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  • Foto del escritorUlrica Revista

Es hora, un cuento de Paz Rotoni


1.

No hace falta ser un muerto para sentir frío. Después de todo, en esa casa nadie sabía bien qué temperatura era la adecuada para levantarse de la cama. Un despertador verde agua sonaba a las siete de la mañana. Los números que brillaban en la oscuridad le otorgaban cierta calma a la niña por la noche. Ir a la escuela la hacía sentir un poco más normal. Se ponía el delantal y doblaba los puños para adentro, cosa de esconder la mugre. No era obligatorio bañarse y mucho menos lavarse los dientes en esa casa. El olor a aserrín de los pasillos de la escuela la igualaba con sus compañeras al menos hasta que se miraba al espejo y notaba que su palidez la diferenciaba del resto. El desayuno no era algo de todos los días, la cocina no funcionaba y sentarse a la mesa o abrir la heladera requería de una valentía inusual. Se le bajaba la presión a media mañana, mentía con respecto a su intolerancia a la leche o la alergia que le provocaban las harinas. La portera le preparaba un té con mucha azúcar, tanta que se cristalizaba en el fondo. Desde la dirección llamaban a su casa. Ella sabía que nadie contestaría y que ninguna de las personas que vivían allí devolverían la llamada. El teléfono tenía en el orificio que correspondía al número 0 un candadito que impedía hacer llamadas. Ese teléfono mantenía una temperatura constante. Carolina se refugiaba en ese contacto, apoyaba el tubo entre su mejilla y el hombro, recostaba su cabeza y creía escuchar el mar.


2.

Carolina visitó el mar con la familia de su mejor amiga. Le encantaba la rutina familiar, los horarios, el desayuno con fruta y los almuerzos con papas y ensaladas. Se quedaba muda cuando el padre de su amiga gritaba desde el balcón del dos ambientes sobre la peatonal ¿Quién se baña primero? Carolina levantaba la cabeza y veía que su amiga se hacía la sorda y seguía viendo videoclips de Mecano.

—Si no le molesta me ducho yo —dijo Carolina una de esas veces y el padre de su amiga sonrió y le alcanzó la toalla que se secaba al sol.

Después de dos o tres días de bañarse en el mar y en la ducha desaparecían las costras que tenía en los pliegues de los codos y en las uniones de los dedos de los pies. A medida que pasaban los días de vacaciones, la piel iba imitando el color de la familia. No solo el sol hacía lo suyo, era otra cosa, como si la sangre cambiara de consistencia y la piel estuviera obligada a manifestarlo.

Volvía a su casa sonriendo y rezando en voz baja que el auto recalentara o pincharan una goma para que la sensación no terminara. La última parada era en Atalaya, las mejores medialunas del mundo, según su amiga. Y era verdad: Carolina se chupaba de los dedos el almíbar con restos de medialuna y tomaba rápido el café con leche aunque le quemara la lengua. Sabía que era la última parada, que en dos horas estaría de nuevo en su casa.

La madre de su amiga estacionó el auto en la puerta. Las persianas, como siempre, estaban bajas. Por el calor, decía Carolina antes de que alguien le pregunte. Mi mamá cierra todo por el calor, repitió mientras se podía ver la sombra de su madre saludando con las uñas crecidas.

Los que vivían en esa casa estaban acostumbrados a la sombra, al calor de las mantas que pesan sobre sus propios cuerpos. Volver era confirmar que había otra manera, otra temperatura, otra clase de personas.

—Entra un muerto—dijeron a coro desde sus camas.

Carolina cruzó el pasillo de esa casa llena de hojas, de raíces que iban desde la cocina hasta el baño. Entra un muerto que vivió más allá de estas paredes. Entra un muerto que se fue de vacaciones.


3.

Las pilas del reloj despertador de Carolina estaban gastadas. El segundero palpitaba sin terminar de avanzar como ese colibrí que aparecía de vez en cuando cerca de las flores que crecían sobre la medianera. Sacó con cuidado las pilas y las dejó al sol; conseguía con ese truco por lo menos dos horas más de vida. Las pilas eran carísimas y ya no quedaban artefactos en su casa de donde pudiera intercambiarlas. A su madre y a los demás les molestaba la radio, sobre todo cuando informaban la hora y el clima para los próximos días. Eso no había sido siempre así o por lo menos ella creía que en otro tiempo esa casa había sido diferente. Que su madre la mojaba con la manguera desde la reposera. Que tomaban sol después de untarse con una crema densa y naranja con olor a zanahoria y que hacían huevos fritos sobre la laja donde ahora apoyaba las pilas. ¿Cuándo se habían deshilachado para siempre las correas de las persianas? ¿Cuándo fue que la temperatura cambió y su madre no se levantó más de la cama? ¿Cuándo dejó de firmar su boletín? ¿Cuál fue la última fiesta de la escuela en que la ayudó a disfrazarse? Puso las pilas calientes en el reloj, limpió antes los bordes de ese polvo azul que se le metió entre las uñas y sintió el tic tac en la palma de la mano. Intuyó que eran alrededor de las cuatro de la tarde porque sentía el estómago vacío y el gato recién se despertaba. En verano era más complicado saber la hora exacta. Una vez que arrancaba la escuela el reloj volvía a marcar lo correcto.


4.

