• Ulrica Revista

Dumas vs. Rosas

Por Juan Francisco Baroffio

@queremoslibros


Cuando se encontraba en lo más alto de su carrera y siendo el más importante de los escritores de su tiempo, Alejandro Dumas (padre), recibió en París la visita del general Melchor Pacheco y Obes, nacido en la costa uruguaya. Allí, entre 1849 y 1850, surgió la obra más virulenta, pero no menos entretenida, que se haya escrito contra Juan Manuel de Rosas.


Ya me resultan incalculables los años que llevo estudiando a Rosas y su época. Del fanatismo adolescente e inmaduro a la reflexión que intenta ser más objetiva. En todo ese tiempo mi biblioteca se ha nutrido de los más variados autores y títulos. Panegiristas y difamadores. Nacionales y extranjeros. De izquierda y de derecha. Estudiosos y fabuladores. En el transcurso me hice bibliófilo buscando esas ediciones raras de la época de estudio. Pero eso es otra historia.

De los diversos textos y temas sobre el antiguo caudillo bonaerense, y vaya que se han derramado ríos de tinta, había uno que me llamó particularmente la atención y durante un tiempo se plantó como una suerte de obsesión: conseguir el texto que Alejandro Dumas (el mismísimo Dumas, el de Los tres mosqueteros y El conde de Montecristo) había escrito sobre Rosas y los conflictos rioplatenses.

Múltiples peripecias y casualidades me llevaron a ese libro (incluyendo su primera edición) y a estudiarlo con las armas de la historia y de la literatura.



La Ilíada criolla

«A los heroicos defensores de Montevideo». Con esta proclama se recibe al lector. Y es que Montevideo o la nueva Troya (Montevideo ou une nouvelle Troie, en su original en francés), es, antes que nada, un escrito político. Publicado en 1850 por la Impimerie Centrale de Napoleón Chaix et Cie., fue concebida con un fin que para la época parecía imposible y por lo cual necesitaba de todas las armas a disposición: derrocar al poderoso dictador argentino.

Es una obra corta, entre novela y ensayo, que consta de apenas seis capítulos, y de fácil lectura pero de lo más encendida. En ella se hace una descripción terrible de Buenos Aires, que se nos presenta como algo más que el mismo Infierno. En contraposición está Montevideo, el Edén. Mientras que los porteños sufren los peores males, que no son producto más que de su propia barbarie que se vuelve contra ellos, en Montevideo reina el refinamiento, la belleza, la cultura y la civilización que le aportan sus miras hacia Europa, especialmente a Francia.

¿En qué contexto transcurre el relato? Los pormenores pertenecen a uno de los episodios más conflictivos de la historia local: el oriental Fructuoso Rivera (partido colorado) derroca a Manuel Oribe (partido blanco), presidente en ejercicio; éste pide el auxilio de Buenos Aires, gobernada por Rosas y se desata la Guerra Grande (1839-1851). No es descabellado afirmar, también, que el motivo ulterior de Rosas era, como sostienen algunos historiadores, lograr que la antigua Banda Oriental se reunificara a la Argentina.


En la Guerra Grande se enfrentan los colorados orientales, fortificados en Montevideo, apoyados por los unitarios emigrados en aquella ciudad, con las tropas de la Confederación Argentina y los blancos. De éste conflicto se deriva el sitio y bloqueo naval, que mantienen las tropas aliadas, contra Montevideo. Fue un asedio que duró increíbles siete años y que mantuvo en vilo no sólo a ambas orillas del Plata, sino también a Francia, Inglaterra, Brasil y otras naciones de la tierra. Tan así, que alegando los intereses de sus ciudadanos en Montevideo, Francia y Gran Bretaña arriban a las costas rioplatenses y desencadenan el conflicto conocido como Bloqueo Anglo-Francés que comenzó el 20 de noviembre de 1845 con la Batalla de la Vuelta de Obligado. Conflicto que finalizará con la rendición de las dos armadas más poderosas de aquel tiempo.

En la Guerra Grande se suceden batallas heroicas, traiciones aberrantes, intereses de particulares, regionales y de las grandes potencias, pasquines, crueldades, ambiciones, mercenarios, y otro sin fin de circunstancias que hacían al conflicto de lo más interesante, y que atraía la atención de muchos.


