experiencia se une una memoria prodigiosa y es capaz de nombrar «docenas de libros, cada uno de ellos con el lugar de publicación, la fecha y el precio aproximado». En el café es recibido como un huésped y su presencia es garantía de consumo por parte de toda la intelectualidad capitalina que lo visita. De carácter ensimismado, pues siempre está entre sus libros sin escuchar a los jugadores o al teléfono que puede estar sonando, es imposible no encariñarse con el viejo Mendel, que de seguro a todo lector le traerá recuerdos de años juveniles leyendo e investigando entre páginas de libros.

Su destino y los cambios que acaecerán en la Europa de inicios del siglo XX es la trama de este relato. Creo que a todos nos ha pasado que hemos conocido algún lugar y, de pronto, al pasar por él luego de unos años resulta que lo cambiaron totalmente. Me pasó con una pizzería que cuando era adolescente estaba lleno de afiches de las películas románticas más famosas en un fondo negro que revestía a todas sus paredes. Era un auténtico placer recordar todas las historias legendarias ficticias de amor. Años después: las paredes llenas de pizzas naranjas y amarillas y los afiches, botados. Algo así sucede con este libro y la historia es de melancolía, de viejos recuerdos, de cuando el personaje principal visitaba en las calles de Viena el lugar donde departía el gran Jakob Mendel, encargado de comerciar, pero que además era una lumbrera de conocimiento sobre todo lo que tiene que ver con los libros. Un hombre dedicado cien por cien a las bibliografías, tanto que incluso su abstracción lo lleva a ignorar lo que pasa fuera de ese mundo. Zweig usa lo que mejor le asienta: el análisis psicológico potente, real y con una amplia perspectiva socio-cultural ya que él mismo conoce mucho de todo. Los símiles que emplea en esta obra en particular, sus comparaciones que siempre veo profusas en sus biografías, son muy tangibles y cotidianas.

Los hechos están ambientados en la Primera Guerra Mundial, donde muchos de los personajes pierden su humanidad al ser etiquetados, segregados o capturados por el más fuerte. Ya no son seres con una historia particular sino con una común de desprestigio y abuso. Al final te queda una sensación increíble de pérdida y compartes con el autor la idea de que ciertas personas cuando ya no existen más dejan un gran vacío. La ausencia de Mendel no solo es de él mismo, sino del legado y de los muchachos que acudían a él para consultarle. Después de la guerra el mundo ya no será el mismo y seguro la literatura tampoco. Así es en la vida cultural de una ciudad, a veces uno hace mucho más de lo que pareciera a simple vista.

Zweig, de alguna manera, pasó por lo mismo. Sus obras fueron quemadas y fue obligado al exilio. Lástima que no sobrevivió al totalitarismo, quizás hubiera vuelto a su adorada Europa como Mendel, pero en medio de una ovación interminable.


 


Relato publicado en Viena en 1929 por la casa editora Insel. Luego apareció junto a otros relatos en un libro titulado Kaleidoskop, editado en Leipzig por Reichner en 1936.

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