• Ulrica Revista

Jorge Luis Borges, un eco infinito

Por Alejandro Pose Mayayo

@aleposemayayo


Edición aniversario - Especial Jorge Luis Borges


La entrevista que nunca podremos darnos el lujo de tener, pero que, de alguna forma, se materializa en estos fragmentos de Borges in situ de Alejandro Pose Mayayo, aún inédito en Argentina. En cinco jornadas, un joven Alejandro de 18 y su amigo Jorge de 16, hablaron de todo con el gran autor argentino. Hoy, generosamente nos selecciona algunos pasajes para celebrar el cumpleaños de Ulrica.


Isaac Asimov habló una vez de la Edad de Oro de las personas: «Para quien haya vivido una vida no del todo desastrosa, existe un halo multicolor que baña la época de los diez a los veinte años. Los recuerdos de la primera década, es decir, del período anterior a los diez años, son confusos, inciertos e incompletos. Al comenzar la tercera década, después de los veinte años, la vida se llena de responsabilidades adultas y se convierte en una carga. Pero la segunda década, la de los diez a los veinte años, es dorada; en esos años conocimos la felicidad».

Esto bien podría explicar el amor de Borges por Ginebra: en su edad de oro le fue revelado el francés, el latín, el alemán, el expresionismo. Disfrutó de esa ciudad entre los catorce y diecinueve años, cuando aquellos eucaliptus quemados en calderos lo transportaban hasta Adrogué. Bien, cuando conocí a Borges, mi amigo Jorge rondaba por los dieciséis años y yo tenía dieciocho, por lo que esta historia llegó y nos marcó para siempre en nuestra edad de oro. Pero cabe hacer una advertencia…

Este no es un libro de entrevistas.

Aquí usted no va a hallar un orden temático ni tampoco encontrará entrevistadores que se esfuerzan por mostrar que son tan o más sagaces e inteligentes que su entrevistado. Se encontrará sí con las peripecias de dos adolescentes que intentaron llegar hasta Borges y toda la parafernalia que supuso el antes, durante y después de cada una de las cinco charlas.

Este no es un libro de entrevistas.

Es un libro de aventuras.

Alfar ediciones (Sevilla, 2022)

De malevos y cowboys

-Y teniendo esos patios, una casa grande, ¿jugaba mucho? - pregunté.

-No. No era un chico travieso si es lo que pregunta; tampoco digamos, deportivo. Francamente tenía mucho de cobarde, con mi miopía, mis lentes y mi timidez. Pero jugaba y leía. Leía mucho. A Julio Verne, a Wells, Las Mil y Una Noches de Burton, Lewis Carroll, Dickens… Todos esos recuerdos los aprecio en la casa de la calle Serrano, dentro de un barrio pobre con esos árboles y un largo cerco, al que llamábamos nuestro laberinto familiar. Claro que cuando regresamos de Europa ya no era la misma; como todas esas casas, pagó el precio del tiempo y la modernidad, por así decirlo.

-Por esa época usted tuvo sus primeros encuentros con el mundo de los guapos, el arrabal, el malevaje…

-Cuando era joven nadie decía el arrabal, se hablaba de las orillas, las orillas de lo que podía llamarse la tierra de nuestra gente, esas zonas pobres que uno, bueno, temía o no quería conocer al menos. Casas bajas y modestas con calles sin empedrar que se perdían a lo lejos, calles en las que se podía ver con toda naturalidad jinetes. Esas orillas eran lugares bastante feos, grises… Los escritores jugaron e inventaron muchos de esos lugares, nos lo dieron a través de sus miradas. Y uno de esos inventores sin duda fue Evaristo Carriego.

-Al que usted conoció en persona, ¿no?

-Sí, así es. Él era amigo de mi padre, entrerriano, paranaense como él. Vivía cerca de casa, también en Palermo, y muchas veces pasaba a visitarnos después de ir al hipódromo; no apostaba mucho y no recuerdo que haya ganado nunca.

-¿Cómo era?

-Bajito, con una risa contagiosa… ¡Cuando se reía, que no era común! Gracias a él yo conocí a Almafuerte. Buen recitador de versos ajenos, lo cual no es fácil.

-Eso es cierto, es difícil recitar poemas de otros. Al menos bien- opinó Jorge - ¿Y usted qué cree, que el argentino se identifica más con el guapo o con el gaucho?