Héroes y villanos

Alejandro Dumas se involucró en esta contienda y dio su versión de los hechos. La trama comienza con un primer capítulo que relata las vicisitudes de Buenos Aires desde la llegada de don Juan Díaz de Solís (con canibalismo incluido). Lo hace de forma muy veloz y haciendo caprichoso hincapié en algún que otro hecho importante. Finalmente desemboca en Juan Manuel de Rosas.

El caudillo federal nos es presentado como un cobarde sin méritos militares, un bruto ignorante que prefiere la ruda vida del campo a la de la ciudad, pero que se resiente con las personas civilizadas porque éstas lo desprecian por ser un bárbaro. Su sed de sangre y su crueldad llevan a que el autor lo compare con Lucio Cornelio Sila, con Alejandro VI y su hijo César Borgia, con Nerón y con Domiciano. Incluso lo hace responsable de haber envenenado a Estanislao López. Diez mil son los muertos que le endilga al gobernador de Buenos Aires (o sea, doce mil treinta menos que las imputadas por José Rivera Indarte). No solo el retrato del Gobernador porteño, sino del de todo el arco del federalismo argentino y sus aliados es presentado de forma barbárica y brutal.

Como en toda historia épica, no habría villanos tan malvados sin que a estos se les opusieran héroes olímpicos. Si Rosas es el Sila, el Nerón y el Domiciano del Plata, sus enemigos son el Flavius criollo (el general José María Paz), «Lavalle, la más brillante espada del Ejército de su país; Florencio Varela, su más bello talento; Agüero, uno de sus primeros hombres de Estado; Echeverría, el Lamartine del Plata; Vega, el Bayardo del Ejército de los Andes; Gutierrez, el feliz cantor de las glorias nacionales; Alsina, el gran jurisconsulto e ilustre ciudadano[…]».

Y mientras Buenos Aires se describe como una tierra de aspecto triste.La capital uruguaya, por el contrario,se encuentra en la cúspide de la civilización, sus hombres son refinados y elegantes, su riqueza palpable y su administración inmejorable. El héroe troyano por antonomasia es el general Melchor Pacheco y Obes. En el escrito, su patriotismo y su carácter valeroso lo llevan a lo más alto de la política y el ejército de su país. Su nombre completo aparece no menos de cuarenta y seis veces en el texto; de esas menciones, cuarenta corresponden a tres capítulos, donde se narra el sitio y defensa de Montevideo. Esto, sin contar la veintena de veces en que surge adornado por títulos sucesivos.


El general y el escritor

Como ya adelantamos, ésta es una empresa política que persigue un fin muy concreto y así lo entiende el historiador uruguayo Ariosto Domingo González en su prólogo a la edición uruguaya de Claudio García & Cía. (1941) de este libro: «[…] se trata de una labor de propaganda y no de una desinteresada creación artística».

El lector podría preguntarse con qué motivos Alejandro Dumas decidió enfrascarse en una lucha que no le pertenecía y en la que nada perdía o ganaba. Las prensas rosista y oribista lo desmentían, lo atacaban y lo consignaban un «vendido» al dinero de los enemigos del Restaurador o de las potencias bloqueadoras. Lo más probable es que Dumas, que era un gran idealista, se haya fascinado con el relato que hizo Melchor Pacheco y Obes, con quien luego forjó una estrecha amistad. Éste había sido enviado a París como embajador plenipotenciario entre agosto de 1849 y abril de 1850, para promover el apoyo de Francia.

La hábil maniobra de prensa que Rosas mantenía en Europa hacía perder credibilidad y fuerza a las potencias bloqueadoras y no pocas fueron las voces importantes que se alzaron en favor argentino desde los periódicos de Brasil, Chile, España, Francia, Inglaterra y los Estados Unidos. Hay que decirlo, Rosas contaba con un dream team de embajadores en las principales capitales.

