Gregorina, un cuento de Raimunda Torres y Quiroga
- Ulrica Revista

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Un adelanto exclusivo para Ulrica Revista de uno de los cuentos y uno de los perfiles que integran Las que moran en las sombras (Minotauro, 2026), antología de autoras de terror argentinas del siglo XIX que antologó y prologó Ever Oroná.

Yo no sé qué demonio invisible, qué genio malévolo, deslizó a mi oído aquellas crueles palabras. Desde esa noche de cruel revelación, el gusano de los celos empezó a roerme el corazón.
Yo no perdía de vista a Gregorina y espiaba sus menores pasos. Pero ni con una palabra, ni con un gesto, le había dado a comprender la tempestad que rugía dentro de mi pecho.
¡Oh! Yo sabía ocultar bien, muy bien, el odio que me inspiraba, y bajo una aparente tranquilidad, que estaba lejos de tener, acariciaba en mi imaginación la hora de la venganza.
Yo sonreía ante esta idea, y un vértigo, el vértigo de la locura del malvado, se apoderaba de mí, y en mis noches sin sueño la veía acercarse como un fantasma, envuelta en su fúnebre sudario y tendiendo hacia el asesino sus descarnados brazos.
II
Yo no quería darle una muerte pronta, instantánea, no; mi alma sedienta de venganza necesitaba gozarse en las convulsiones de su lenta agonía. Quería verla languidecer y sufrir, para que sintiera todo el peso de mi odio, de mi profundo odio.
¡Oh! Si hubieran visto con qué salvaje alegría la veía beber el emponzoñado brebaje que todas las noches le preparaba y que le abriría las puertas de la eternidad.
Yo contemplaba en sus lívidas mejillas las señales del veneno, y un placer infernal dilataba mi corazón.
Seguía con ávida mirada los progresos de su desconocida enfermedad y procuraba en apariencia combatirla, pero ¡de qué modo!: añadiendo una nueva dosis a su vaso.
III
Gregorina no era más que una sombra del pasado. De aquella mujer joven y bella, no quedaba más que un vago recuerdo. Su palidez espectral, la mirada apagada de sus ojos, su andar vacilante como el de un ebrio, acusaban claramente su próximo fin.
Una noche que estaba a su lado -yo no la dejaba un momento-, la vi llevarse las manos al pecho con desesperación.
—Dame agua, porque tengo aquí un fuego que me abrasa -me dijo con voz apenas perceptible.
Yo no me moví.
—¡Agua, agua! -gritó procurando ponerse de pie. Pero era tanta su debilidad, que cayó pesadamente en el sillón.
Yo solté una estrepitosa carcajada al ver cómo se descomponían sus facciones y cómo todo su cuerpo se agitaba en las convulsiones de la más terrible de las agonías, la agonía del veneno.
La luz de la lámpara iluminaba mi rostro y Gregorina pudo ver antes de que se cerraran sus ojos para siempre, la alegría satánica que se reflejaba en él.
—Miserable! —me gritó con voz casi sobrehumana, extendiendo un brazo amenazador hacia mí—.
¡Miserable! Al envenenarme a mi has envenenado también a tu hijo. ¡Que la justicia del cielo caiga sobre tu cabeza maldita!
Y como si una mano misteriosa la sostuviera, se levantó, llegó a la mesa y tomó el vaso que contenía el veneno que yo había preparado esa mañana para ella.
Yo la vi acercarse, rígida como un espectro, pero no tuve fuerzas para levantarme. ¡El asesino estaba aterrado ante su víctima!
—¡Bebe! -me dijo presentándome el mortal brebaje.
Yo obedecí.
Apenas había apurado el contenido del vaso, cuando sentí a mis espaldas una carcajada. Y una voz, la misma que me había dicho ella es adúltera, me cuchicheó al oído: ella era inocente.
IV
No traten de averiguar cómo es que vivo después de aquella noche de fúnebre recuerdo.
Yo mismo no me he atrevido a arrojar una mirada al fondo de mi negra conciencia, ni a recordar el pasado.
¿Y saben por qué? Porque tengo miedo de ver dibujarse en el horizonte de mis recuerdos la imagen de Gregorina.
Ahogo, en la carcajada del presente, el sombrío recuerdo del ayer. Vivo sin vivir, pero vivo. He aquí lo único que puedo decirles.
RAIMUNDA TORRES Y QUIROGA
Por Ever Oroná
El cielo del Plata se tiñe de un negro más oscuro que la noche. Las tinieblas recorren sinuosas cada rincón de las calles de piedra y barro. Desde una ventana se ve, a la lumbre de una vela, a la mujer que más que un alma es un espectro, escribiendo las historias más sombrías de una Argentina que está llegando al final de su primer siglo. Tiene muchos nombres, como el diablo. No es Satanás, no es Belcebú, no es Mandinga a pesar de que las críticas digan lo contrario. Aunque bien podría Matilde Helena Willi ser uno de esos demonios que encantan a los hombres para arrastrarlos después hasta las profundidades de los infiernos.

