Cuando una antología dibuja un mapa
- Ulrica Revista

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¿Cómo se dibuja un país a través de sus viñetas? Un recorrido por las decisiones invisibles, las alianzas colectivas y el desafío de mapear la Argentina contemporánea uniendo voces consagradas y emergentes.
Por Diana Romero

Las antologías suelen pensarse como una simple suma de obras reunidas bajo un mismo tema. Sin embargo, su potencial va más allá. Operan también como un registro de época. Congelan un instante del campo cultural: permiten ver quiénes estaban dibujando, qué preocupaciones compartían, qué lenguajes aparecían y qué conversaciones comenzaban a abrirse. No sólo reúnen historietas, producen relaciones entre autores, lectores, editoriales y territorios. En ese sentido, una antología también dibuja un mapa.
Con esa premisa nació Coordenadas en Clave de Historieta, una antología digital impulsada por En Clave de Historieta junto a Loco Rabia y Own Hz. La propuesta inicial era aparentemente sencilla: invitar a artistas de todo el país a contar una historia sobre una ciudad, sobre un rincón que habitan. Aún así, pronto quedó claro que ninguna ciudad es igual a otra y que tampoco existe una única manera de recorrerla.

Las ciudades aparecen en las viñetas de formas inesperadas. A veces son el escenario principal; otras, apenas un fondo que sostiene la conversación. En ocasiones están hechas de calles, edificios, kioscos y colectivos; en otras, de recuerdos, vínculos, afectos, barrios o personas. Cada autor terminó trazando sus propias coordenadas emocionales y reemplazaron las coordenadas geográficas por otras formas de orientación: la memoria, el deseo, la nostalgia, el humor y el conflicto.
Esa fue una de las primeras sorpresas del proyecto. La consigna era la misma para todos, pero las respuestas contenían en sí mismas una particularidad única y auténtica. Cada historieta construyó un modo propio de habitar el territorio. La Plata de Carina Altonaga, por ejemplo, se presenta a través del contraste de un azul verdoso y un naranja encendido que levanta el misterio, mostrando la ciudad como una entidad invadida por la oscuridad y una maldición que se adentra a través de sus fachadas y estatuas y está latente en su cartografía. En contraste, la ciudad de Río Cuarto de Nacha Vollenweider se abre con un palíndromo de Juan Filloy (oír ese río) y se respira a través del expresionismo propio de la autora, donde los olores de la naturaleza predominan y la geografía funciona para orientarse y perderse a la vez. Para Nicolás Brondo, la urbe se vuelve un refugio psicológico. Su historieta nos lleva en un viaje lúgubre en micro, un espacio inundado de rumiaciones que finalmente desemboca en una hermosa splash page: un paisaje de luces de la gran ciudad, antenas y una fachada emblemática, donde el protagonista busca un nuevo comienzo. El territorio también puede ser un laberinto de la memoria, como el Parque Chas de Diego Caballín, quien desarma los cuadros visuales para contar un encuentro presente que dialoga directamente con el correlato de los recuerdos de su infancia.

Los hilos invisibles y el lenguaje colectivo
Toda antología implica una serie de decisiones que se vuelven invisibles para quien luego la lee. Pensar un tema, formular una convocatoria, definir un jurado, invitar artistas de trayectoria, encontrar una editorial que acompañe la propuesta, diseñar una estrategia de difusión. Nada de eso aparece de forma explícita cuando el lector abre el archivo, pero todo forma parte de la obra. En ese sentido, el trabajo colectivo fue mucho más que una condición de producción: fue el verdadero lenguaje del proyecto.
Ese trabajo comenzó mucho antes de recibir las historietas. Instagram se convirtió en una plataforma de circulación. A través de las publicaciones, autores consagrados, editoriales, divulgadores e investigadores, compartieron páginas donde las ciudades aparecían convertidas en viñetas. Ese contenido permitió reconocer búsquedas, descubrir artistas y confirmar que la ciudad ya ocupaba un lugar central en la historieta argentina contemporánea. Las redes sociales, lejos de ser únicamente un espacio de promoción, hoy forman parte del propio circuito cultural. Allí también se producen encuentros, recomendaciones y lecturas que luego continúan en los libros, las ferias y las librerías. La portada de Pedro Mancini también formó parte de esa construcción colectiva. Su ilustración no solo acompañó la edición final de la antología: fue la imagen elegida para convocar a autores de todo el país y terminó convirtiéndose en la identidad visual del proyecto.
En este engranaje, la alianza con Loco Rabia resultó decisiva desde el comienzo. No solo por recibir el respaldo de una casa con una trayectoria consolidada dentro de la historieta argentina, sino también porque implicó confiar en una propuesta nueva y sostener una idea de circulación abierta. Que una editorial independiente decida acompañar una antología de descarga gratuita demuestra la convicción profunda de que los libros pertenecen, ante todo, a la comunidad de lectores.