Temiendo que Francia imitara a Inglaterra, que ya había rendido sus armas y negociado la paz, fue que Montevideo destinó al general Melchor Pacheco y Obes a París. No solo los motivaba el conflicto latente contra Oribe. El estado de bloqueo que Rosas había impuesto a Montevideo y la subsiguiente guerra habían agotado las arcas de la ciudad oriental. El único respiro eran los aportes económicos de Francia.

Esto dice Jacques Duprey, en su libro Dumas, Rosas y Montevideo (1942), de la actuación de Pacheco y Obes en Francia: «Este demonio de hombre surgía en Paris en 1849 del fondo de las lejanas Américas, para sostener frente y contra todos, una causa que parecía perdida». Por eso no resulta extraordinario que un hombre como Dumas se haya sentido atraído por la historia que se desarrollaba en el lejanísimo Río de la Plata. Debemos recordar que en aquellos tiempos se consideraba a América del Sur como una tierra exótica en la que se convivía con todo tipo de aventuras entre nativos y bestias salvajes.

La tarea de Pacheco y Obes no es fácil en París, a pesar de la muerte del hábil Sarratea en septiembre de 1849, pues debe enfrentarse a un enemigo inmensamente prestigioso y famoso: el general José de San Martín. Con su prestigio moral y profesional, afirmaba que su país mantenía desde 1845, frente a Inglaterra y Francia, una segunda guerra de independencia tan importante y tan gloriosa como la primera.

Los apasionados alegatos de Pacheco y Obes, convertidos en una cuestión de honor patriótico, lo tuvieron por un tiempo en el centro de atención de la capital francesa. Logra rodearse de algunas figuras importantes. Sin embargo, la más influyente de estas amistades es la del célebre Dumas padre.

Por eso no debe extrañarnos que los relatos de la obra sean tan antojadizos y maniqueos. Dumas escribe junto a un amigo, y no se preocupa por escuchar otra campana. Y esto se revela en las fuentes que utiliza. Ciertas obras elocuentes de los escritores unitarios refugiados en Montevideo, como una larga carta pública de Florencio Varela sobre matanzas de prisioneros, dirigida al encargado de negocios de Estados Unidos en Buenos Aires, intentando el apoyo americano a Montevideo ya que aquella nación, desde el comienzo del bloqueo anglo-francés, había respaldado a la Argentina; de Manuela Rosas. Rasgos biográficos (1850), de Mármol, parece extraída la descripción de Manuelita como un ángel que intercede ante el temible padre. Rosas y sus opositores (1843) y Tablas de Sangre (1843) de Rivera Indarte, fueron fuente para los terribles crímenes imputados.

Hay otra obra importantísima de la que se nota su influencia: Civilización y Barbarie (1845). Esta obra no debía ser desconocida por Dumas, ya que la Revue des deux mondesla había publicado fragmentariamente en francés y la había comentado.


Basado en hechos reales

La nueva Troya está llena de errores e inexactitudes históricas. Fechas, nombres y hechos son manipulados con la astucia característica del genial escritor francés. Del mismo modo lo hizo en su célebre volumen que relata las aventuras de D’Argtagnan, donde prescindió de los hechos históricos y abuso de la licencia poética. Alguna vez él mismo afirmó que la historia era solo el clavo donde colgaba sus cuadros. En el caso de La nueva Troya se debe a varios motivos. Por un lado, encontramos que se trata de una obra con una clara intencionalidad política que no se disimula. Hay que tener en cuenta, también, que es una composición del romanticismo. Este movimiento se caracterizó, entre otras cosas, por exaltar los valores libertarios y por eso a los montevideanos se los retrata como una sociedad que lo que anhela es la libertad. Rosas, caracterizado como un déspota, es el villano justamente porque, en el relato, priva de libertad a su pueblo, y pretende hacerlo con la ciudad uruguaya.

Por otro, encontramos que la fuente principal de Dumas es el general Pacheco y Obes, dejando de lado las opiniones de los diplomáticos y agentes franceses que fueron promotores de la enérgica intervención en contra de Rosas; intervención que en concreto perseguía un interés económico y comercial, con vistas imperialistas, que nada tenía que ver con los problemas de Montevideo.

