• Ulrica Revista

El día de la reina

Por Julieta Antonelli

@julantonelli


Se levantó hecha una furia. Empujó la almohada larga, esas que ocupan todo el ancho de la cama moviendo bruscamente la cabeza semipelada de Marito que dormía a su lado. Hacía un calor desesperante en un día lleno de nubes y barro, en el típico verano bonaerense. Sus pasos sobre las medias sonaron en las baldosas para perderse luego en el césped bermuda, fertilizado. Marito había comprendido antes de despertarse; casi toda la noche veló el sueño inconstante y lleno de sobresaltos de Laurencia, y antes de preocuparse atinó a calzarse botas cortas y salir al parque a escuchar:

−¡¿Dónde está la matriz?!¡¿de dónde mierda están saliendo?! ¡Mirá tu pesticida, mirá! ¡Me está matando la Santa Rita! ¡Siguen saliendo de adentro de mi planta!

−Laurencia, los pies... –dijo Marito despacio.

−¡Las hojas están mirando para abajo, y no me vengas con esas pelotudeces de que están deshidratadas! ¿No ves?... pero… me pica… ¡Me pica! ¡Marioooo!

Y Marito se acercó, la levantó con sus manos ásperas y ajadas de tanto trabajo, corrió hacia la pileta con su esposa en brazos y la depositó suavemente sobre el agua para luego presenciar la lucha entre su mujer y los demonios atados con mandíbulas y patas a su cuerpo. El camisón de muselina blanca estaba plagado de hormigas, pero una vez en el agua, ellas perdieron su ventaja. Cuando Laurencia salió de la pileta esperaba caminar sola por el sendero de laja que Marito había hecho para que no se pinche los pies en el pasto, sacarse la ropa mojada y las hormigas muertas y sumergirse en la bañadera con agua bien caliente. Pero encontró a su marido parado ofreciéndole un toallón abierto y una sonrisa amable. Una vez en la cama, Laurencia durmió apaciblemente. Se soñó navegando a vela, en un mundo de mar, llevando las macetas con los únicos restos de tierra fértil que quedaban. Allí creciendo estaban las flores, con sus fascinantes adaptaciones a la vida fuera del agua; con el sol cálido activando clorofilas y las semillas despertando.

Al atardecer Marito regresó en bicicleta de una de las quintas donde trabaja de jardinero. Había tenido un buen día, había predicho con exactitud el día de brotes de bulbos, con lo cual las flores estarían en su plenitud para cada evento social. Lo habían felicitado, sabían su nombre, le habían palmeado la espalda y recompensado con algo más de dinero. Llegó a su casa y encontró a su esposa arrodillada, como siempre frente a la Santa Rita, podándola minuciosamente.

−Pero Laurencia, acordate lo de esta mañana, te dije que no te arrodillaras…

−¿Me creés idiota, Mario? Las hormigas están allá, les puse un cebo. ¿Me trajiste el fertilizante?

−Sí, cielo.

Sacó una botella del morral y Laurencia se la arrebató en seguida. Marito se acercó al lugar señalado por la mujer y pudo observar cómo las hormigas rojas devoraban rápidamente el pedazo de entraña tierna que él había comprado el día anterior para su esposa.

Desde casi todas las ventanas de la casa se podía ver la inmensa planta. Sus flores eran de un color violeta de esos que se quedan en la mente al cerrar los ojos, aún después de no verla un rato. Sus hojas, majestuosas por la cantidad y forma simétrica, sólo se veían opacadas por los demonios oscuros atados con fuerza a ellas. Las hormigas tenían un itinerario en la Santa Rita, y Laurencia lo conocía exhaustivamente después de haberlo observado todas las horas de luz que tenía el día. Por lo tanto, supo desde el principio cuál era el túnel que usaban más seguido para llegar al tronco principal de la planta. Una tarde decidió un enfrentamiento personal. Consiguió una ramita con un diámetro igual o quizás apenas más chico que el de la puerta circular a ese pequeño infierno organizado. Laurencia comenzó a escupir glutinosa saliva sobre el palito elegido y lo introdujo minuciosamente por el conducto principal. Y al instante pudo ver con morbosa fascinación la tragedia; cientos de hormigas pegoteadas contra la rama y entre sí, pataleando desesperadas en una tormenta gelatinosa. Laurencia gozó del espectáculo como la Condesa Sangrienta. Lo hizo mientras pudo soportar las picaduras y mordidas, y luego se fue, victoriosa.

El plan había sido volcado en un diámetro enorme alrededor de la Santa Rita. Grandes arbustos crecían por todo el parque llenos de flores de distintos colores, rodeadas de abejas y avispas que trabajan para crear las condiciones para los grandes actos sexuales de los insectos, los cuales ocurrían un día al año en una gigante reunión aérea. La pileta estaba siempre limpia y pintada, sin surcos ni pérdidas. Las aves encontraban refugio y alimento en los frutales de Marito. Y por supuesto, hormigas negras transportando hojas, turba, pétalos; robots de andar cabizbajo con alma servil. Durante el día ocupaban todo el pasto siendo las amas y señoras de la tierra fértil, el aire era sólo de la reina alada, siempre escondida en el centro del hormiguero.

