La lengua como intemperie ante el objeto imposible
- Ulrica Revista

- 14 ago
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Reseña de "Zelarayán mi abuelo" de Pablo Aranda.
Por Alfredo de Jorge

Una de las características distintivas de la literatura argentina es, desde sus comienzos, la incomodidad de las clasificaciones genéricas, marca genética que empuja la escritura a la intemperie de las formas y los formatos. Zelarayán mi abuelo (Ediciones La Yunta, 2025), de Pablo Aranda, retoma esa zona de fricción al desplegarse en una prosa poética que disuelve los límites entre el ensayo, la (auto)biografía, el memorialismo y la invención lírica, sin atarse a ningún rótulo. Desde esa cosa casual y marginal que también es la poesía de Zelarayán, el texto advierte sobre su propia naturaleza lábil mediante una fórmula tan doméstica como desestabilizadora: "Esto no es un texto, es un té con limón". Con esta premisa, Aranda inaugura una zona de escritura donde la literatura rechaza el refugio decorativo de la torre de marfil académica para exponerse sin disfraz, invocando a dos figuras tutelares que se espejan, condensan, confunden y resisten al archivo: Ricardo Zelarayán (RZ) y el abuelo materno del autor.
Uno de los aciertos formales que más me atrajeron del librito (el diminutivo es cariñoso, y también por el tamaño de la obra) es sin duda su disposición estructural: se encuentra puntuado por fragmentos que toman versos del poema “Tal vez no importe tanto” de RZ —tales como: "Hay muchas caras en mi vida/ que viven borradas/ quién sabe hasta cuándo"—, configurando una doble posibilidad de lectura que sostiene y da ritmo a la obra, a la vez que la entrelaza con (desde, sobre, entre y para) la poética de RZ. Hacia el final, tras el último de estos pasajes, la página cede al vaciamiento: ya no hay consignas teóricas, anécdotas o palabras, solo el eco de una pregunta que se suspende en el blanco. Dentro de esta arquitectura, Aranda opera un montaje donde, en determinados tramos, la reflexión sobre la poética de RZ muta imperceptiblemente hacia la evocación del abuelo materno. Esta transición, donde el lector deambula de un polo al otro casi sin advertir la fractura del renglón, evoca los mecanismos de un desdoblamiento temporal caro a la narrativa fantástica rioplatense —pensemos en los umbrales liminares de “El sur” de Borges o “La noche boca arriba” de Cortázar—. Los linajes no se heredan como bloques estancos; se superponen en una misma topografía de ensoñación donde las etiquetas genéricas actúan como meras ficciones burocráticas que el texto deliberadamente desarticula.
Lejos de constituir un monólogo ensimismado o metafísico, el volumen opera fundamentalmente como un diálogo tenaz que quiere agarrarse de distintas voces antes de que se las lleve el viento. Por un lado, se sostiene sobre un interlocutor tácito —un lector al que el autor imagina interpelándolo, en una deriva que responde, entiendo, a una necesidad expresiva genuina—. Por el otro, dialoga con el linaje familiar (la madre, los hermanos, los tíos, la prima que devuelve jirones de recuerdos). Pero, por sobre todas las cosas, es un diálogo íntimo del autor consigo mismo, tratando de organizar como un rompecabezas las astillas de sus memorias, la biblioteca que nunca tuvo. Siento que la clave de esta polifonía descansa en la omnipresencia insistente del pronombre "me", que atraviesa el texto en múltiples inflexiones expuestas a esa intemperie afectiva: "se me vino encima", "me pregunto", "me anda rondando", "me devuelve recuerdos", "me llenan los oídos", "me encontré diciéndome", "me contesté en silencio". El sujeto lírico no observa el material desde una neutralidad impasible; está descolocado y atravesado por los flujos de una lengua que lo rebasa y lo sacude físicamente.

En este punto, la poética de Aranda toca una veta filosófica profunda sobre la imposibilidad radical de abrazar lo real, exponiendo al pensamiento a la intemperie de lo inasible. El objeto que se quiere evocar —la figura de RZ cruzada con la del abuelo materno— es, por definición, un objeto imposible de conocer, de estudiar y, ciertamente, de ver. Aquí el texto dialoga de manera abierta con una zozobra epistemológica de estirpe borgeana y, claro, presocrática, como recordaba Demócrito de Abdera: "nada sabemos de cierto, pues la verdad está en lo profundo". Las cosas se presentan siempre imprecisas, envueltas en aquel humo donde el verso de Solari resuena con precisión —"Con tanto humo el bello fiero fuego no se ve"—. El libro problematiza así el siempre vigente dilema entre el mapa y el territorio, demostrando que no solo padecemos la incapacidad general del lenguaje para penetrar en la verdad última de las cosas, sino que el objeto de estudio es aquí, para colmo, el sujeto mismo: un mosaico escurridizo compuesto por fragmentos de recuerdos mezclados, ficcionalizados, dotados de "muchas caras" y desplazados en una deriva caótica. Para intentar ordenar este desborde, el texto mismo advierte que el pensamiento actúa a menudo como un "caballo enloquecido, desbocado, de sed, de hambre, de puro hambre", corriendo desesperadamente detrás de lo que se esfuma.
Lejos de la investigación convencional, el libro funciona por momentos como una lectura crítica muy particular de Zelarayán y de su obra —una zona donde Aranda pone a jugar su formación como investigador en el campo de las Letras—, pero donde el aspecto analítico aparece refractado por otra vía: el movimiento incesante (las veintisiete mudanzas de RZ, el auto destartalado del abuelo: la constatación de que todo lo que tiene cerebro se mueve). Cuando la búsqueda documental flaquea y en las fotos perdidas no hay nada que ver —porque lo que deja una muerte querida siempre es intraducible—, el texto se repliega hacia una geografía de la interioridad de extrema intensidad lírica: "cierro los ojos y veo", "cierro los ojos y veo", "cierro los ojos y lo veo", "cierro los ojos, busco el sol y los veo". La anáfora funciona aquí como un Aleph doméstico, próximo y cotidiano, donde la memoria no se convoca por voluntad, sino que irrumpe con la contundencia de un choque físico.
El cierre del poemario con el interrogante "¿dónde estarás ahora?" sella el libro no como una clausura, sino como la apertura de una pregunta que se prolonga en el lector. Aranda compone así un artefacto profundamente conmovedor y riguroso: un espacio donde la crítica literaria abandona los protocolos vacíos y decide habitar esa intemperie, convirtiéndose en una forma del duelo, del compañerismo y de la fiesta verbal. En tiempos de poses y posers, de posturas e imposturas, el libro muestra un posicionamiento claro: leer y escribir siguen siendo los modos más lúcidos de caminar a cielo abierto y de responder al llamado persistente e imposible de los afectos.



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