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La curvatura del tiempo

  • Foto del escritor: Ulrica Revista
    Ulrica Revista
  • 18 mar
  • 11 Min. de lectura

Un cuento de Ana Roberta Zucchello


Fotografía de Erik Adair




Entre los autos amontonados, el ruido y la neblina, se abre una puerta, bajan dos chicas. Apenas se les ven las caras, llevan el pelo suelto y liso, muy largo. En puntas de pie, la más alta analiza el horizonte tratando de distinguir si la interminable fila se destraba y arranca un movimiento. Las luces de freno se disuelven hasta formar un único plano rojo, los semáforos cambian a verde sin propósito… Estarán ahí mucho tiempo. De pronto las golpean una, dos bombitas de agua, les mojan las remeras, las caras, un poco el pelo. Se oyen risas, unos bultos se dispersan. Las chicas se arriman al auto buscando protegerse y vuelven la cabeza para todos lados hasta que me ven a mí, apoyada contra el marco de la puerta del edificio viéndolas a ellas. Entonces me acerco a la calle lo suficiente como para que me oigan: ¡vengan! Se miran; enfatizo el gesto de invitación y finalmente se deciden, la más alta le dice algo al conductor y le alcanza unos billetes. ¡Nos tiraron agua!, me mira a mí, a la remera, a mí, no pensé que se seguía haciendo esto. Les ofrezco una toalla y alguna remera vieja, si quieren. Ay, sí, nos salvás. Subimos por una escalera penumbrosa, nuestro departamento está en el primer piso, a mí me gusta bajar las noches de verano y contemplar la avenida. Luis se queda arriba leyendo en un sillón, prefiere el silencio, la quietud…, no le va a gustar que suban estas pibas. Igual saluda, sin levantarse pero amable, sin preguntar nada; se secan y ya bajamos, le digo por si acaso, y como no aceptan la remera todo sucede bastante rápido, las acompaño y vengo, Luis, cenamos algo. Despega la vista tranquila del libro y asiente, le tiro un beso desde la puerta, la cierro y de nuevo la escalera, de nuevo en la calle, como si nada se hubiera movido, como si nos estuviera esperando. En la esquina, dos inspectores de tránsito vigilan que no se obstruya el paso del tranvía. Suena el silbato. ¡Cierto que las vías llegan hasta casa!, ¿se podrá tomar?, pregunta la que decide todo, la segunda permanece más atrás y casi no habla, como una sombra. Sí, lo pusieron por unos días, para la fiesta del bicentenario, hasta mañana creo, y se me ocurre subir yo también, lo quiero conocer. Corremos hasta la parada y lo tomamos. Le aviso al conductor que bajo en la próxima; no responde. Los asientos están enfrentados, no decimos nada, no hay tema de conversación, ellas de un lado, yo del otro, evitamos mirarnos, una se distrae viendo por la ventanilla, yo también, podría comentar que los asientos son cómodos —tienen almohadones—, pero prefiero no simular, la otra contempla el suelo, acá y allá superficies espejadas y la estructura de madera que cruje y cruje hasta que el tranvía toma velocidad. Enseguida se acerca mi parada, chau, chicas, me levanto y toco el timbre. Muchas gracias por lo de hoy; sí, ¡gracias!, repite la otra como un eco, sonriendo pero un poco menos, me irritan, les doy la espalda, las quiero olvidar, no me gustó la manera en que rechazaron las remeras. El tranvía debería estar frenando y en cambio la ciudad pasa cada vez más rápido, las letras naranja de pizzería, las carteleras de los teatros, los cafés, las bicicletas las luces la gente, una cosa encima de otra y de repente negro y focos aislados como breves segmentos luminosos, ¡parada!, pero el tipo no para. Me adelanto, ¡eh!, tengo que bajar, pero el tipo, nada. Le toco el hombro, lo sacudo, me ignora profundamente. ¡No te preocupes!, dice desde el asiento la más despierta, te bajás en casa. Me resigno. Será uno de esos viajes con menos paradas, seguro en el frente el tranvía tiene algún cartel que anuncia “directo”, una D gigante o algo por el estilo, y yo tendría que haberlo visto. Por fin desacelera. Bajamos, le grito un insulto, se ríen pero entre ellas. La casa es de estilo mediterráneo, con encalado en las paredes y el techo; refleja un blanco tan blanco que lastima: es de día. ¡Cómo ya es la mañana?, qué hora es, me inquieto. ¡Y sí!, cómo no va a ser. Entrá, descansá un rato. Damos la vuelta para pasar por el patio y no despertar a nadie. No quiero entrar, su amabilidad resulta fingida, pero