−¡¿Y cuál es el centro?! –gritaba Laurencia −¿Dónde vive esa endemoniada? ¡¿Por qué la sirven?!

Y Marito volvía a explicar que las obreras nacieron para eso, que hay procesos que obedecen a reglas predeterminadas, que son señales químicas, fisiológicas que confieren posibilidades de supervivencia. También le dijo con ternura que la Santa Rita es el dulce nocturno y que no se la van a comer toda porque hay otras plantas alrededor.

−No es contra vos, Laurencia, no saben quién sos.

−¡¿Cómo que no saben!? ¡Si saben quién es la reina! Y vos, siempre con ese aire de naturalista frustrado, de investigador de cuarta, nunca pudiste, Mario. Te desplazaron, te hicieron a un lado, y vos no pudiste cambiar las reglas, porque las reglas son así.

La hermosa Santa Rita comenzó un camino hacia el sueño. Laurencia se levantó una mañana y lloró sobre su planta agonizante, que parecía despedirse mostrándole sus flores marchitas. Desesperada volcó fertilizante sobre la tierra, las hojas, el tallo. Luego introdujo en varias entradas el palito salivado, hasta el límite de su paciencia.

Marito la encontró en la cama.

−Mario, me duelen las piernas, los tobillos. Ese fertilizante que me trajiste es para ellas, no para mi planta, son ellas las que están fuertes y sanas, ávidas de comida.

Y Marito la abrazó con fuerza, le mintió con amor y le pidió que ya no se acercara tanto a los hormigueros, porque un día se la iban a comer. No supo hacer nada más, no pudo calmar a su esposa, no pudo cambiar las reglas para estudiar en la universidad y no quiso ver lo que pasaba con Laurencia cuando eran novios.

A pesar de las advertencias de Marito, Laurencia se levantó de noche para presenciar la agonía de la Santa Rita. Se sentó en el pasto cantando y llorando, tuvo frío pero no quiso buscar abrigo ni consuelo. Temía dormir y soñar con el velero en el mar y sus plantas en macetas, las últimas de la Tierra, y al despertar encontrar a su planta real ya muerta sin remedio. Además quería estar presente en la preparación del momento mágico. Faltaban sólo dos días para la fecundación, el ritual oscuro y antiguo de princesas en el aire y machos fértiles condenados al olvido y a la muerte; quizás un glorioso despertar para la venganza. La fecundación de los insectos sigue reglas aún desconocidas, fuerzas imparables de selección natural dentro de un caos de azar ambiental y genético. Pero ella soñaba con encontrar la manera de interponerse. Mientras tanto las hormigas caminaron sobre la Santa Rita y sobre su cuerpo blanco iluminado por la luna, la acariciaron y acicalaron en una unión nocturna hasta que ella estalló en un éxtasis que nunca había sentido antes.

A la mañana siguiente Laurencia no pudo levantarse. Tuvo un brote severo de psoriasis, una rinitis alérgica que casi le impedía respirar y una incipiente parálisis que crecía desde sus pies. Marito se quedó en la casa para cuidarla y podar los arbustos del parque. Rezó mucho sobre un pequeño altar en honor a Santa Rosa de Lima, agradeciendo el techo y la comida que tenían con tanto esfuerzo y pidiendo salud para la Santa Rita, que le daba la belleza a su esposa.

−¡¿Te das cuenta Mario?! Mañana es el día. Fueron ellas las que me envenenaron, todos los años lo mismo. Y vos, vos lo sabías, y no hiciste nada. Ese líquido las alimenta ¿no? ¡Ya lo sé Mario!

−¡Basta, Laurencia! Callate la boca y calmate que así no te mejorás. Yo siempre te digo que no vayas a la planta de noche, que te van a picar esas hormigas.

Al otro día Laurencia no pudo mover más sus piernas. Esperó a estar sola en la habitación, se tiró de la cama y se arrastró jadeando hacia la venganza. La transpiración salada le caía sobre los ojos y se raspaba cada herida sobre el camino de lajas que le hizo Marito. Desde lejos vio salir una gloriosa reina alada del hueco de su Santa Rita moribunda y a Marito a su lado, rociando torpemente veneno para matarla.




(Ciudad de Buenos Aires - Argentina) Licenciada en Ciencias Biológicas, docente de Ciencias Naturales y escritora. Autora de textos de divulgación científica y literatura. Trabajó en museos de ciencias, zoológicos e instituciones educativas. Fue guía en barcos de avistaje de ballenas. Su primera novela Tierra del Fuego (Alto Pogo, 2016), fue elegida por el grupo Selección Literaria como una de las 50 mejores del año 2016 e incluida en la Hot List de Latin American Independent Publishers de Frankfurt (Alemania) en 2017. Trabaja en el Ministerio de Educación de la Ciudad de Buenos Aires como capacitadora de docentes de ciencias naturales, por la igualdad de oportunidades, la educación emancipadora y el feminismo.

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