Silvio Astier: mártir y demonio
- Ulrica Revista

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Este 2026 se cumplen cien años de El juguete rabioso una de las novelas más emblemáticas de la literatura argentina.
Por Tomás Fernández

La narrativa argentina moderna comienza en 1926, con la publicación de El juguete rabioso, primera novela de Roberto Arlt (1900-1942). Pero no nace en un vacío cultural. Ese mismo año se publica Don Segundo Sombra de Ricardo Güiraldes (1886-1927), gran mentor de Arlt, mientras en 1924 salía a la luz El inglés de los güesos de Benito Lynch (1880-1951). En Lynch el tono castizo salta a la vista desde el primer párrafo: el arribo del inglés de los güesos “provocó en los habitantes del «puesto» de «La Estaca» la más risueña curiosidad y la más franca chacota”. Más típico es el habla campera de páginas posteriores, con frases como “No me la fastidee” (en vez de “fastidie”) o “¡Parece mentira que haiga hombres tan zonzos!”. Modulaciones de este tono reaparecen en Don Segundo Sombra. En los dos libros, la lengua nacional, que casi fatalmente es gauchesca, se combina con un habla española más o menos libresca.
Arlt va por el camino contrario. En vez de buscar una pureza castellana o una legitimidad nacional obvia opta, en un principio, por los grandes autores europeos, en particular franceses. En su primera obra publicada, Las ciencias ocultas en la ciudad de Buenos Aires (1920), no deja pasar oportunidad para poner de manifiesto su densa cultura:
“Entre los múltiples momentos críticos que he pasado, el más amargo fueencontrarme a los 16 años sin hogar.
Había motivado tal aventura la influencia literaria de Baudelaire y Verlaine, Carrere y Murger. Principalmente Baudelaire, las poesías y bibliografía de aquel gran doloroso poeta me habían alucinado al punto que, puedo decir, era mi padre espiritual, mi socrático demonio, que recitaba continuamente a mis oídos, las desoladoras estrofas de sus Flores del mal.
Y receptivo a la áspera tristeza de aquel período que llamaría leopardiano, me dije: vámonos. Encontremos como De Quincey la piadosa y joven vagabunda, que estreche contra su seno impuro, nuestra extraviada cabeza, seamos los místicos caballeros de la gran Flor Azul de Novalis.”
Fuera de dos autores bohemios, ahora bastante olvidados, los párrafos son un catálogo de grandes nombres: Baudelaire, el más influyente de los poetas malditos, el simbolista Verlaine, el gran erudito De Quincey (que también huyó de su hogar a temprana edad), el exquisito romántico Novalis. Arlt cita con soltura los nombres más apropiados para situarse, en cierta medida como uno más, en una línea que comenzaba en Europa, al menos en uno de sus planos.

Las ciencias ocultas en la ciudad de Buenos Aires es casi contemporáneo al primer capítulo de El juguete rabioso, escrito en 1919. En él, Silvio Astier funda con sus amigos Enrique Irzubeta y Lucio el “Club de los Caballeros de la Media Noche”, cuya actividad más notoria es el desvalijamiento de una biblioteca. Cuando pasa revista a los libros que planea hurtar, Astier recuerda a varios poetas, entre ellos Baudelaire. Sin embargo, por la situación del robo, la apropiación de la cultura se vuelve irónica: la relación con los libros de primer orden se concreta a través del crimen.
De cualquier modo, la gran cultura europea sigue apareciendo con fuerza, aunque lo haga desde un ángulo torcido, desafiante y pendenciero, que no ignora los valores de clase. Una vuelta de tuerca que solo en apariencia es contradictoria aparece en el famoso inicio de El juguete rabioso: “Cuando tenía catorce años me inició en los deleites y afanes de la literatura bandoleresca un viejo zapatero andaluz…”. El contraste con las parrafadas eruditas de Las ciencias ocultas o con la mención de Baudelaire durante el robo de libros es total. En un lugar tan crucial como las primeras líneas de un relato, Astier reivindica la literatura de bandidos, no la poesía lírica. Y quien lo introduce en esa noble rama de la crónica social y la literatura popular es un inmigrante andaluz, anciano, zapatero, avaro y desagradable, no un bibliotecario políglota francés. Este es el primer acto de rebeldía de Astier: tomar por asalto el tablero literario y rearmarlo de acuerdo con sus fines específicos. No lo hace mencionando a grandes autores, aunque al pasar luego lo haga, sino a lo más ínfimo de la literatura popular. Esta gran delicadeza engañó a muchos lectores, que pensaron que Arlt mismo era ante todo un consumidor de literatura bandoleresca.

