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La muerte cobra vida: La primera imagen cinematográfica del monstruo de Frankenstein

Por Lucía Osorio

@bibliotacora



La primera imagen impresa en celuloide del famoso monstruo es de 1910, en el cortometraje producido por el sello Thomas Alba Edison. Si había en la literatura alguna historia que fuera especialmente indicada para ser adaptada al cine era la de Mary Shelley.

En una etapa muy prototípica del cine en donde la puesta en escena aún era un asunto teatral, la literatura era el aljibe proveedor de argumentos. Resulta llamativo que muchas de las historias elegidas en esa primera etapa estuvieran relacionadas con lo fantástico. Había algo del propio dispositivo que resultaba mágicamente imposible.

Pero en esta breve película aparece una reflexión contundente y puramente cinematográfica. Un giro que ya estaba en el germen de la obra original, pero que sólo en la imagen fotográfica podría ser manifestada.

Si existe una fotografía como objeto es porque la fotografía ya existía como potencial en el imaginario del ser humano. La fotografía estaba ya en el inconsciente como acto, como metáfora. La emergencia de la imagen es humana. Y la máxima expresión de la imagen es la fotografía. Aunque, como sostiene Baudelaire, desde un razonamiento bergsoniano, «la fotografía sólo puede traducir algo que ya es una fotografía».

Nunca la fotografía es la mera reproducción de un referente. Siempre hay en ese acto un encubrimiento, un asunto dentro de otro asunto. Una identidad dentro de otra.

El narcisismo constituye una adherencia real del sujeto a sí mismo como representación, adherencia en donde el sujeto solo puede perderse. Barthes sostiene que la fotografía es el advenimiento del «yo mismo como otro»: una disociación retorcida de la conciencia de identidad. Me veo, por lo tanto no soy (ese). El sujeto se convierte en objeto. Se trata de una microexperiencia de la muerte.

En el cortometraje de 1910 no sólo aparece representado como imagen el monstruo que revive de las cenizas de pedazos de muerte, sino que se revela el conflicto del libro original de la manera más pura y sintética posible: con un espejo. Ese objeto que complejiza la puesta en escena y comienza a develar una posibilidad distinta de hacer encuadrar y de filmar. Pero sobre todas las cosas, ese objeto que simplifica de manera irrebatible la duplicación del monstruo (que ya es la muerte).

No es únicamente la venganza y la mirada ajena lo que mueve la angustia al monstruo, sino el reconocimiento de sí mismo en el horror. Y es ese mismo espejo el que resume la premisa final, la que al libro le lleva cientos de páginas, en el momento en el que se homologa la imagen de Victor en el espejo con la de su monstruo.

En el cortometraje de 1910 suceden dos cosas importantes. La inmortalización de la muerte y la elección de un espejo, síntesis filosófica y posible origen de la puesta en escena cinematográfica.


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