sí estoy cansada, y lo saben, y no me vendría mal tomar agua y pasar al baño. La puerta esa a la izquierda, por el pasillo. Hago lo más rápido que puedo pero cuando salgo no están. Desando el camino asomándome a todas las habitaciones: nada, están vacías o casi vacías; doblo hacia un nuevo pasillo y oigo sus voces apagadas, el sonido viene de la primera habitación, desde el umbral no las veo, entro y a la izquierda hay otra puerta, abro sin golpear, ya estoy harta, ahí están: sentadas sobre una alfombra negra, rodeadas de velas, las cabelleras rozando el suelo; una se entretiene hojeando revistas y la otra, cubierta por una sombra para la que no encuentro objeto correspondiente, manipula una muñequita de trapo y murmura lo que parece una oración. Desparramados alrededor hay recortes con imágenes de relojes pulsera y relojes en el frente de edificios antiguos y relojes en torres... Bueno…, che, gracias por todo…, ¿por dónde salgo? La más alta me mira desde el suelo, ¿todavía estabas acá?, como si no supiera, ahora te abro, vuelve a lo suyo. La otra ubica la muñequita entre todos los relojes y con un dedo la apretuja contra ellos, solo le veo ese brazo porque el pelo le tapa el resto del cuerpo, ¿y esta quién podrá ser?, dice entonando un cantito y es la primera vez que habla por propia voluntad. No sé si pasan minutos o segundos, tendrían que haber iniciado el movimiento de abrirme inmediatamente y en cambio nada indica que se vayan a levantar del suelo. Me abren, chicas, es tarde, trato de encontrar un tono firme pero amable, no quiero conflicto con esta gente, solo me quiero ir. La misma de antes se da vuelta, ¡si es muy temprano!, ¿le decís a mi viejo? Está con los amigos en el living. Apenas puedo contener la bronca, pero la rabia para después, me obligo, paciencia. Luis me estará esperando hace rato, no debe entender nada, pobre Luis, ¿habrá cenado? Cada pasillo conecta con otro pasillo, cada habitación encierra otras habitaciones, ¡cómo puede ser este lugar!, nunca tendría que haber entrado, tengo ganas de gritar pero no, me sereno, me enfoco: lo que importa es salir; una luz se cuela desde la última puerta, ya no sé si atravesé este pasillo una o dos veces, esa luz no la había visto antes, así que salteo las otras puertas y por fin llego al living. Con las cabezas inclinadas hacia el pecho, cuatro hombres dormitan sentados alrededor de una mesa redonda y reluciente sobre la que no hay nada, como si alguien la hubiera limpiado, entre ellos cuelga una lámpara, prendida aunque no hace falta; uno está en silla de ruedas, esas altas para parálisis de gran parte del cuerpo. ¡Hola!, necesitaría que me abran, qué tal, los recorro con la vista uno por uno, el tranvía no me quiso parar, tengo que volver a mi casa, me están esperando, hablo rápido y claro para que comprendan mi apuro pero resulta que el padre debe ser justo el de la silla de ruedas porque ningún otro se inmuta: levanta la mano con dificultad, la cara no le cambia, los demás ni se enteran. Acciona el mecanismo en el brazo de la silla, la orienta a donde estoy yo, balbucea algo al de al lado, que no se da cuenta de levantarse y dejarlo pasar, al final se enoja cuando lo empuja con la silla, ¡bueno, bueno!, se queja, toma impulso apoyándose sobre la mesa, intenta una vez y vuelve a caer pesado, intenta de nuevo, a la tercera se levanta, el que está enfrente se ríe, el otro también se ríe, pedazos de soretes, de qué se ríen, voltea hacia mí, y vos sos boluda, no ves que la puerta no tiene llave, lo molestás al Fredy. Cómo voy a saber que la puerta no tiene llave si está cerrada, igual no digo nada. El tipo en silla de ruedas se acerca con una sonrisa viscosa. Muevo la manija abajo, arriba, abajo, arriba y no, la puerta no abre. El gordo se ríe, los otros dos se ríen, más boluda, la silla sigue avanzando despacio y la sonrisa torcida se transforma en un gruñido también torcido. Me acomodo hacia el costado para que pase; con la mano buena, no sin gran trabajo, saca una cadena larga por el cuello de la camisa hasta que aparece la llave, se estira de frente, no alcanza, da marcha atrás y luego a la derecha, paralelo a la salida prueba de nuevo, la llave toca más arriba de la cerradura, después más abajo, el espacio es muy ajustado y sus piernas insensibles me rozan las rodillas, otro intento y la emboca, la gira una, dos