• Ulrica Revista

Mediadores

A modo de editorial.

La lectura siempre estuvo relacionada con un acto individualista e íntimo: el lector frente al libro, el libro frente al lector y, entre ellos, una relación simbiótica que podría resultar airosa o catastrófica, dependiendo de ese llamado interno, casi inexplicable, que nos dice si ese libro es para nosotros o no. Y a veces pasamos por alto, en ese momento privado que nos pertenece en lo absoluto, las múltiples mediaciones que hubo entre él y nosotros. Si hiciéramos un recorrido mental del camino que nos tomó para llegar a ese instante en que abrimos un libro por primera vez, podemos obtener dos resultados: o fue un hecho fortuito o existió ese mediador que nos tendió su título o su autor.

El papel de los mediadores de lectura, más allá del rol específico que poseen en escuelas y bibliotecas, es un papel que, en cierta medida, todos ejercemos casi arbitrariamente cuando leemos una obra y queremos compartirla con el mundo entero. Existe un efecto dominó que buscamos provocar empujando la primera ficha para que se dispare hacia otros lectores y encuentre nuevos hogares donde anidar hasta que, nuevamente, una ficha caiga sobre la otra, y ese libro llegue a un lector más.

En el mundo de la literatura, ese efecto dominó suele ser caprichoso. No podemos ser tan ingenuos de no pensar que, a menudo, ese primer empujón se da desde un lugar mucho más mercantilista que literario. Hay libros a los cuales les faltan muchos mediadores y otros a los que les sobran. Pero siempre, de la tarea de mediar, guardaremos un recuerdo casi romántico y un lazo casi indestructible nos unirá a esa persona que nos recomendó el libro que no pudimos olvidar. En definitiva, ese acto individualista e íntimo que es leer, en realidad es un acto colectivo, prácticamente revolucionario, que nos mantiene a flote en un mundo de memoria a corto plazo y tiempos vertiginosos.

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