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  • Foto del escritorUlrica Revista

La tinta de la envidia

Por Pablo De Santis


Ilustra Mirabella Stoor


Edición N37 - Especial Silvina Ocampo

En las casas y jardines donde transcurren los cuentos de Silvina Ocampo todo está invertido: sus personajes sienten culpa por trivialidades y no por crímenes, lo doméstico parece terrible y lo terrible maravilloso. Sus protagonistas se dedican a leer las señales que provienen de mundos ajenos, que los hechizan: el mundo de la servidumbre, el de los pobres, el de los mitos, el de los muertos. El mal, siempre presente, no es una mal absoluto, sino recóndito y doméstico.

De todas las pasiones, ninguna como la envidia. Hay dos de sus cuentos que hablan, por igual de la escritura y de la envidia.

El primero es Rhadamanthos. Una mujer joven, Virginia, que se cree pura, envidia los pecados de una amiga que acaba de suicidarse. Virginia no soporta que la lloren y la traten como una santa; la misma noche del velorio premedita una venganza. Se peina con el peine de la muerta, y se pone su perfume y se mira en su espejo, como si se sometiera a una posesión; luego escribe veinte cartas de un supuesto amante, que han de corromper la memoria de la muerta. Silvina Ocampo consideraba que su tema recurrente era el de los diarios proféticos. Aquí, sin embargo, la escritura no es anuncio del porvenir sino un modo de modificar el pasado.

El otro cuento es La pluma mágica. Un escritor vive acongojado por la sospecha de que cada idea que se le ocurre repite alguna idea anterior, de que no hay modo de inventar algo nuevo. Hasta que recibe una pluma que le abre las puertas de la originalidad. A partir de entonces publica una novela tras otra. Guarda la pluma como un tesoro: «La llevaba en mis paseos solitarios. Para no perder su fluido dormía con ella metida en el bolsillo de mi pijama». Pero un amigo, o un falso amigo, que lo sigue a todas partes y le miente devoción, le arrebata la pluma. Pronto se publica, bajo pseudónimo, una novela titulada La pluma mágica, y podemos sospechar que si la pluma se ha retratado a sí misma, es porque su poder secreto se ha terminado.

Cuando aparece la escritura como tema, toda la atención está puesta en los cuadernos y en los papeles, y no en los instrumentos de escritura. Por ejemplo, en la nouvelle El impostor hay un cuaderno de tapas azules donde está el secreto de la historia; pero el instrumento con que se lo ha de escribir es un lápiz Eversharp (un lápiz mecánico, lo que hoy llamaríamos «portaminas»). También en Rhadamanthos lo esencial es el papel, no la pluma: cuando la protagonista se dispone a escribir las cartas, no acepta el papel barato que encuentra en la casa de la muerta y sale a comprar otro. Pero en La pluma mágica Silvina rompe con esta obsesión con los papeles y lo prodigioso pasa a ser la pluma.

¿Pero como escribía la misma Silvina, con pluma, con lápiz Eversharp, con birome? Por suerte para los lectores, en la edición de los papeles póstumos, que ya suma varios tomos, Ernesto Montequin anota minuciosamente el estado de los originales.En las versiones manuscritas, no hay manía por un instrumento de escritura en particular: hay trazos de birome, de pluma, de lápiz y de microfibra. En cuanto a los papeles, son cuadernos y libretas de toda clase. Las primeras frases podían ocupar cualquier papelito: «en ocasiones el primer trozo de papel que la autora tuviera a mano, que podía ser una receta médica, un sobre usado o el reverso de una carta». Si en sus textos la escritura aparece como un ritual secreto, en la vida real es arrebato y captura.

En cuanto a la pluma mágica, no hay en el cuento ninguna descripción, y no sabemos ni color ni marca. Podría ser una de esas lapiceras negras y con capuchón dorado que están en las vidrieras de los anticuarios, perdidas entre camafeos de nácar, teteras inglesas y jarrones chinos.


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