La joven rebelde, que ronda apenas los 20 años, la mujer emancipista que se enfrenta a todos y a todas. La dama misteriosa que emprende una lucha feminista para la que todavía falta mucho. Raimunda Torres y Quiroga, la primera escritora de terror argentina. La escritora fantasma que desaparece sin dejar rastros de su huida. La escritora que no nació, que vivió pero no murió. Se cree que la figura más misteriosa de la literatura nacional del siglo XIX pudo haber nacido alrededor de 1860 pero no existe un dato certero sobre esta fecha. Tampoco sabemos si es fruta parida por las tierras de Buenos Aires o de Entre Ríos.
Su pluma comprende un arcón de palabras que narran las historias que contaron otros como Poe, Hoffmann y Radcliffe. Del maestro Edgar Allan Poe toma el foco de lo psicológico, de la locura y el crimen, se alimenta de sus cuentos y reescribe más de uno. De Hoffmann se sirve para explorar las fronteras sombrías que separan la realidad de la fantasía, del horror gótico que cuenta las historias más tenebrosas de la cultura europea. Anne Radcliffe es, para Raimunda y para tantas otras escritoras argentinas del siglo XIX, un modelo de literatura, una referente de los géneros populares y de lo que por mucho tiempo se señaló como la “baja literatura”, por ser la más leída, por ser un símbolo de entretenimiento y no de erudición entre las lectoras de otros tiempos. Pero Raimunda hace suya la literatura y la vuelve singular. En su obra, la palabra se hace grito. En sus páginas la literatura es denuncia, es tormenta, es terror y oscuridad. Los monstruos que atormentan a sus personajes son justicia divina, horror sobrenatural que actuará en oposición al silencio y la indiferencia del hombre. Y en esto yace la transposición genérica, en las obsesiones que recorren las páginas de sus cuentos de terror.
Carlos Abraham es el hombre que le da un segundo nacimiento, ni bien comienza el nuevo actual siglo, a la obra y figura de Raimunda Torres y Quiroga, una autora desconocida por la crítica y el canon de la literatura argentina. En esta colección de relatos incluimos los que el escritor e investigador denomina textos de venganza sobrenatural; ¡Asesino, muero inocente, pero mi sombra será el juez de tu conciencia! (fragmento de “La mancha de sangre”). Fiel a las obsesiones de Torres y Quiroga, en este tipo de historias aparece un feminicida que asesina a una mujer por celos, porque una entidad demoníaca así lo ordena o, en el mayor de los casos, porque sí. En consecuencia, la monstruosidad femenina se hace cuerpo como reacción a partir de la inacción de un estado que se niega a brindar respuestas frente a lo que hoy conocemos como violencia de género. La justicia sobrenatural frente a la ausencia de una justicia real (social). Y todo esto se gestó dos siglos atrás.
Raimunda Torres y Quiroga tiene que ser ese indispensable en las estanterías de cualquiera que aprecie y se considere amante del género (el terror). La Mary Shelley del Río de la Plata merece ocupar el lugar que le corresponde en las páginas que cuentan la historia de la literatura argentina.
Lector, lectora esta es la última advertencia, has llegado a la boca del infierno. Este es el universo oscuro de Matilde Helena Willi. Bienvenidos al averno de Raimunda Torres y Quiroga.






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