• Ulrica Revista

Corvus corax

Por Juan Francisco Baroffio

@queremoslibros



Las vicisitudes trágicas de la vida de Edgar Allan Poe (1809-1849) han contribuido a la creación de un mito moderno. El hombre finito y situado, hijo de su tiempo, fue enterrado en una tumba humilde en Baltimore. Desde allí el hombre-mito construyó su catedral.

Precursor del relato policial y renovador de la narrativa gótica, fue el primer autor norteamericano de renombre en vivir plenamente de la literatura. La pobreza material que padeció durante largos períodos respondía más a la dilapidación por los excesos que a la falta de ingresos. Periodista aclamado, codiciado por los editores y dueños de semanarios, también fue su pesadilla. Lo que lograba con su trabajo y su talento lo arruinaba con su vida disoluta. Hoy se especula sobre su salud mental, lo que lo haría menos culpable. Pero lo cierto es que Poe se nos representa, en el imaginario popular, como una suerte de poeta maldito. A esta idea contribuyeron Charles Baudelaire y el conde Auguste de Villiers de L’Isle-Adam que póstumamente lo presentaron en Europa como el poète maudit anticipado. Y el escritor que no era del todo comprendido en su país natal, rápidamente halló gran eco en la poesía francesa y luego en el mundo.

Es indudable que su obra oscura, casi febril, que hermanaba elementos literarios del sur y norte estadounidense con aquellos que había descubierto en Gran Bretaña, han sido de una influencia abrumadora. El gótico victoriano se edificó sobre su frágil persona. Y le han rendido laureles tantos autores, de todo el globo, que su figura mítica es casi rayana en lo teológico.


El escritor matemático

Pero Edgar Allan Poe no fue un ser sobrenatural. No tenía una pluma de Midas. Desde su muerte se ha intentado diseccionar su obra con la pericia forense de una autopsia. No hay nada de casual, de improvisado en sus textos. Se discute si la locura, la borrachera o la combinación de ambas fueron las que trajeron a su mente los argumentos e imágenes que ha legado a la posteridad. Es indudable que esa chispa, esa intuición artística de la que tanto hablaba Schopenhauer, era mucho más sensible y poderosa en Poe. Hoy diríamos un «talento natural». Pero limitar su talento solo a eso sería rebajar al arte a una mera cuestión sensitiva, a pura casualidad. Ni la locura ni el consumo de sustancias nocivas hicieron de Poe un gran escritor.

En The Philosophy of Composition (1846) el autor es forense de su propia creación. Elige uno de sus poemas y realiza el trabajo inverso. Deconstruye el edificio hasta sus cimientos. Y luego continúa hasta la esencia misma, hasta la sensación o imagen o pensamiento subterráneo que es origen de la creación artística en cuestión. Poe llamaba a esto «fantasía analítica». Leer este breve ensayo es descubrir los secretos del prestidigitador. Lo que se nos asemeja a magia se nos revela como una maquinaria de engranajes perfectamente diseñados. Un matemático de las letras. Algo que lo hermana con uno de sus grandes cultores: Jorge Luis Borges.


La gloria en un poema

Poe, para revelarnos sus trucos, elige su obra más emblemática. The Raven se publicó luego de dos libros de poesía que fracasaron comercialmente. Hasta ese momento Poe era un éxito periodístico. Su entrada a la planta de un semanario implicaba que se multiplicaran por miles los ejemplares vendidos. Pero todo cambió con este poema gótico. Aunque sus pares literarios aún no lo comprendían del todo y los lectores preferían sus artículos a su ficción, su fama se acrecentó.

Como en toda su obra poética y narrativa, en El cuervo se aprecia esa cualidad inmóvil y no dinámica de su fantasía. Crea un paisaje, un ambiente estático y las acciones son concatenación de causas y efectos; todo movimiento se induce desde la lógica y no por lo fantástico. Más aún en este poema que, aunque nos cueste creerlo, no tiene elementos fantásticos. El propio Poe lo dice. Su elección del cuervo responde tanto a elementos estéticos como científicos. Es evidente que un ave negra y asociada a la muerte produce el efecto buscado en la mente del lector. Pero también influyó la zoología. El Corvus corax, o cuervo grande, es el ave de mayor inteligencia y es capaz de imitar y reproducir sonidos de su entorno natural, incluida la voz humana. El mismísimo Poe nos revela la intención de su yo-creador. El hombre obsesionado por la muerte de su amada es quien cree ver algo fantástico, casi profético, en el «nevermore» casual de un ave que puede imitar palabras.

Los lectores somos los que entretejemos todo lo fantástico, aterrador y simbólico alrededor de esta pieza poética, que, como otras de su autoría, tiene su conclusión en la disolución y en la muerte. Poe creó un objeto matemáticamente perfecto, una pieza de relojería. Las generaciones posteriores que lo leyeron o escucharon (siempre recomiendo hacerlo en la voz de Vincent Price), han usado ese objeto para hallar sus propias nociones de lo fantástico y el terror. Después de todo de eso están hecho los clásicos: de lecturas y relecturas.



Primera edición

Se publicó por primera vez el 29 de enero de 1845 en la revista The Evening Mirror (Nueva York) y reapareció casi simultáneamente en la revista cristiana The Literary Emporium (volumen II ). Luego, en 1846 se publicó en la antología del autor The Raven and Other Poems (Londres, 1846). La primera traducción al castellano la hizo el venezolano Juan Antonio Pérez-Bonalde el 1° de abril de 1887 para la Real Academia Española.

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