• Ulrica Revista

Ley del libro

Por Juan Francisco Baroffio

@queremoslibros


Desde hace unos años un proyecto de ley circula en el Congreso Nacional sin poder encontrar más que palabras bienintencionadas. La creación de un Instituto Nacional del Libro Argentino podría traer alivio a una industria muy debilitada por los vaivenes políticos, económicos y sociales. Pero, algunos creen, también podría ser su ruina.



Los libros sobreviven a casi todo. El libro como objeto ha sufrido los embates del tiempo, de los desastres naturales, de las hogueras de los tiranos y los ignorantes. El papel que lo conforma lo hace un objeto sensible a la destrucción. Podemos arrancarle las páginas, escribirle encima, mojarlo, romperlo. Pero el libro como símbolo es imperecedero. Ya sea que cambien su formato o que evolucionen sus componentes, nadie podrá hacer desaparecer a los libros.

En el imaginario popular, el libro es el altar del conocimiento. Aun el libro más anodino, pasatista y degradante nos da un halo de intelectualidad. Ser lector, para muchos, está asociado a ser culto, instruido. Una persona leída. Sin embargo, como muchas de las expresiones culturales y artísticas, no está exento de los vaivenes y problemáticas sociales y económicas.

Desde hace años se reclama en la Argentina la creación de una institución estatal que articule medidas y programas que beneficien a la industria del libro. En 2001 se sancionó la Ley 25. 446 de Fomento del Libro y la Lectura. Dieciocho años después se presentó un proyecto de creación del Instituto Nacional del Libro Argentino (INLA). Un año más tarde, sigue siendo un anhelo.


Campaña activa

Con el lema «Ley del Libro Ya» (o #leydellibroya como se popularizó en redes sociales), diversos actores de la industria y de la cultura comenzaron una campaña de visualización para evitar que el proyecto de ley cayera en el olvido. Figuras relevantes como Claudia Piñeiro, Ricardo Romero, Jorge Consiglio, Gloria Peirano, Gonzalo Unamuno, Guadalupe Faraj y Guillermo Martínez, entre otros, y colectivos como la Unión de Escritoras y Escritores manifestaron en diversos medios la importancia del debate del proyecto. Las coyunturas de 2019 y 2020 han impedido su debido tratamiento.

2019 fue otro año de crisis económica y de elecciones. La economía fue la excusa, pero el real motivo era sólo el de la mezquindad político partidaria. ¿Qué puede ser más importante que obtener el poder? La cultura, una vez más, fue relegada. 2020, no parece más promisorio. La pandemia y la economía siguen siendo el principal alegato.

Conscientes de que sin su participación activa la ley dormiría el sueño de tantas causas

Claudia Piñeiro

justas, escritores de renombre, editores, periodistas culturales y lectores anónimos se sumaron al reclamo por la creación del Instituto Nacional del Libro Argentino (INLA). Pero otras cuestiones han desplazado todos los esfuerzos de los aparatos políticos partidarios y de la atención general de la ciudadanía. Una reforma polémica, la economía y el coronavirus, parecieran no dejar lugar para el debate sobre la cultura. Lo inmediato no deja lugar a lo trascendente. O, tal vez, la cultura no da votos.


¿Por qué es necesario?

Otras actividades culturales y expresiones artísticas tienen una institución que resguarda sus intereses y que busca que los proyectos que no son rentables económicamente para la industria privada, pero de alto valor o interés para la sociedad, puedan ver la luz. Tal los casos del Instituto Nacional de Cine y Artes Audiovisuales (INCAA), del Instituto Nacional del Teatro (INT), o del Instituto Nacional de la Música (INAMU).

Un instituto nacional tendría que garantizar que el libro argentino sea accesible a todo el territorio nacional y que las voces y expresiones más diversas puedan encontrar su espacio de publicación. No todas las obras de arte o académicas son rentables económicamente. Las editoriales, sobre todo las de mayor presencia en el mercado, eligen los textos y los autores que les resultarán favorables desde un punto de vista monetario. Es lógico y para nada incorrecto. Un negocio necesita clientes para poder seguir en pie y generar puestos de trabajo. Pero esto puede derivar en la falta de espacio para la experimentación o para voces disidentes. Si solo hay espacio para lo que «vende», las modas serán las que dictarán el camino a seguir por la cultura.

Por otro lado, muchas veces son las editoriales independientes (en general pequeñas y sin modelos de rentabilidad que las puedan hacer competir con gigantes de la industria), las que toman la posta de los textos experimentales, de las voces por descubrir y de las obras olvidadas, silenciadas o «pasadas de moda». Pensemos, por ejemplo, en el rescate de la voz de Sara Gallardo. Pero los pequeños emprendimientos editoriales no pueden acoger a todas las voces. Es probable que muchas primen su filosofía al mercado pero, sin generar ingresos, tampoco pueden sobrevivir. Otras, también hay que decirlo, corren el riesgo de volverse sectarias y dejar de lado voces transgresoras y polémicas que no respondan a los dictados de la corrección política.

El instituto, prevé el proyecto de ley, contaría con recursos para organizar concursos, ferias, exhibiciones, certámenes y otorgar becas y subsidios.

Tal vez, uno de las principales valores de la existencia de esta institución sea la de poner escollos a la censura. Las voces no solo son acalladas por gobernantes autoritarios, por políticos corruptos o por sistemas represores. Las lógicas de la moda, del mercado y de la corrección política también son enemigos de la libertad de expresión y de pensamiento.