Astier, en vez de aspirar a una herencia castiza directa, la toma a través de un zapatero andaluz. En vez de las poesías de Quevedo o de Góngora, menciona a Diego Corrientes o Jaime el Barbudo, célebres bandidos. Pero, sobre todo, encuentra una lengua nacional en el Babel de lenguas porteñas, entre los tonos de la calle, los de las traducciones altas y bajas, las frases de los inmigrantes y los insultos de los criollos.
Arlt, fino poeta, de oído perfecto, sabía que su magma explosivo era mucho más perfecto, estéticamente, que cualquier habla gauchesca. Y este experimento lingüístico pronto lo llevó a desarrollar un personaje único como Silvio Astier.
Ya en la primera línea de El juguete rabioso aparece un claro cambio frente al romanticismo desolado y tradicional de Las ciencias ocultas. Entre la crónica de 1920 y la primera línea de ese capítulo de 1919 hay un mundo de distancia.[1] La distancia no hace más que crecer en los siguientes capítulos. En el capítulo dos, Astier comienza a verse aplastado por necesidades materiales de lo más cotidianas, en particular la de trabajar. Su empleo en una librería se vuelve una pesadilla. Su venganza llega al final del capítulo: arroja una brasa para provocar un incendio. Pero la brasa se apaga y no sucede nada.
En el tercer capítulo, es despedido de un trabajo por su excesiva inteligencia. Los últimos restos de ilusión, vinculados a la posibilidad de crecer por sus talentos, se hacen trizas. Compra un revólver y atenta contra su vida. También fracasa.
En el cuarto capítulo, Astier se asocia con el “Rengo” para robar la casa de un ingeniero. Sin embargo, termina delatando a su cómplice. Tras la entrega, acepta del ingeniero, que lo desprecia por delator, un puesto en Comodoro Rivadavia.
Astier, por un lado, crece biológicamente entre capítulo y capítulo. Por el otro, evoluciona: vive situaciones y responde a ellas según un cambio de fase progresivo. Las fases son al menos cuatro. Cada una es correlativa de un acto más o menos violento:
a. Robo en lugares poblados y en banda. Le corresponde una pena tres a diez años (art. 167 del código penal vigente en 1926).
b. Incendio doloso: tres a diez años (art. 186). Por estar en grado de tentativa (art. 44), se reducirá de un tercio a la mitad.
c. Tentativa de suicido. No es punible; el acto principal (el suicidio consumado), desde luego, tampoco podría ser penado.
d. Colaboración con la policía. La conducta no solo no es punible; se halla incentivada por los buenos ciudadanos y las fuerzas del orden.
Manifiestamente, Astier se comporta cada vez más de acuerdo con la ley y la moralidad comunitaria. Parece tratarse de un digno progreso del ciudadano en circunstancias biográficas y sociales difíciles.

Sin embargo, la “evolución” de Astier no es tal. Vale la pena recordar la frase de Bertolt Brecht: “¿Qué es robar un banco comparado con fundarlo?”. También la idea de Chesterton acerca de que “la moralidad es la más oscura y la más osada de las conspiraciones”. Lejos de convertirse cada vez en un mejor ciudadano y en un miembro cada vez más notable de la sociedad, Astier se despoja de los últimos restos de ilusión y grandeza. Crece y madura, pero en el sentido preciso de venderle el alma al Diablo.
En el capítulo primero lucha contra el mundo de modo despreocupado y romántico, como un protagonista de la picaresca criolla. Fracasa sin grandes sacudones. En el primer capítulo se cuelan las necesidades estructurales. Debe someterse al mundo, pero no se resigna. Piensa que a través del incendio podrá salvarse. Ni ese sueño puede cumplir. En el capítulo tres toca fondo. Muere y renace. Pero no conoce una regeneración, como en los cuentos de hadas, ni una redención, como en la epopeya cristiana. En cambio, se convierte en el héroe novelesco más extraordinario de la literatura argentina y, casi, de la primera mitad del siglo XX en cualquier lugar del mundo. Su alma luchó contra el mundo y el mundo ganó. Pero en vez de morir o enloquecer, como los héroes tradicionales, Astier sobrevivió. Y no se resignó a vivir como un simple desilusionado. Hizo de la desilusión una orgullosa bandera. En el capítulo cuatro, literalmente, se vende, pero no por los treinta dineros que pueda darle el ingeniero sino para tocar fondo, ahora de verdad.
El “yo” de Las ciencias ocultas y el “yo, Silvio Astier” de el inicio de El juguete rabioso, lo hemos visto, no podían ser más distintos. El desarrollo continúa de un modo vivo y angustiante en los demás capítulos de esa novela. El paroxismo del capítulo cuatro no podía más que concluir el ciclo. Pero, lo sabemos, nada concluye ahí. Un Silvio Astier curtido, sin esperanzas, sin fe, pero consciente de tener un dios dentro del pecho, aparece en la última gran mutación del héroe arltiano en Los siete locos – Los lanzallamas (1929-1931). Erdosain, su gran protagonista, no necesita evolucionar del modo vistoso que practica Silvio Astier. Ya lo ha vivido todo, simbólicamente, en las aventuras de la novela anterior. Y en efecto, la distancia entre el protagonista del primer y el último capítulo de El juguete rabioso es mayor a la que existe entre ese capítulo final y Los siete locos. El héroe arltiano ya está bien definido. Es un héroe byroniano, noble y a su modo hermoso, malvado y cínico, revolucionario y reaccionario.
Cien años después, El juguete rabioso puede parecer un simple milagro, un fulgor inexplicable, o la feliz conjunción de un talento poético fulminante con un magma de hablas diversas en una capital en ebullición que, como su país y su continente, todavía necesitaba un héroe comparable a Don Quijote, Wilhelm Meister (Goethe), Julien Sorel (Stendhal) o el Príncipe Myshkin (Dostoievski). Y por fin lo conoció con Silvio Astier, lector fervoroso de literatura bandoleresca.
Notas
[1] Posiblemente el inicio sea algo posterior a 1919, aunque el robo de la biblioteca, más convencional en su relación con los grandes nombres del Parnaso literario europeo, sí parecen de ese año.



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