Alberto Laiseca: el imaginador
- Ulrica Revista

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Por Diego Cano
Ilustra: Mirabella Stoor

La imaginación movía todo en Alberto Laiseca. Imperios, detectives, torturadores, sindicalistas, filósofos improvisados, guerras interminables, tetas, conspiraciones y universos completos. Mientras otros escritores organizan una trama, Laiseca pone en funcionamiento una cosmovisión. Ahí reside la potencia de su máquina narrativa con una capacidad infinita de conectar cualquier cosa con cualquier otra. Ahí también radica el placer que producen sus libros. Cada página dispara asociaciones inesperadas, desplaza el sentido común, desacomoda expectativas y empuja la literatura hacia territorios que nunca nadie se había atrevido.
La reciente aparición de Textos akáshicos. Artículos y rarezas, publicada por la Biblioteca Nacional, vuelve a poner en circulación esa energía. Mariano Buscaglia realizó un trabajo de arqueología literaria admirable. Durante años reunió artículos perdidos, colaboraciones dispersas, prólogos, entrevistas, textos aparecidos en revistas marginales, suplementos culturales, y publicaciones de circulación reducida. A ese esfuerzo se suman materiales localizados por Matías Raia que viene reconstruyendo la trayectoria del joven Laiseca desde hace años y cuya investigación aporta piezas fundamentales para comprender la formación de una de las obras más vastas y singulares de la literatura argentina contemporánea.
Entre otras cosas, el volumen permite asistir a un espectáculo fascinante: la aparición de Laiseca antes de Laiseca. El momento en que todavía no circulaban Los sorias, El jardín de las máquinas parlantes o La hija de Kheops, pero ya empezaban a brotar las obsesiones, los procedimientos y las intuiciones que después desembocarían en esas novelas monumentales.
Buscaglia utiliza una palabra muy precisa para definir a Alberto Laiseca: imaginador. La expresión aparece apenas una vez en el prólogo, pero acierta de lleno. Laiseca agrandaba cualquier tema que caía en sus manos. Una nota periodística, una discusión política, una lectura de Poe, una reflexión sobre la aventura, una incursión en las cloacas porteñas o un artículo sobre rock terminaban incorporándose a una maquinaria narrativa cada vez más vasta. La invención actuaba como fuerza organizadora. Todo ingresaba en el mismo circuito.
Por eso resulta tan interesante recorrer estos materiales. Ahí aparecen heterónimos, relatos olvidados, artículos de prensa, textos sobre literatura fantástica, ensayos, prólogos y reseñas. El conjunto permite seguir la expansión de una misma lógica creativa. La misma que más tarde empujará a un detective norteamericano a hablar como un compadrito porteño, convertirá una discusión sindical en filosofía política o levantará un imperio capaz de ocupar mil trescientas treinta y cinco páginas y ciento sesenta y seis capítulos.

El joven Laiseca circula entre poetas experimentales, grupos de vanguardia, artistas marginales, ocultistas, traductores del I Ching, escritores de ciencia ficción y agitadores culturales. Ahí aparece Dionisios Iska y la idea de una “vanguardia de un hombre solo”. También asoman dos obsesiones que acompañarán toda su producción. Por un lado, el esoterismo: los archivos akáshicos, los iniciados, los saberes ocultos, las fuerzas invisibles. Por otro, el monumentalismo: China, Stalin, Egipto, los imperios, las murallas, las arquitecturas gigantescas y los proyectos capaces de atravesar siglos enteros. En esas páginas tempranas ya empieza a tomar forma una cosmovisión propia donde una secta puede convivir con un sindicato, una guerra astral con una discusión literaria y una teoría metafísica con un plan de dominación mundial. Ahí ya se cocina buena parte de la obra futura.
Por lo general, la crítica suele detenerse en el personaje Laiseca. El gigantón de voz cavernosa. El contador de cuentos de terror. El monstruo amable. Este volumen invita a mirar otra cosa. Invita a observar el funcionamiento interno de una potencia creadora fuera de escala. Los materiales reunidos por Buscaglia muestran a un lector voraz, a un articulista brillante, a un ensayista original y, sobre todo, a un narrador que encontraba literatura donde los demás apenas registraban materiales dispersos.
También aparecen las ideas políticas. Aparecen con fuerza el anticomunismo, liberalismo, reivindicaciones extravagantes, simpatías inesperadas, provocaciones constantes. Laiseca llevaba adelante esas discusiones con una libertad absoluta. Sin embargo, reducir su obra a esas posiciones empobrece la lectura. Sus opiniones participan de una cosmovisión más amplia donde la exageración funciona como método creativo. Su literatura toma esos materiales, los mezcla, los transforma y los incorpora a una maquinaria de invención permanente.
Buscaglia rescata una declaración reveladora. Durante una entrevista, Laiseca recordaba una infancia dominada por una figura paterna asfixiante y definía la imaginación como su único territorio de libertad. Esa observación ilumina toda la obra. Desde ahí parten Los sorias, Su turno, El gusano máximo de la vida misma y tantos otros libros que siguen empujando los límites de la narrativa argentina. Cada uno amplía el mapa del mismo universo. Cada uno agrega nuevas capas a una cosmovisión siempre en expansión.
Laiseca contagia algo cada vez más infrecuente: ganas de escribir. Sus libros enchufan al lector en una corriente de energía narrativa que empuja a crear conexiones nuevas, personajes nuevos, situaciones nuevas. La lectura se transforma en estímulo. Pocas obras generan esa sensación con semejante intensidad. Tal vez por eso tantos lectores terminan sintiendo que Los sorias o El gusano máximo de la vida misma no concluyen en la última página, siguen trabajando por dentro, siguen produciendo asociaciones, imágenes y relatos mucho después de terminada la lectura.
Quizás una observación merezca lugar al margen. La imaginación de Laiseca desconoce fronteras. El lenguaje, en cambio, avanza muchas veces por carriles más tradicionales. Incluso cuando inventa verbos magníficos —el oro se orifica, el cobalto cobaltifica, el hierro ferrifica, la plata argentifica— la frase conserva cierta arquitectura clásica. Esa tensión atraviesa gran parte de su obra: una potencia imaginativa que se expande sin límites sostenida por una sintaxis y un ordenamiento narrativo más estable, quizás podríamos decir hasta conservador. También ahí radica una parte de su estilo.
Hay otra idea de Laiseca que atraviesa buena parte de estos materiales y ayuda a entender su literatura: "Creo que un escritor no es escritor hasta que aprende a entretener", afirma en una entrevista del libro. La frase ilumina una zona central de su obra. Laiseca leyó a Poe, a los narradores de aventuras, a Mika Waltari, a los grandes constructores de historias capaces de mantener al lector avanzando página tras página. Sus novelas empujan los límites de la imaginación, incorporan imperios delirantes, guerras astrales, ocultismo, filosofía y política, pero nunca abandonan el impulso narrativo. Siempre hay una historia que contar. Tal vez por eso incluso sus libros más desmesurados conservan algo del viejo narrador oral que reúne gente alrededor de una mesa y mantiene la atención encendida durante horas. Por eso la erudición en Laiseca nunca buscó prestigio: trabajaba para la narración.
Por suerte, todavía siguen apareciendo nuevas puertas de entrada a ese universo como las de este libro, donde cada una confirma la misma sospecha: la literatura argentina todavía no terminó de medir todo lo que escribió Alberto Laiseca.



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