• Ulrica Revista

Si yo fuese un árbol

Por Haidu Kowski


Ilustra Fernando Ramírez González


Un cuento del escritor argentino que bordea con naturalidad el absurdo, el humor y la enajenación. Crónica desesperada del hombre ante la naturaleza y recordatorio de que cualquier cosa puede plantar la semilla de la obsesión.



Tengo en mi casa un árbol de palta o aguacate. Un Palto –no sé como le dicen al palto en México–, pero al mío lo llamo Tornillo. Todos los nombres de las mascotas de la casa comienzan con T: gata Tarot, gato Torta, tortuga Tanque y hamster Turro. Sí, mi Palto también habita este lugar. Tiene ocho metros, tal vez más —soy pésimo calculando— y un verde bien agresivo como de botella. Las hojas grandes secas son perfectas para encender el fogón; chispean creyéndose estrellitas de navidad. Lo quiero, ya es parte de mi mapa, del paisaje. Debe tener diez años. Pero no da frutos. No hay flores, no hay paltas. El colmo del vegano, la broma de la crisis, la frustración de su belleza.

Hace meses que me embarqué en ayudar a este hermoso ejemplar de la naturaleza a que despliegue su poderío ancestral para alimentarnos. Elegí empezar la investigación en la Facultad de Agronomía donde una alumna, seleccionada al azar, me llevó con su profesora quien enumeró las causas que podrían impedir la flora. A saber: falta de sol, falta de nitratos en el piso, falta de polinización, mala poda.

Alimenté el suelo, podé los árboles que interferían la luz y pegué –con La Gotita– las ramas que había usado para leña. Pero el ítem más difícil, más complicado, es lograr la polinización. Un verdadero dolor de cabeza. Hace falta una abeja, un pajarito, un viento a favor, un poco de magia.

Una amiga me contó que su abuela, cada noche, –no importaba el frío, menos aún la lluvia– salía con un cinto y le daba a los troncos de sus Paltos para que no dejaran de dar frutos. A los que daban menos, les daba el doble de cinturonazos. Esta versión, de película japonesa de terror, volvió a llegar a mis oídos de diferentes personas que se criaron fuera de las ciudades.

La mamá de una amiga me dijo que tendría que hacerle el amor. Literal. Tener relaciones sexuales con el árbol.

Una noche, envalentonado por el alcohol, hice algo que no se me habría ocurrido ni en mil años: me desnudé frente a Tornillo, me acerqué despacio, dí tres pasos y comenzamos a besarnos. Mi lengua acarició el tronco seco, tenía sabor a tronco seco, es decir a nada o a tierra. Por suerte reaccioné enseguida. Qué mierda estoy haciendo, pensé. Me lavé los dientes, me fui a dormir y me desperté cantando la canción del hombre vegetal, la de Martín Karadagian. No recuerdo el sueño pero puedo entender por dónde iba.

Hoy, en la verdulería, mientras miraba qué cenar, observé un cajón repleto de paltas. Gruñí, reconozco que, desde hace meses, cada vez que veo paltas me angustio de más. Entonces le comenté el tema a mi amigo Hormar y, con su alto conocimiento del rubro, me aseguró que la única solución es marcarle una cruz –con un cuchillo– en la base del tronco, el primero de agosto.

La cruz. Siempre la cruz.

El primero de agosto. La exactitud de la fecha me altera y todo mi poder ansiolítico pierde por goleada al saber que si hago aquella cruz ahora mismo, no va a funcionar. Quedan meses de agonía para poder ayudar al maldito árbol a que nos dé de comer.

Afuera hay viento y las hojas del árbol se mueven mucho más violentas que ayer. El sonido se parece al de mis dientes que se rozan. Estoy sentado en el living, desde hace tres horas, dándole con el cuchillo al afilador. El sonido metálico contra la piedra hace reaccionar a los gatos que, con sus movimientos hipnóticos, mueven las orejas y me miran. Porque los gatos saben cuando alguien está viviendo un ataque de ansiedad. Los gatos saben de esas cosas, pero no dicen nada porque son gatos. Si yo fuese felino y mi dueño, sentado inmóvil, en penumbras, afilase el mismo cuchillo durante tres horas, tendría miedo, mucho miedo. Y si yo fuese árbol, si yo fuese palto, aquel palto en particular, me iría ya mismo de vacaciones hasta el primero de agosto.



La obra que ilustró el cuento se titula Nopalera. Técnica mixta sobre papel (2019).


PH. Luca Frondoni

Haidu Kowski (Buenos Aires, Argentina). Adrián Haidukowski nació en 1974. Estudió Letras en la Universidad de Buenos Aires, Cine en el Centro de Investigación Cinematográfica (CIC) y Marketing en la Escuela Argentina de Negocios. Creador del Jam de Escritura, con sedes en Buenos Aires, Ciudad de México, Barcelona y Caracas. Entre otras, fue Director Ejecutivo de Los Inrockuptibles -versión en castellanos de la prestigiosa revista francesa. Ha desarrollado labor docente en la universidad de cine TEBA, en el Centro de Investigación Cinematográfica (CIC),en el Colegio Nacional de Buenos Aires y en el Colegio Pellegrini y en la Universidad 3 de Febrero (UNTREF). Desde el 2009 es editor de la revista bimestral POKERFACE. Ha publicado Met, El muerto (2001).Días en Venecia (2008), Cartas de un psicópata enamorado (2011), Estrategias del poker para la vida (2015).Su último libro es Instrucciones para robar supermercados (2017). Más info en: www.haidu.com.ar



Fernando Ramírez González (Estado de México, México). Nació en 1985. Cursó el Posgrado en Artes Visuales con orientación en gráfica (2016 – 2018) en la Facultad de Artes y Diseño de la UNAM. Su obra se sitúa en el terreno de la nueva figuración relacionada con los artistas mexicanos José Luis Cuevas, Javier Arévalo y Rubén Maya, y artistas extranjeros como el alemán Penck o los italianos Mimo Paladino y Francesco Clemente. Ha incursionado en diversas disciplinas como poesía, fotografía y video arte. Fue merecedor del primer lugar en el concurso Visiones del arte convocado por el Museo Universitario de Arte Contemporáneo MUAC, con la propuesta de video arte “Doble silencio” (2014), así como el primer lugar en el concurso De la pluma a la lente convocado por la Agencia Cuartoscuro (2012). Es fundador del Taller de Producción Artística Comején en la Mixteca Oaxaqueña donde vive y trabaja. Podés ver más de su obra en: @sr.brujobrujo

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