La fiesta desmesurada de la lengua

Reflexiones en torno a El cuerpo de la lengua del italiano Giorgio Agamben.
Por Gisela Paggi

Tengo una debilidad enorme por Gargantúa y Pantagruel pero, como el amor es una cosa caprichosa, lo leí hace casi 10 años y recién el año pasado releí algunos capítulos para reencontrarme con Rabelais. Desde ese momento, está en lo que llamo “mi biblioteca de mano”, una que descansa bajo la ventana de mi pieza y donde tengo libros que, como refiere su nombre, me gusta tener a mano. Cada tanto, cuando no sé qué leer, leo un capítulo al azar. Algunos hacen esa especie de bibliomancia con la Biblia y yo, con el libro de mi humanista favorito. Para gustos, los colores.
La casualidad golpeó a la puerta hace unas semanas cuando me llegó un libro que no esperaba: El cuerpo de la lengua de Giorgio Agamben y los gigantes volvieron a apropiarse de mi casa. Si leíste a Rabalais ya sabrás que recorrer sus páginas es una experiencia escandalosa. La desmesura de sus personajes (su apetito voraz, sus miembros desproporcionados, su presencia aplastante) es pura comedia grotesca. Una auténtica sátira carnavalesca. Y en este contexto, el lenguaje en el que se inscribe Gargantúa y Pantagruel exige un cuerpo en consonancia con toda la voluptuosidad de sus protagonistas.
Ahora bien, ¿pueden las palabras adquirir una materialidad?
Y aquí es donde entra Agamben que, para responder ese interrogante, viaja a las entrañas del Renacimiento y de su hijo, el Humanismo, donde la literatura vio nacer la figura de los gigantes más escandalosos de la historia.
Agamben toma otro texto, precursor de Gargantúa y Pantagruel que aún no fue traducido en su totalidad al español: Baldo, de Teófilo Folengo, escrito en latín macarrónico: una forma literaria satírica de la Europa renacentista que consistía en mezclar la gramática de un idioma vernáculo, en este caso el italiano, con la estructura formal del latín clásico. Es un auténtico artificio deliberado, cómico y burlesco.

Este libro tuvo mucho que ver en el nacimiento de Gargantúa y Pantagruel y Agamben en su libro sostiene que la monstruosidad de los gigantes de ambos textos se corresponde con la desmesura de su propio lenguaje.
En sí, la masa corporal de Pantagruel es el reflejo de una lengua que desborda las gramáticas normativas. En estos textos, la palabra no quiere ser ni pulcra ni disciplinada. Todo lo contrario: tiene incoherencia, peso, dialectos. Y esto, nos recuerda Agamben, fue porque antes de la lengua “ordenada” existió la parlatio, esa fiesta híbrida de latín y lenguas vernáculas y juegos fónicos de la calle.
El subtítulo en italiano de este ensayo publicado en Argentina por Adriana Hidalgo es: Esperruquancluzelubelouzerirelu en homenaje a esas verbocinaciones rabelaisianas donde colisionaban las sílabas y la morfología provocaba una sonoridad que precedía el significado.
En este punto, y como era de esperar, Agamben entabla un diálogo directo con la tesis de Mijaíl Bajtín sobre lo grotesco, pero va un paso más allá en busca de lo que denomina una “tercera lengua”. Un espacio que rompe la dicotomía entre el habla y la escritura o entre el concepto y la materia. No es casualidad que este desborde del Renacimiento anticipe por siglos los experimentos de James Joyce, por ejemplo. O lo que tan naturalmente se daba en Roberto Arlt.
Entre las indagaciones de Agamben, El cuerpo de la materia, es una pieza clave dentro de sus obsesiones sobre la voz y el uso de los cuerpos. Pero más allá de su viaje al Humanismo, este libro me dejó una inquietud mucho más cercana: En una época donde el lenguaje parece cada vez más acelerado, algorítmico y desencarnado, ¿cómo hacemos para volver a habitar la materia viva de la palabra?
Agamben no ofrece un manual de respuestas, por supuesto. Pero es fácil sentir la invitación a atender a esa zona donde el idioma todavía guarda la vibración de una voz física, impertinente y maravillosamente desobediente.



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