veces, retrocede para abrir unos centímetros y se detiene, quiero salir pero no da el ángulo, empujo un poco y el tipo me toma del muslo de manera muy torpe y lánguida, como si quisiera pellizcarlo, empujo de nuevo con todas mis fuerzas, los apoyos para los pies de la silla me cortan la pierna pero consigo abrir lo suficiente y librarme entre un caos de risotadas e insultos. Me alejo corriendo sin rumbo lo más rápido que puedo hasta que el corazón me ahoga, freno y compruebo que no sé dónde estoy, la herida en la pierna late, la toco y me lleno la mano de sangre, tengo que pensar, analizar la situación. Con tantas diagonales, un paso equivocado y la distancia se multiplica, lo más lógico es seguir las vías, si así llegué lo mismo es volver. El sol rebota en las fachadas claras y elegantes, resalta las formas prolijas; camino varias cuadras sin ver una grieta, una persiana gastada, ni una espiga en el pasto parejo parejo, tan igual de verde y lo mismo la casa siguiente y la siguiente… y de pronto… la calle se bifurca. Ambas posibilidades contienen las vías del tranvía y mi plan se desmorona, cómo es que hay dos vías, cuántas más hay y cuál tomo ahora, Luis, cuál, mandame una señal. Observo una calle, observo la otra, si al menos hubiera alguna plaza, un almacén, algo distinto… Como un espejismo, vislumbro a lo lejos una torre gris con lo que imagino un reloj y me parece que la recuerdo y me parece que hacia allá está el centro. Me decido por esa calle, avanzo trotando con la mano en visera concentrada en la torre, por momentos la pierdo, se mezcla con las nubes y la resolana… ¡Cuidado!, pero será… ¡fijate por dónde vas! No reacciono y sigue caminando, seria. ¡Espere, señora! La mujer se detiene con desconfianza, estoy desarreglada, sucia y toda esta sangre pegada a la pierna... Disculpe, me perdí…, me caí, ¿por acá voy bien al centro, o a la torre? Al centro no sé, ¿qué torre? La torre del reloj. ¡Si ese reloj no anda! Es verdad, no anda..., concedo y empiezo a irme porque la cosa no va como esperaba pero la señora retoma: una vez andaba, hace mucho, uno miraba para arriba desde cualquier lado y se enteraba la hora, como si mirara el sol, ja ja, se ríe de su ocurrencia, yo pienso en sonreír, no lo hago, ¡cómo cambian las cosas!, se desahoga. Hm, sí…, es una pena, ¿voy bien entonces?, disimulo, insisto. Bue, andan todos apurados ahora, antes la gente se tomaba el tiempo para conversar con uno. Disculpemé, señora, pasa que me perdí, necesito llegar a mi casa, mire cómo estoy... Finalmente parece comprender que me pasa algo: bueno…, a ver…, estás lejos…, te conviene retroceder y agarrar la 419 o la 140, después doblás en la 32 y salís justo a la 8. ¿Pero si sigo por esta no llego? Y…, llegar llegás, pero no te conviene. Cómo que no, si la torre está para allá, la estamos viendo, señalo con el brazo, la cabeza, el cuerpo entero. Yo no veo nada, qué torre…, escuchame, este es mi barrio, vos estás perdida, vení que te acompaño unas cuadras. Me toma con la mano huesuda y temblorosa del brazo. No quiero ir con esta mujer, para qué le pregunté, está bien, señora, le agradezco, no hace falta. Doy por terminado el intercambio y me alejo de ella. ¡Eh, dónde vas, para acá!, grita. ¡Está bien, gracias!, respondo sin mirarla ni dejar de caminar. ¡Ay, Luis, perdoname! Te juro que la próxima no salgo ni a la vereda, me quedo con vos leyendo. Nadie por la calle, ni en bicicleta, ni en auto, saliendo de su casa tampoco nadie… y qué son entonces esas pisadas livianas, veloces... Me doy vuelta y es la señora que se aproxima, ágil y rápida, con pasos decididos; la calle va en subida, tropiezo por correr mirando para atrás, por qué me sigue, qué le pasa. Un dolor punzante en el costado me obliga a ir más lento, me asomo sobre el hombro izquierdo, no la veo. Detengo la marcha. No la oigo. Las manos en los muslos y los brazos extendidos, intento recuperarme cuando alguien me toma del hombro derecho, unos dedos duros de pellejo blanco con manchas marrones: te dije para el otro lado, ¿qué, no me entendiste? Me cuesta explicarle que sí, le entendí, señora, respiro hondo, pero, ehm…, tengo que ir para este lado…, disculpe, no quiero ir con usted. Ah, bueno, ¡ah, bueno!, para qué me hacés correr. No digo nada, ya no puedo, igual ahí se queda, qué te cuesta ser amable, su voz se hace más áspera, los ojos