-Yo creo que el gaucho siempre estará por sobre el compadrito; a la gente le atrae esa especie de épica.

-Como los norteamericanos con sus cowboys.

-No, no es una buena comparación. En la literatura estadounidense el cowboy no tiene un rol importante, es totalmente secundario. Tampoco hay una obra cumbre que los destaque, digamos. No creo que haya una identificación como la de los argentinos con el gaucho. Y qué curioso que Sarmiento, que los abominaba, que luchó toda su vida contra ellos, nos haya dado la mejor pintura de ellos, con la de aquel caudillo riojano… Porque sin obviar su carácter de panfleto político, es una buena obra. Pero habla mucho de este país que su libro sea el Martín Fierro y no Facundo, ¿no? Qué pena. Uno puede estar de acuerdo literariamente, pero elegir un gaucho sanguinario, desertor y racista para que nos represente es una desgracia.

-Entonces ¿prefiere Facundo o Martín Fierro?

-Le dije, Martín Fierro es un libro mucho mejor escrito, una gran obra, pero no desde el punto de vista ético. El que lo hayamos elegido como nuestro símbolo, habla de una preferencia por la barbarie.

-Bueno…, es sólo un libro- dijo Jorge.

-Sí, bueno, claro…-respondió Borges meneando la cabeza; y acotó-…y usted es sólo un joven.

Nos reímos.

- ¿Y la Vuelta de Martín Fierro? ¿Le parece mejor o peor que el Martín Fierro?

-Peor, mucho peor. Sobre todo al introducir un personaje tan espantoso como el viejo Vizcacha. Lo que hace que esa obra no sea olvidable es la presencia del sargento Cruz, mucho más querible que el mismo Fierro, ¿no? Otro hallazgo de Hernández es no recurrir al contrapunto entre los dos personajes, algo que hubiese sido tentador. Y su muerte… Con una muerte que nos conmueve profundamente.

Vuelve a cerrar sus ojos y recita:


«De rodillas a su lado

yo lo encomendé a Jesús.

Faltó a mis ojos la luz,

tuve un terrible desmayo,

caí como herido del rayo

cuando lo vi muerto a Cruz.»

-Es muy hermoso- dije.

-Pensemos en el dolor, en el profundo dolor de ese hombre tosco y sanguinario que cae de rodillas y llora frente al cuerpo de su amigo muerto. Conmueve.

Por un instante nos ganó un silencio respetuoso, tal vez a la memoria de Cruz.


De Ginebra, Buenos Aires y nazis

-Borges, ¿Cómo es ser Borges? Digo, un escritor debe valorar la soledad, no hay otro modo de escribir o crear que no sea ese, y ser tan famoso no ayuda.

-No, no. Yo preferiría… Me gustaría vivir en algún lugar en donde yo no fuese nadie. Es decir, no soy nadie, pero caminar por las calles de una ciudad siendo un completo desconocido. Ese es uno de los motivos por los cuales cuando visito Europa, paso por mi amada Ginebra, ¡nadie sabe quién soy! Nadie me conoce, camino por la calle y nadie me saluda.

-¿Le gustaría irse a vivir a otra parte?

Lo piensa por un rato.

-París es un bonito destino, sí. Con Ginebra me une, por así decirlo, un amor paternal. Pero no, no… Buenos Aires me gusta. No es una ciudad linda, pero es la ciudad que quiero. Y un hecho curioso: no importa los países que he conocido ni los viajes que he realizado; cuando sueño, me sueño en Buenos Aires. Mi Buenos Aires. Seguramente esa ciudad no se corresponde al Buenos Aires que ustedes conocen. Yo nací como mucha gente en una casa con patios, aljibe, puertas traseras y vecinos a los que usted conocía; esas casas bajas con sus rejas y techos planos son mi geografía; una ficción de ciudad que en realidad heredé de mis padres… Ahora todo es alto, todo es sombra, todo es cemento. No me gusta y esa Buenos Aires me es ajena en muchos sentidos.

-Entonces parece que preferiría convertirse en un ermitaño, alejado de todo, sin amigos…- dedujo Jorge.

-No, no hablo… no por favor, no hablo de renunciar a las amistades. Tampoco a la ciudad; sólo me gustaría ser nadie. No me imagino viviendo en otro lugar que no fuese Buenos Aires, toda mi vida está en Buenos Aires y espero un día descansar, al fin olvidado, con los míos en La Recoleta, aunque nuestra bóveda es bastante horrible – sonríe.