Llegar a todos los rincones

Una de las cuestiones irresueltas de la Argentina es la escasa puesta en práctica del federalismo. Muchas veces se critica que, desde el punto de vista económico y político, el poder de turno se encarga de que las provincias tengan cierto grado de sometimiento mal sano al poder central. Desde un punto de vista cultural, todo parece concentrarse en la Ciudad de Buenos Aires. Ya lo dice el famoso refrán: «Dios está en todos lados, pero atiende en Buenos Aires».

Si observamos el mapa de la distribución de las librerías en el territorio nacional, encontraremos que hay una híper concentración en el ámbito porteño. Los principales eventos culturales y los que más prensa tienen son los que se dan en CABA. En el interior (concepción porteña por excelencia) las ofertas culturales suelen ser menores en cantidad o no logran la debida publicidad. Ni hablar de la distribución de libros en librerías. En grandes áreas del territorio argentino sólo llegan los grandes grupos editoriales. Las industrias culturales locales y las voces que representan la diversidad de idiosincrasias no siempre pueden sobrevivir. La literatura en guaraní, por ejemplo, es escasa y no por falta de personas que lo hablen. La riqueza cultural de la poesía en esa lengua y sus autores no es frecuente que encuentren el espacio que les permita desarrollarla y vivir de eso. Como si solo pudiera ser escritor el que escribe en el

Reclamo en redes sociales

idioma oficial de la Argentina.

Pensemos también en las editoriales independientes de otras latitudes de la Argentina que no logran superar sus ámbitos locales.

El INLA podría facilitar que las diversas expresiones encuentren los fondos para desarrollarse y distribuirse, pudiendo enriquecer a lectores de todos los ámbitos territoriales. De esa forma daríamos un paso importante en materia de inclusión.


Crítica

Algunos se han mostrado preocupados por un defecto de la ley que pone en riesgo todo lo que se pretende salvaguardar. Se refieren, específicamente, al artículo 14 del proyecto, en el Capítulo III titulado «Del libro argentino». Allí se especifica que se considerará libro argentino a todo aquel que cuente con ISBN tramitado en el país, que se distribuya dentro del territorio y que no contenga publicidad comercial.

El problema radica en que para tramitar el ISBN argentino no es requisito que el libro, ni ninguna de sus partes o de los actores que han intervenido, sean nacionales. Con solo tramitar el ISBN y abonar el canon exigido por ley, basta para ser considerado libro argentino. Podría darse el caso de que, para obtener los beneficios impositivos o subsidios de la ley, una editorial multinacional tramite el ISBN argentino para un libro escrito por un autor extranjero de renombre, traducido al castellano por otro extranjero (alguien de España, por ejemplo) y que, incluso, se maquete, diseñe e imprima sin haber pisado la Argentina más que para ser distribuido en librerías.

Este defecto de la ley, asegura Miguel Villafañe, editor y miembro de FUNDAR (colectivo que agrupa a editores argentinos), puede perjudicar en forma catastrófica a toda la industria del libro nacional. Las editoriales argentinas, particularmente las independientes, no podrían sobrevivir ante una competencia tan desigual. Ningún otro punto del proyecto estipula mecanismos de protección ante el caso antes descripto. Por lo que, de aprobarse en la forma en que está redactado, sólo generaría perjuicios. Ahora bien, este defecto puede deberse a un error, a la ignorancia en la materia de los que lo redactaron o a un intento de beneficiar solo a las arcas del Estado con el dinero que produciría el trámite del ISNB en forma local. Cualquiera de las perspectivas es desalentadora. Afortunadamente, aún se está a tiempo de emendar el proyecto. Consultados por Ulrica, desde la Unión de Escritoras y Escritores manifestaron su preocupación al respecto y sus esfuerzos y propuestas para lograr la modificación de este artículo.

En forma aislada, desde otro sector se cuestiona si el Estado argentino, que consideran que se desentiende permanentemente de la cultura cuando no es propagandística, es el mejor calificado para proteger a una industria tan importante para la sociedad. Incluso hay quienes sienten resquemor ante las injerencias partidarias que podrían afectar las políticas del INLA. En nuestro país, lamentablemente, existen numerosos ejemplos de momentos en los que se buscó acallar voces críticas. Sin importar el partido o grupo que ejerce el poder.


¿En qué quedará?

En las pocas ocasiones en que se le dio tratamiento en la prensa, miembros de los distintos partidos representados en el Congreso Nacional dijeron estar felices y prontos a darle tratamiento al proyecto de ley. Manifestaron que solo faltaba el compromiso del Poder Ejecutivo, en sus ministerios correspondientes, sobre el tema presupuestario.

Teniendo en cuenta que la situación económica viene de varios años de estancamiento, no parece factible que el proyecto se debata en la agenda de este año. De todos modos, eso nos da la oportunidad de perfeccionarla y así evitar el daño que se haría de no modificarse el artículo 14 del proyecto.

La participación activa de la ciudadanía en general y de los actores de la industria del libro en particular, pueden llevar a feliz término la reforma del proyecto y su aprobación. Luego, seguir de cerca su implementación y defender los valores democráticos, federales y de libertad que el Instituto Nacional del Libro Argentino tiene que tener como pilares. También en lo referente a la transparencia, algo que sabemos que adolecen las instituciones argentinas.

El sano y comprometido ejercicio de nuestros derechos y deberes como ciudadanos y habitantes, una vez más, es el camino para ver concretado este proyecto de ley que de un respaldo valiosísimo a la cultura del libro.




Haciendo clic en la foto podés leer el proyecto de ley de creación

del Intituto Nacional del Libro Argentino



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