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Edda Ganz

  • Foto del escritor: Ulrica Revista
    Ulrica Revista
  • hace 4 días
  • 6 Min. de lectura

Actualizado: hace 2 días

Un cuento de Alejandro Ramos M.


Ilustrado por María E. Cadíquez



Dediqué toda mi vida a la muerte. Soy médico forense. En días, quizá en algunas semanas, mi reconocida mente inquisitiva (y no solo mi cuerpo) se encontrará con esa astuta maga transformadora. Escribo esto con un afán sumarial. Después de tantos informes redactados sobre la muerte de otros, quiero escribir uno sobre mi vida. Corrijo: no sobre mi vida, sino sobre un hecho singular de mi vida, ahora que el resto de ella me parece un mero tejido bioquímico, decorado por las insustanciales creencias, hábitos y jerarquías rituales que ejercitamos los humanos. A una de ellas, a mi reputación, debo esta pieza privada en un hospital,

dispuesta como último escenario de mis actuaciones. No destruiré este cuadernillo de notas, riguroso y servicial auxiliar de mi profesión. Lo dejaré librado al compás musical del azar, al arbitrio de quienes ejecuten la normada serie de procedimientos para que mi cuerpo no dañe la salud colectiva. No tengo amigos ni herederos, no creo en ninguna religión; no creo tampoco haber respondido a las preguntas que me hice desde niño sobre las regularidades del cielo y el misterio de la vida. No recuerdo haber llorado en décadas. Estoy en Buenos Aires y corre el invierno de 1963.

En el invierno de 1923 ocurrió un crimen inusual. Viktor H. Mertens, alemán, principal propietario de una gran fundición, influyente secretario de la Unión Industrial fue asesinado por una obrera de su firma. Varias aristas del hecho traspasaban la esfera de la normalidad delictiva. Durante semanas se habían verificado protestas y amenazas de huelga en la fundición; la policía sospechaba de infiltrados maximalistas o anarquistas. El crimen de Mertens ocurrió durante las últimas luces de un sábado y fue ejecutado en su despacho, con un revólver que le pertenecía. La asesina misma, en estado de conmoción, alertó a las autoridades y se inculpó pretextando que el patrón había abusado carnalmente de ella.

Frente a esta serie de singularidades y a las consecuencias políticas del asesinato, el Juez actuó con premura. Fui convocado por las autoridades a la escena del crimen esa misma noche; debía entregar mi informe sin demoras. Entonces, yo era ya el Perito Principal del Instituto Médico Legal. Recibido a los veintiún años, gracias a generosas becas me especialicé en Psiquiatría y Medicina Forense en Londres, París y Berlín. Vivía en la calle Uriburu, a pocas cuadras de la sede del Instituto, ese edificio de corte neoclásico sobre Junín, bosque oscuro, reino de los aromas de la química orgánica y de los fluidos exánimes.

La fundición Mertens & Flocke se erguía en el borde sur de la ciudad y nos llevó un tiempo llegar allí. Para acceder al despacho de Mertens cruzamos una sala de reuniones en la que colgaban algunos óleos oscuros de escuelas centroeuropeas. Al atravesar un portal y doblar en ángulo recto me sorprendió un amplio espacio iluminado en el que se distinguían aventanamientos propios de esas catedrales comerciales que comenzaron a brotar en Europa a fines del siglo XIX. Mi vista recayó sobre un gran escritorio enmarcado por estanterías y muebles de archivo, poblado por cristalería y ostentosos instrumentos de escritura. Algunos sillones estaban dispuestos en las cercanías. Una mesita alta albergaba un callado aparato telefónico. El cuerpo de Mertens yacía boca arriba. Noté de inmediato varias perforaciones de bala en el tórax y unos delicados anteojos dorados rotos al lado de la cabeza. La alfombra oscura había absorbido la abundante sangre que debió manar de las heridas. El revólver estaba a dos o tres metros de los pies del cadáver. Mertens era un hombre alto, fornido, de corta cabellera rubia; ahora me hablaba, desconcertado, desde su mueca, desde unos ojos abiertos en desmesura.