-No es una fea bóveda. Un poco descuidada tal vez…

-Hace bastante que no voy, pero cada vez que lo hago me sucede algo muy particular: no siento allí la presencia de mis ancestros. Sé que físicamente están sus restos, sus huesos, pero no puedo sentirlos. Quiero creer que cada uno está donde quiso estar. Madre seguramente en su cielo…

-Parece que buscara desaparecer en vida y también en muerte.

-Me gustaría ser un desconocido, ser un Borges que nunca publicó nada. No por mi obra en sí, de la que ya se encargará el olvido; sólo por ser nadie. Pasar por la vida sin tener que dar opiniones todos los días acerca de todo. ¿A quién puede interesarle lo que yo opine del tiempo? Pero ahí están y llaman. Hace unos días un editor quería que participara de una mesa redonda acerca de no sé qué tema, porque sabía que yo opinaba lo contrario. Por favor, como si las opiniones no cambiaran de acuerdo a las circunstancias. ¡No están grabadas en mármol! Me han dicho fascista por haber aceptado un título de Doctor en Chile y nazi por haber visitado al presidente Pinochet. ¡Yo, nazi! Si un país me honra con un título, ¿por qué insultaría a ese país no aceptando el halago? Pero todo lo que yo haga o diga es inútil. Pero bueno, así es la gente… Pongamos el caso de Lugones: primero anarquista y luego socialista, ateo y católico, pero seguramente será juzgado por lo último que haya dicho.


El autor con María Kodama, autora del prólogo del libro.

De amistades, amores y Ulrica

-Y ya que hablamos de la Divina Comedia, el amor que Dante le profesaba a Beatriz… -Jorge hizo una pausa- ¿Cómo lo ha tratado el amor a usted?

-Estuve enamorado muchas veces, más de lo aconsejable.

-Macedonio Fernández decía que uno no se enamora de las mujeres, sino de las situaciones.

Todos sonreímos.

- ¿Y qué medida se usa para saber eso? -meditó Jorge sin dejar de sonreír.

- ¿Qué cosa?

-El haber estado enamorado más de lo aconsejable.

-Bueno, es que por desgracia el amor trae más problemas que beneficios, hasta sus síntomas son como los de una enfermedad. Nos duele, perdemos el apetito, todo es vacío, sin substancia… Cada amor que no ha sido, nos deja una secuela. A veces es bueno sentir un dolor más grande que tape ese vacío.

Se me hizo evidente que hablaba por experiencia propia.

-Pero sin duda todos aspiramos a ese instante de amor por sobre cualquier suma de infelicidades. Parece una especie de masoquismo, pero no. No lo creo. Ese lapso de amor vale y borra todas las desdichas e incertidumbres; porque el amor también es eso, ¿no? La inseguridad de no saber si mañana ese amor seguirá siendo amor.

-Por eso lo valoramos tanto.

-Claro, ¿y por qué nace el amor? Seguro no por lo que uno oiga o vea, eso sería un exceso. Uno supone que se enamora cuando se siente diferente al estar con esa persona, cuando ese otro comprende ciertas cosas que están ocultas para los demás.

-La amistad es una forma más de amor. No se puede ser amigo de alguien sin de alguna manera amarlo. -dije.

-Sí, sí. Hay elementos del amor en una amistad, sin duda. El amor tampoco puede dejar de lado a la amistad, no puede amarse a alguien sin sentirlo primero amigo. Pero el amor exige pruebas que la amistad no necesita…

- ¿Le parece? ¿No tiene un amigo que mostrar con sus actos que es amigo? Eso sería aportar pruebas…

-Claro, pero no me refiero a inacción - hizo una pausa- pero bueno, sí. Que usted pueda hacer cosas para afirmar esa amistad no quiere decir que sea necesario hacerlo. Que aporte pruebas no es lo mismo que yo se las pida. En cambio el amor pide y necesita de esas pruebas.

- ¿Qué pruebas?