No hace falta estar vivo para gritar con la boca llena de hojas, después de todo en esta casa nadie sabía en qué momento comenzaron los gritos. El despertador dejó de sonar, pero Carolina notó que oscurecía más temprano y que pronto entonces comenzarían las clases. Hacía días que estaba con hambre. Su madre y los demás comían cada vez menos, habían cerrado sus bocas. Una lámina finísima empezaba a notarse en sus labios, se endurecía con el tiempo y tomaba la consistencia de las lagañas. Terminado el invierno se convertía en una membrana imposible de penetrar. Carolina se lavaba la boca, los labios, las comisuras con un cepillo para uñas y se raspaba con piedra pómez hasta lastimarse. Se arrancaba los pellejos. Miles de puntos rojos brillantes aparecían sobre la carne nueva de sus labios. Ella sentía hambre. Siguió esa noche al gato, saltó la medianera, se lastimó con las botellas cortadas, pero no le importó. El gato metió la cabeza dentro de una bolsa de basura y empezó a lamer unos huesos de pollo. Carolina no se atrevió a comer de la bolsa; sabía que no se tenía que meter con el gato mientras comía. No soportaría un rasguño, ese tipo de heridas tardaban en sanar; no quería correr ese riesgo, faltaban sólo quince días para empezar la escuela. El gato olió una naranja, pero la rechazó, ella la tomó en sus manos del lado que aún conservaba cierta firmeza. La mitad de la naranja estaba completamente verde. Carolina raspó esa parte contra los adoquines y debajo de ese musgo verde apareció una pelusa blanca, como la luna cuando está baja y rugosa. Hundió la boca en la parte buena y lo podrido se deshizo entre los dedos, lo dulce se volvió agrio, pero ella se comió hasta las semillas. Cuando levantó la cabeza, el gato ya se había ido. Volvió a su casa. Habían cerrado la puerta del patio, no le quedó otra opción que cruzar el pasillo y verlos a todos en sus camas. Los colchones finísimos, las sábanas salidas de los bordes y las hojas sobre el pecho y en las bocas de los que aún seguían vivos o de los que ya no se movían. Su madre abrió los ojos, de costado en la cama. Le hizo señas con la mano: tenía las uñas largas, sucias y con sangre seca o restos de colchón. No reconoció su voz, la membrana que todavía no había solidificado se movía transparente mientras su madre repetía su nombre. Carolina cruzó la puerta, respiró profundo y avanzó. Los demás se retorcieron.

Entra un muerto, decían los que podían hablar. Entra un muerto con los días contados. Entra un muerto que comió más allá de estas paredes, repetían mientras Carolina se acercaba al borde de la cama de bronce de su madre. Corrió la manta, sacudió las hojas, las cáscaras de frutas y las semillas germinadas, cerró un instante los ojos. No soportó el cuerpo desnudo de su madre. Los volvió a abrir mordiéndose los labios. Los huesos negros se traslucían bajo la piel. Las rodillas eran dos carozos de durazno, la tibia y el peroné se sostenían con hilos de baba. Los tobillos doblados daban a los pies un aspecto de animal prehistórico, como esos cuerpos que se encuentran bajo la tierra. Eso era su madre, un montón de huesos por ahora unidos. No sabía cómo tocarla.

Recordó la frescura con la que su mejor amiga dormía con las piernas apoyadas sobre los muslos de su madre, había notado cómo se miraban y la tibieza que provocaban cuando estaban cerca. Hundió los dedos en el colchón y lo sintió húmedo. Ir al baño en esa casa era imposible, la puerta había sido sellada por las raíces de un gomero vecino. Carolina hacía pis y caca en un rincón del patio que luego cubría con tierra. Su madre y los demás hacían donde podían mientras se movían, después sobre la cama. A medida que dejaban de comer desprendían por los orificios corporales una sustancia verdosa similar a la caca de las palomas. Quiso irse, pero su madre la sujetó de la muñeca. Es hora, repetía, vení, ya es hora. Carolina sabía que si tironeaba se quedaría con la mano de su madre anudada a su muñeca. No podía lastimarla. Aunque quisiera, aunque el olor de la habitación la obligara a correr, aunque el hambre ya no le permitiera ver con claridad y aunque hacía días que sentía cómo se le empezaban a endurecer las comisuras, no podía lastimarla. Entonces gritó.


5.

No hace falta estar muerto para no ser escuchado. Después de todo, en esa casa nadie sabía bien en qué momento dejaron de atender el teléfono. Carolina gritó hasta lastimarse la garganta. Sintió arder el paladar y el desgarro en las cuerdas vocales. Sus gritos no se escucharon en la escuela porque justo sonó el timbre del recreo. Tampoco en la casa de su mejor amiga porque subieron el volumen de la tele para escuchar que una mujer recién salida de la peluquería rodeada de nubes y arco iris decidía tomar el camino de los sueños. No escucharon sus gritos en la fiambrería de la esquina porque justo se encendió el motor de la heladera. Nadie escuchó a Carolina, nadie apareció en esa casa. Solo el silencio y el comienzo del murmullo de su madre y los demás.


 

(Buenos Aires - Argentina) Paz Rotoni nació en 1977 en Tandil. Actualmente reside en CABA. Sus poemas forman parte de las antologías Alguien muerde el extremo de su nombre editado por Elemento Disruptivo y Campo de Ediciones Camalote. Su cuento Lata de sardinas fue elegido finalista y mención en la XIII edición del Premio Municipal de Literatura Manuel Mujica Lainez de San Isidro.

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