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Linda, Silvina, linda - Un cuento de Silvia Hopenhayn

Por Silvia Hopenhayn


Ilustra Mirabella Stoor


Edición N37 - Especial Silvina Ocampo

El teléfono me despertó de un sueño extraño: yo entraba en un salón que me era absolutamente desconocido, entre personas de mirada atávica y peinados sepultados en sombreros oscuros. Detrás de un biombo oriental, una mujer apareció de golpe. Sostenía media naranja en su mano, que exprimía sobre su boca de cocodrilo como si fuese un néctar de la infancia. Con los ojos camuflados detrás de sus lentes de carey, me miró para compartir sus años conmigo y en ese instante desaparecí de esa vida, para retornar a la mía, exenta de alboroto.

Era Juan quien me llamaba, el ex marido de mi madre.

-Silvia, tengo que pedirte un favor, me dijo. ¿Alguna vez te hablé del escritor que me vendió su juego de té para olvidarse de su abuela? Está en apuros. No encuentra su diario de vida y una editorial le ofreció cincuenta mil dólares para publicarlo antes del 2000. Tu madre siempre me decía que vos encontrabas en la casa todo lo que ella intentaba expulsar de su memoria. ¿Te animarías a revisar los cajones del escritor? Es una carpeta amarilla, con más de doscientas hojas tamaño carta, escritas en una Royal del 55. La casa estará vacía desde las ocho de la mañana, él regresa a la hora del té.

-¿Tiene tazas nuevas?, pregunté.

Juan no pareció escucharme, solía evitar las preguntas cuando buscaba conseguir algo.

-Si lo encontrás, el editor te otorga el 0,5 de los derechos de autor.

La oferta me sorprendió, como si de un momento a otro mi ancestro mudara de herencia.


* * *


La puerta estaba abierta. El sol de las ocho de la mañana proyectaba sobre la pared un remolino dorado. Avancé, curiosa. El sonido de la casa me orientó hacia el comedor. El piso crujía, las arañas del techo tintineaban. Las cortinas pesaban tanto que el terciopelo rojo había erosionado el borde de las alfombras persas. La mesa estaba puesta como si una corte de fantasmas hubiese renunciado al tiempo y tuviera una tardía vocación de realidad.

La promesa de que no hubiera nadie en la casa era imposible de cumplir. Esa mansión jamás se libraría de todas sus presencias. No importaba; yo tenía un objetivo que alcanzar, guiada por mi afán de liberar viejos secretos familiares. Un diario de vida era un trofeo para mi natural empeño.

Comencé por el escritorio, una inmensa habitación de sillones gastados, recubiertos con sábanas. Contra la pared del fondo, frente a un gran ventanal que daba sobre la calle Posadas, estaban todos los libros del escritor, concienzudamente mezclados con los de su mejor amigo. Algunos títulos se escondían detrás de portarretratos con fotos de viajes y escenas familiares en el campo. Sólo se exhibían claramente las obras completas de Lord Byron y Del amor, de Stendhal.

El escritorio de trabajo era pequeño. Lo cubría un vidrio roto en las esquinas. Por debajo, otras fotos. Las familiares más antiguas. Niños y perros. Ayax en la estancia de Pardo, saltando sobre Bioy. Muy pocas de Silvina, la esposa del escritor, según algunos fallecida recientemente. Sobre una mesita, una pila de videos de películas de la década del ochenta. Me llamó la atención una edición americana del último recital de Madonna. ¿Qué material encontraría el escritor en esa chica?

No había máquina de escribir, como si las manos hubieran desertado de aquel ambiente. Tan sólo un aparato de fax y flores secas en un jarrón.

Revisé los lomos de los libros a la espera de una pista del diario. Al cabo de dos horas, solo conseguí teñirme los dedos de un marrón ceroso. El olor a cuero viejo me hizo estornudar. Abrí las ventanas de par en par y asomé la cabeza. En la plaza, unos niños rodaban por el pasto aprovechando la ladera oblicua, dejándose caer como hojas secas arrastradas por el viento de la Recoleta. Los inmensos árboles, gomeros de principios de siglo, parecían clavados para sostener la historia. Tomé una bocanada de aire y partí hacia los infinitos corredores que anudaban la casa del escritor como tripas de vidas inconclusas.

La oscuridad contrastaba con el mediodía furioso y la quietud excesiva de los muebles antiguos parodiaba lo inmortal. Había tantos libros y tan pocos cajones. ¿Dónde habría escondido las páginas de su memoria? ¿Estarían desparramadas en distintos lugares para evitar cualquier atisbo de reconstrucción? Entré en una habitación pequeña con las celosías cerradas. La luz se filtraba indicándome caminos cruzados. Un armario con llave atrajo mi atención y me dispuse a abrirlo con mi cortaplumas suizo.

Mientras forcejeaba la cerradura, un chasquido arrebató el silencio que me apañaba. Plegué la navaja, pero conservé el cortaplumas en mi mano, a puño cerrado. Una puerta sin picaporte comunicaba con otra habitación.

Me arrimé para escuchar. Un ruido metálico, de cama desvencijada o catre de hospital, irrumpía en mi pactada soledad.

Había alguien del otro lado. Una persona acostada hacía sonar los resortes del colchón.

Aplasté mi oído contra la puerta y escuché una vocecita de mujer.

«Linda, linda», decía, y sus palabras obedecían a un aliento amoroso y letal.

«Linda», insistía como un canto.

Me acuclillé para espiar por la cerradura (¡yo, en la franquicia misma del pudor!) y vi el traje blanco de una enfermera. Blanco como el cielo, blancas sus manos y el blanco de mi ojo. Blancas como las páginas de lo que no se ha escrito nunca. La enfermera que todos alegaban haber visto en algún entierro familiar acariciaba la cabeza de… «Linda, Silvina, linda». Su voz continuó llenando la casa de entonado sosiego. ¡La esposa del escritor estaba viva! Lloré detrás de la puerta. Sin parar, sin esperar. La esposa del escritor estaba viva, y yo ahí quieta, llorando, al borde de su última respiración. Se me erizó la piel al ver cómo la enfermera le acariciaba la cabeza. Mis párpados cayeron en cámara lenta conservando la tristeza de una revelación: la existencia de Silvina.

Al abrir los ojos, vi una carpeta amarilla que sobresalía del armario. El diario estaba allí. Me levanté sigilosa, lo saqué con el cuidado de lo que no se olvida. Tenía que irme, entregar el diario lo antes posible. «Linda, Silvina, linda», quería seguir escuchando esas palabras. Al salir, contemplé mi imagen en un espejo español. Mis ojos estaban rojos. La pena parecía confundirse con el hallazgo. ¿Pero cuál? Había encontrado lo que el escritor buscaba y la muerte me había sorprendido con una caricia. Recordé un verso de Macedonio Fernández: «Muy mimada muerta quiero ser».

Así la vi.

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