En uno de los sillones de la esquina más lejana dos policías custodiaban a la victimaria. Un detective me dijo que se llamaba Edda Ganz y que era obrera en uno de los almacenes. Tenía poco más de veinte años; nacida en Lübeck, había llegado junto con sus padres poco antes de la Gran Guerra. Vivía sola, en las cercanías de la fundición. Sin percatarme, me fui acercando a la muchacha. Su cabellera pelirroja formaba una larga trenza. Me pareció aureolada, no por un halo de santidad sino por los misterios de la violencia y de la belleza; unos ojos azul metal transpiraban insomnio e incredulidad. Sentí una sutil vibración en el cuerpo de aquella mujer en plena floración. Yo la había visto antes; yo creí haberla visto en alguna parte. La Ofelia de Millais, un cuadro en una galería londinense (el recuerdo emergió meses después); era ella esa muchacha de ojos vivos, acariciados por la muerte, rodeada de flores. Al aproximarme, se levantó y comenzó a repetir frases cortas: El señor Mertens me llamó por las protestas, abusó de mí, le disparé. Su voz tenía un tono creíble, impositivo; articulaba las palabras con un suave y sensual dejo germánico. Un fulgor místico en sus ojos me hirió en alguna parte, me envolvió en un malestar voluptuoso.

En ese momento vi un escenario despojado de enigmas, una imagen sustancialmente cierta en la que se iban encadenando un poder descarnado y vil, la viva resistencia, el aplomo, el revólver… las palabras convincentes; sufrimiento. El Juez ordenó recolectar las pruebas materiales en el terreno, trasladar a Edda Ganz a las dependencias del Instituto y al occiso a la morgue; había ya emitido órdenes urgentes para practicar las pericias previstas en un caso así.

Lo que sigue me acompaña desde entonces como un recuerdo a la vez firme y elusivo, un falso vacío engarzado de deseos inconclusos, una fracción infinita del extraño bosque que fue mi vida. Esta será mi última ocasión para escribirlo y recorrerlo esculpido en símbolos, en palabras, no más hijo de ensoñaciones y de pieles erizadas. Mi disciplina es un tamiz que separa hechos de apariencias. Y a ello me aboqué esa misma noche. Periciar (palpar, oler) el cuerpo de Edda Ganz fue revelador (agónico, extático). Las huellas hablaban en un tono similar pero no idéntico al de sus palabras. Su piel y la microscopía de sus fluidos tenían impresos los restos de un viejo ritual erótico pero no había sido Marte, no había trazas de violencia. Los jardines y escenarios simétricos son bellos pero suelen ser engañosos. El cuerpo muerto, autopsiado, de Mertens no resultaba el exacto complemento del cuerpo vivo, fragante, de Edda Ganz: Leeuwenhoek, la química de tinciones y los capítulos “marcas” y “muestras” de la metódica enciclopedia forense seccionaron con precisión aquel equilibrio teatral que yo había presenciado de entrada en el escenario del crimen. Edda Ganz mató a Viktor Mertens; Viktor Mertens no abusó de Edda Ganz. Cuál era la trama detrás de esa discordancia iba más allá del campo de la microscopía y de las inmaculadas tipologías forenses. Regresé a mi casa en plena madrugada. Una capa espesa de niebla se desbordaba y cubría las calles. El aire frío no aplacaba el torbellino de imágenes que rasgaban mi mente (una trenza, ciertos ademanes, el calor animal, Venusberg); la soledad urbana no acallaba los susurros (goces, dejos) que irisaban el silencio de la noche en mi descontrolada cabeza.

¿Importaba realmente la verdad detrás del escenario pintado con colores ilusorios por Edda Ganz; contaba algo la verdad encubierta por su encarnación en un personaje de ficción? ¿No era yo también un actor, el sacerdote de una religión basada en espejismos? No tenía respuesta entonces, no tengo respuesta desde entonces a esos interrogantes. Una certeza de otro orden, inervada en mi cuerpo, me carcomía con dulzura desde adentro. Si yo firmaba las pericias verdaderas, ella, aquella mujer soberbia y viva iría muriendo gota a gota, peldaño a peldaño, encerrada en pequeños cubos oscuros; aquel rayo rojo caería inerme bajo el filo de un doble cuchillo; un mar gris y pútrido anegaría la luz que irradiaban sus iris azules; su cuerpo sería embalsamado en vida; sus palabras se disolverían en un fúnebre y violento ácido.

El lunes 23 de julio entregué los dos dictámenes al Juez de Instrucción. En el juicio convalidé con determinación aquellas afirmaciones escritas. Sentada, Edda Ganz me miró largamente. Poco tiempo después recibí una carta suya enviada desde Río Grande do Sul. Su última misiva tenía un sello de correos cancelado en Berlín en enero de 1933. Hace algunos años, una tarde de otoño, quemé sus cartas.




Alejandro nos cuenta que nació en Costa Rica y que es amante de la literatura desde que a los nueve años se encontró con Sharazade en un tomo de tapas azules de Las Mil y Una Noches. Ha sobrevivido como Economista. Pasiones adicionales: la Economía Política Clásica y sus desarrollos matemáticos modernos; estudió (estudia) algo de Filosofía e Historia del Arte. Después de vivir en otros seis países se afincó en Buenos Aires hace añares.

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