enrojecidos me observan con furia, por gente como vos…, se aprieta las sienes, mira hacia arriba y en un volumen demasiado elevado suelta unas palabras que no entiendo y que supongo una maldición, escupe sobre mi zapatilla, sobre los restos de sangre. Yo no me muevo. No pienso. No respiro. Y se va. Permanezco quieta varios segundos más. Giro un globo ocular para asegurarme de que realmente se está yendo; giro después el otro. No está. Busco el edificio del reloj pero no se ve para ningún lado; cuando intuyo que nunca estuvo, que no existe ninguna torre, lo que había creído su recuerdo se desvanece. Me siento en el escalón de mármol de una casa tratando en vano de no llorar; Luis…, no te preocupes, Luis, estoy yendo a casa..., te extraño… Abrazo mis rodillas, apoyo la frente, no quiero pero me duermo. Sueño un reloj inmenso del que se desprenden los números, se precipitan contra un cuerpo enrollado sobre sí mismo, descienden hacia mí —soy el cuerpo— dibujando una espiral; cuando están dentro de mi oído, las campanadas de todas las horas suenan al mismo tiempo y me obligan a abrir los ojos, una luz intensa me encandila. Es de noche. ¡El tranvía! Viene muy rápido y tocando bocina, me pongo de pie y estiro la mano para pararlo, como no aminora la velocidad me arrojo a la calle y sacudo los brazos arriba y abajo hasta que se detiene. Abre las puertecitas y subo sin dudarlo, decime por favor que vas al centro. Voy, pero no es parada acá, eh. Está bien, disculpá, ¿igual en el centro parás, no?, me dejaron re mal ayer. ¿Ayer cuándo, si sábados no hay? No creo que ayer fuera sábado pero no puedo lidiar con otro malentendido, estoy muy cansada, me siento cerca de la puerta. El interior es distinto, los asientos de plástico azul sin almohadones, las paredes grises con pantallas muy grandes que alternan avisos de no fumar y números de emergencia, nada de espejos, nada de madera. La ciudad se va iluminando y la calle cargando de autos, las casas grandes y antiguas dejan lugar a los edificios, los estacionamientos, los kioscos abiertos las 24 horas. La sensación de familiaridad es ambigua, aunque me doy cuenta de que estoy cerca, no termino de reconocer el barrio, como si faltaran comercios, o sobraran edificios, o quizás las luces… Voy leyendo con atención los carteles de las calles…, ¡parada, parada!, por fin veo el de la esquina de casa. ¡Está bien, no grités! El tipo frena. Bajo. Corro los pasos hasta el edificio. Como siempre en las noches cálidas, la puerta de entrada está abierta, pero algo se siente diferente, la decoración, las plantas, el aire del verano. Subo de a dos los escalones. Golpeo y toco timbre en mi departamento mientras reviso todos mis bolsillos. Luis, ¡Luis! Escucho adentro unos movimientos. Encuentro la llave y abro casi al mismo tiempo que él. La luz tenue del pasillo le ilumina la cara…, ¿qué… quién es usted?, ¿dónde está Luis? El anciano deja caer las llaves y se lleva las manos al rostro. Retrocede un paso sin dejar de mirarme y mueve la boca como diciendo algo. Todo sucede tan lento que recién ahora oigo el golpe de las llaves contra el suelo. Tan lento que apenas reconozco mi nombre.

Quilmes, marzo de 2026



Ana Roberta Zucchello nació en Quilmes en 1982. Es profesora de Filosofía. En 2023 publicó con la editorial Himalaya La habitación y otros cuentos extraños, su primer libro.

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Fabi St
Fabi St
25 mar

En otro Apartado referente al mismo hice mis Auscultaciones; provocado por el vacío que aquí emana, lamentado que nadie Remita sus consideración hacia la Autora, pemítome con Audacias, empero, con Benevolencias el retrotraer aquellas, con mínimas Alternancias desde el Original hacia este, su remarcado Sitio. Allí dictaba:

"Las Curvaturas son probatorias Materiales. El Temporalismo es ese Obcecado e intrusivo Merodeador en las condiciones Vivenciales. Hay por cierto Contraevidencias en el título, condescendencias hacia las parcialidades del Relativismo. La presunción amenaza con Pruebas de lo Improbable. Propongo amenazas porque no hay significantes Alentadores en lo Temporal, sus consecutivas son edificantes hacia las Caducidades, marcialidad (ejecución) que Precede y Cede en esta Narrativa. La Oblicuidad es Indemne. Quiso gesticular la Autora eso…

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