El formato digital, por su parte, modificó por completo el sentido de la circulación. La pregunta ya no era cuántos ejemplares podían imprimirse, sino cuántas personas podían acceder a la obra. Una antología digital elimina fronteras geográficas y amplía la comunidad de lectores. En un país donde buena parte de la producción independiente encuentra serias dificultades para distribuirse fuera de las grandes capitales, este cambio no es menor: la historieta deja de depender exclusivamente del objeto físico para comenzar a circular como una experiencia compartida que se nutre de diversas realidades.
En sus páginas conviven la ironía y el registro de época. La fábrica de Ituzaingó que retrata Laura Dattoli condensa más de ochenta años de historia nacional, atravesando hitos como la hiperinflación, el menemismo, la crisis de 2001, el FMI en 2018 y la pandemia. A través de una sátira humorística y crítica del conurbano, la obra muestra cómo generaciones enteras están vinculadas a ella, aunque nadie sepa realmente a qué se dedica la empresa. En Rosario, la dupla de Daniel Basilio y Willy Amaru apela a la ciencia ficción y a la memoria de la experiencia para rebelarse contra los cambios urbanísticos que borran la identidad, con una narrativa impecable que nos permite ver el lado oscuro de Rosario, ese “que perdemos con cada pestañeo”. Incluso los tránsitos mínimos construyen identidad, como el viaje que plantea Martín Ameconi hacia la estación de tren de Marcos Paz. Sus escenas cotidianas quedan plasmadas en un recorrido que acumula familiaridad con la ciudad, para luego, con un humor e ironía, apelar a la frustración y a la realidad compartida de cualquier pasajero.
Cruces generacionales y redes culturales
La conformación del jurado también respondió a esa búsqueda de diversidad de miradas. La investigadora, autora y gestora cultural colombiana Estefanía Henao Barrera aportó una perspectiva latinoamericana y una amplia experiencia en procesos colectivos de creación. La ilustradora y autora Lucía Rovira acercó una mirada sensible sobre las nuevas generaciones de dibujantes desde su trabajo como artista y docente. Completar ese triángulo con Andrés Accorsi implicó sumar una de las voces más autorizadas de la historieta argentina: un lector incansable de distintas generaciones, cuyo criterio editorial permitía asegurar que el diálogo entre autores emergentes y figuras consolidadas estuviera sostenido por la calidad de las obras antes que por la trayectoria de sus nombres. Para los autores seleccionados, formar parte de esa conversación significó también un reconocimiento dentro del campo de la historieta argentina.

La convivencia entre artistas consagrados y autores emergentes fue, quizás, uno de los mayores aciertos de la antología. No existe una división jerárquica, se comparte el mismo espacio de lectura. Así, el despliegue dinámico de viñetas de Nabila Heis, donde el mapa urbano queda de fondo mientras recorre la ciudad en skate, convive de igual a igual con las búsquedas formales de las firmas instaladas. Es que, al fin y al cabo, el crecimiento de un circuito depende de la posibilidad de convivir y de nutrirse entre quienes ya construyeron un camino y quienes recién empiezan a recorrerlo.
Esa horizontalidad habilitó el juego técnico y la libertad de contar. Lo vemos en la propuesta de Mateo López, con su narrativa cotidiana, su hermosa paleta de colores y una disposición precisa de globos que invita a quedarse a vivir en el dibujo. O en la experimentación que hace Feli Punch, quien rompe los marcos de la viñeta para demostrar que el espacio urbano y el lenguaje de la historieta se habitan mutuamente. Su lenguaje es una reflexión constante sobre esos binomios donde un espacio se refleja en el otro: como es en la ciudad, es en la página. La experiencia urbana se vuelve también goce sensual en los trazos de pincelada y tonos pastel de Beibi Kebab, quien mapea Córdoba a través de la comida, el placer y la compañía, sumergiéndose desde las aguas de La Cañada hasta el interior de un plato de Ramen. Como contraparte, Sofi Capo nos sitúa en una terraza para contemplar una Buenos Aires ruidosa, confusa y atestada, con un trabajo de línea precisa en blanco y negro que juega con los eslóganes publicitarios para mostrar su esencia: "No sabré decir si es la ciudad más linda del mundo, pero pucha, sabe hacerte dudar". Con el tiempo comprendí que el valor real de Coordenadas no radica únicamente en el libro final. La antología es solo la manifestación visible de una red en movimiento: una trama que comenzó a gestarse mucho antes de la convocatoria, en talleres, ferias, editoriales, conversaciones, publicaciones compartidas en redes sociales y vínculos construidos durante años, y que ahora se completa en el acto de la lectura.

Fue justamente al avanzar en el proyecto cuando empecé a reconocer en esta experiencia un fenómeno que hoy también atraviesa mi propia investigación sobre el circuito cultural de la historieta argentina. Los libros no aparecen de manera aislada, tampoco los autores. Existen porque hay talleres, festivales, editoriales, librerías, periodistas, archivos, plataformas digitales y espacios de encuentro que hacen posible su circulación. Una antología no sólo reúne obras: también hace visible el circuito que las hizo posibles.
Quizás por eso Coordenadas en Clave de Historieta terminó siendo algo distinto de lo que imaginábamos al principio. Más que una recopilación de historias sobre ciudades, se convirtió en una demostración de cómo funciona hoy la historieta argentina: una red construida sobre la confianza, la colaboración y el deseo permanente de ampliar el mapa. Cada página señala un territorio, pero también una comunidad. Porque, al final, las ciudades cambian, los mapas se redibujan y la historieta también. Una antología nunca representa un punto de llegada: apenas marca un lugar desde el cual otros podrán empezar a trazar nuevas coordenadas.
Podés seguir el proyecto En clave de historieta en Instagram: @en_clave_de_historieta



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