-Bueno, usted a un amigo no lo ve ni sabe nada de él por digamos un año, por los motivos que elija, y puede estar seguro que al cabo de ese período la amistad continuará incólume. Por ejemplo, hace muchísimo tiempo que no me reúno con mi amigo Franco Ricci ¡A un amor no puede pedirle eso! Cualquier relación sentimental de pareja estará condenada al fracaso si no se intenta comprender el porqué de la ausencia. Tal vez existan motivos por los cuales dos personas que se aman deban estar alejadas por un año, pero usted pedirá pruebas de ese amor diariamente en forma de llamadas, cartas, noticias. Sin pruebas de cariño y consideración el amor no perdura. Y la fe. Sin fe en el otro, tampoco. - ¿Y entonces cómo está usted ahora?

- ¿Cómo cómo estoy? - puso sus manos en los apoyabrazos, nos miró y sonrió- Muy cómodamente sentado.

-Cómo está en el amor…

-Me siento feliz, siento el amor de las personas que me rodean.

-Estamos hablando del amor por una mujer…-dijo Jorge.

-Ser un hombre enamorado-prosiguió Borges- es sentir que uno ha encontrado a alguien tan indispensable como el aire, y yo estoy muy feliz de poder respirar ese aire día a día. Tengo también desde luego el amor incondicional de mis amigos…

-Pero pídales pruebas de ello…-cerró Jorge.

Todos volvimos a sonreír y yo aproveché ese breve silencio para preguntar lo que tenía guardado desde el primer día.

- ¿Qué puede decirme de Matilde Urbach? Un breve silencio.

- «…no he sido nunca aquel en cuyo amor desfallecía Matilde Urbach.» -murmuró.

-¿Fue una mujer real?

-Si, por supuesto. No era ese su nombre verdadero desde luego, pero que importancia puede tener todo esto ahora. Ni siquiera importa que alguna vez me haya sentido así…

- ¿Y Ulrica?

Ahora fue Jorge quién me miró con extrañeza. Yo le había avisado hace meses que si la situación se daba, le iba a preguntar a Borges sobre ese cuento; así que aprovechando nuestras informales charlas acerca del amor, me animé a incursionar en ese terreno.

-Yo escribí eso, ¿no? - me respondió con picardía.

-Yo le pregunto por Ulrica… Si basó su cuento en algo real.

-No, bueno, no…- comenzó a jugar discretamente con sus dedos. Fue la primera y única vez que nos pareció incómodo, pero no con una incomodidad fruto de la pregunta, sino del recuerdo que con ella nacía.

-Dele…-inquirió Jorge de un modo tan familiar que casi me dio vergüenza.

-No, de ninguna manera. Sería una descortesía hablar de algo así.

Borges hizo una pausa. No nos animamos a insistir, pero tampoco queríamos dar por cerrado el asunto, al menos no yo. Había leído hace unos años en una revista de actualidad que un periodista se lo había preguntado y Borges había esquivado el tema. Yo no pretendía faltarle el respeto pero de verdad me intrigaba el asunto. ¿Había sido sólo un juego literario o lo que contaba en el cuento era un episodio de su vida?

Como no nos atrevimos a retomar la charla con otros temas, nos sumamos a la silenciosa pausa y los tres quedamos como esperando algo. Y ese algo sería lo que nosotros menos esperábamos. Borges dirigió su mirada hacia la ventana y rompió el silencio murmurando con inocultable nostalgia:

-…pero me he enterado por estos días que ha estado muy enferma[1]. Fue un instante en que los tres podríamos haber sido confundidos con estatuas. Volvió el silencio, pero esta vez fruto de una especie de dulce melancolía y sentimos que habíamos compartido algo muy íntimo con él. Aquellas palabras justificaban ahora con creces mi atrevida dedicatoria, y se lo agradecimos cambiando de tema.


[1] Comparando la fecha en que Borges realizó esta declaración con el estado de salud de las damas que formaban parte del «círculo Borges», es sencillo deducir de quién hablaba.


 

Alejandro Daniel Pose Mayayo nació en Mar del Plata en 1961. Ha colaborado en distintos medios gráficos y audiovisuales para público adulto infantil, como el diario La Capital, Hum®, Noticias, Rock And Pop, Artear, Revista Clarín, Magnum y Don Martin (Suecia), Anteojito, Sex Hum® y otros. Aunque prefiere mayormente los temas científicos, también ha publicado notas, guiones y ensayos acerca de historia, cine, política, humor y ciencia ficción. Es Profesor en Ciencias de la Educación.

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