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La chica que duerme en la silla al lado de la cama

Por Cecilia Berto


El pitido del aparato suena ronco y a intervalos. Te despiertas de golpe y te acomodas en la silla porque te das cuenta que estás a punto de caerte. Lo ves. Una sábana blanca lo cubre y de su cabeza asoma una pelambre gris. Podrías terminar todo con solo desenchufar una máquina -piensas- aunque temes que haya cámaras que lo filmen. O… aún mejor puedes gozar lentamente el desenlace. Poner la almohada sobre su cara. Oprimir hasta que deje de respirar. Pero se defendería con su delgada ferocidad. Desde el abismo de sus pupilas, un hueco orificio sin luz te observa. Te mide. Cree que puede retarte a su juego…

Miras la hora en el celular. Son las dos de la mañana. Él persiste. Te turba verlo en la intensa oscuridad de la habitación. Cuando te ofreciste como voluntaria del hospital nadie sospechó. Una chica joven que gana unos pesos trabajando como acompañante terapeútica. Vigilar al paciente por la noche. Asistirlo. Un descanso para la familia.

Quizá podrías usar veneno para ratas. El que se disuelve. Volcar el polvo en un vaso con agua como quien se zambulle en el mar. Ver cómo se diluye lentamente hasta no dejar rastro. Hay una ferretería en la esquina. Podrías comprarlo ahí. Pero te las imaginas a ellas, hijas devotas, reconocidas, su verdadera familia. Llorarían al lado del inmundo cajón y reclamarían una autopsia. ¿Hasta qué edad del muerto se pedirá una autopsia? Él es demasiado viejo y está en un estado lamentable... podría considerarse muerte natural. ¡¿Qué diría mamá si te viera?! Te alivia saber que no podrá rescatarte de tus sórdidos deseos con su afinada sumisión.

Una mano marcada por los huesos y llena de dedos que terminan en uñas largas y afiladas se deja caer repentinamente a un lado de la cama. Las venas quieren estallar debajo de la piel repleta de pliegues. Hace un movimiento provocador. No vas a reaccionar. Las garras se extienden. Cobran una dimensión exagerada. Llegan a rascar un grano que despide pus en el medio de su cabeza. El líquido espeso y blancuzco como una baba pegajosa desciende hasta caer en gruesas gotas en el suelo. La mancha se agranda. Se hace deforme. La pata peluda asoma. Se afirma en el piso al igual que un trípode.

Un aullido sale de su boca. Es indescifrable. Tiene un acceso de tos. Desde el infierno sus pupilas te suplican ayuda. Un vaso con agua. El estrépito habita el silencio. Temes que ella se despierte. Se apoltrona. Languidece ansiosa por el final. Es mejor mantenerla distante y ajena. Súbitamente volteas y la observas. No tienes mucho tiempo. En un movimiento desesperado el achacoso vejestorio tantea alrededor buscando su objetivo. Ya no es hábil como en otros tiempos.

Intenta reincorporar su cuerpo manchado de sangre. Lo recorren infinitas llagas. Rasguños que disimulan viejos embates. Notas que tu pie toca el cable que conduce a la enfermera. Tienes que impedir que lo alcance y haga encender la luz roja en el tablero. Lo mueves hasta advertir que lo arrancas del toma que está en la pared. Se siente acorralado. Lo hueles. Identificas ese olor que rodeaba tu adolescencia.

Miras a la chica. Un hilo de saliva le baja desde la comisura de los labios hasta el cuello. Permanece en su puesto, imperturbable e indiferente a tu objetivo.

Piensas en tu madre, en cómo murió a causa de la paliza que le dio. Pero, si nunca la reconoció, mucho menos a vos. Había descargado una y otra vez su furia sobre ustedes. Aquella noche nefasta el alcohol fue demasiado. Se desquitó. «Que para eso la tenía», le había gritado.

Primero el goce. Después el regodeo. Y finalmente el golpe certero con que la noqueó. Así actuaba.

Sin hacer ruido te quedas parada en una esquina de la habitación viendo a ese monstruo deforme. La única silla al lado de la cama, la mesita, el vaso, el tablero y la oscuridad. Está indefenso. Piensas: «Como yo tantas veces». Adivinas sus intentos desesperados por salir a flote, como un ahogado. Tiene un último aliento. Saca la cabeza de la profundidad del mar. Vuelve a hundirse. Deja de respirar.

La lúgubre noche del hospital asusta. Recién entonces te reconoces, ella, la joven que duerme en una silla al lado de la cama, se te parece. Tiene tu cabello. Tu aspecto. Usa el suéter beige y el jean gastado que elegiste esa tarde antes de salir del departamento. Tu mochila está colgada del respaldo. Un perfume floral que te resulta familiar danza en el aire. Te alejas. Caminas hasta la puerta de espaldas y sin hacer ruido. La abres. Llegas por el pasillo en tinieblas hasta las escaleras. Bajas dos pisos. Sales a la calle sin volver la vista atrás. Suspiras con alivio.


 

(Buenos Aires - Argentina) Cecilia Bertolucci nos cuenta sobre ella: «Soy profesora de Lengua y Literatura, profesión que ejercí por más de 25 años. Disfruto de leer y escribir. Publiqué mi primera novela Aguerrida, historia de una mujer que se animó en el 2019. Asisto al Taller Literario de la escritora Marisol Alonso y estoy trabajando en una serie de cuentos. Hace dos meses inicié el podcast Cecilia Entre Líneas, Cata Literaria, donde comparto lecturas de autores universales y diferentes miradas de los textos con un invitado».

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