El subjetivismo e individualismo absoluto también son propios de la literatura del romanticismo, y así se explica que a Pacheco y Obes se le atribuya un protagonismo excesivo y que sus amigos también sean puestos en un pedestal durante el desarrollo de la obra, mientras que otros «troyanos» esenciales de la defensa de Montevideo, sean reducidos cuando no olvidados.

La influencia del embajador uruguayo es de tal importancia, que el novelista llegó a escribir que trabajó al dictado del general. Es probable que lo hubiese escrito, como sostiene Ariosto D. González, para dar más verosimilitud a lo que había publicado. Dumas no tenía el temperamento para dejarse dictar. Sin duda, el dictado fue una colaboración oral y escrita muy íntima entre dos amigos.

La exaltación de lo nacional también es característica del período romántico. En el caso estudiado encontramos un doble culto nacional. Por un lado se exaltan las virtudes de la sociedad montevideana, a la que pertenece Pacheco y Obes, y por el otro a la Francia de Dumas.

Algo que resulta muy interesante, y que podría llegar a reflejar ciertos prejuicios raciales del público al que estaba destinado el escrito, es que se considera un rasgo negativo de la personalidad de Rosas, sus excelentes relaciones con los afrodescendientes: «Fue entonces que Rosas, llegado a la omnipotencia, comenzó su venganza contra las clases elevadas […] invitaba –a los bailes oficiales – a los carreteros, a los carniceros y hasta a los ex esclavos de la ciudad. Así en cierta ocasión, abrió el baile danzando él con una esclava y su hija con un gaucho».


Por qué leer La nueva Troya

Además de su valor literario esta es una obra que nos dice mucho, más allá de sus encendidas palabras. Su importancia no radica solo en haber sido escrita por Dumas, ni tampoco debe ser despreciada por su tendencia partidista. Es parcial, es cierto. Pero no deja de ser un claro exponente de lo encarnizados que eran los conflictos de la época y de la relevancia que tuvo Rosas en la historia de nuestra región. Más allá de los enconos o la admiración, es innegable que Rosas fue uno de los grandes protagonistas de América.

Juan Bautista Alberdi escribió: «¿Qué orador, qué escritor célebre del siglo XIX no lo ha nombrado, no ha hablado de él muchas veces? Guizot, Thiers, O’Connell, Lamartine, Palmerston, Aberdeen, ¿cuál es la celebridad parlamentaria de esta época que no se haya ocupado de él hablando a la faz de la Europa? Dentro de poco será un héroe de romance».

No le faltó razón. Antes y después de la publicación de La Nueva Troya, Rosas y su época fueron el tema central de obras literarias de autores extranjeros. Alfred Villeneuve ya había publicado en 1849 la novela en dos tomos Rosas ou La république orientale. Si bien en 1848, en Montevideo, se publicaba el poema de Hilario Ascasubi Trovas y Lamentos de Donato Jurado Soldado Argentino a La Muerte de la Infeliz Da. Camila O’Gorman y se inaugura la constelación de ficciones literarias sobre el tema, en 1856, el francés Felisberto Pelissot escribe Camila O'Gorman, la primera versión novelada del trágico romance rioplatense. Al año siguiente, en 1857, se publicará Los mártires de Buenos Aires ó el verdugo de su república, novela del español Manuel María Nieves (Madrid. La Librería Española; Bercelona. Administración de El Plus Ultra). Ya en el siglo XX encontramos el poema épico Rosas del poeta laureado británico John Edward Masefield (Nueva York. The Macmillan Company, 1918) y la biografía novelada Portrait of a Patriot.The story of the early life and rise to power of Juan Manuel de Rosas, escrita por R. W. Thompson y publicada en Londres y Glasgow por Collins en 1939.

Este alegato, fruto de la estrecha amistad y colaboración de Dumas y Pacheco y Obes, no debe ser despreciada por su imparcialidad y sus antojadizas descripciones de hechos y personajes. Ariosto González escribe con acierto en su prólogo: «no hay lucha de más violenta exaltación que las infatigables batallas de prensa». Es que, en definitiva, Montevideo o la nueva Troya, furibunda, terrible, tenaz y entretenida, es simplemente otra campana entre el repicar de los panegiristas y los detractores. Después de todo, como reflexiona Rosas en el destierro, «la opinión, no es razón».



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