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  • Foto del escritorUlrica Revista

Perfecto, un cuento de Carlos Catania



Aún conservo las imágenes de Prometeo encadenado. Estoy cruzando la sala. Seis campanadas en el reloj de pie. Este olor a muebles nuevos me embriaga. El teatro griego es un poco denso, quizás fastidioso, pero debo conocerlo. La alfombra suave. El tic-tic-tic me desvela. Algún día hablaré con mi hijo de los coturnos. Ahora cierro la puerta. Tengo que acordarme de llamar al plomero para que arregle la canilla del baño. No obstante la tragedia me atrae porque exagera el dolor. El tic-tic-tic insoportable.

-No, gracias -le digo al diariero-, tiralo por debajo de la puerta.

Tengo el rostro perfectamente bien rasurado. Las flores del jardín tardarán un poco en abrirse. He tratado con respeto al diariero. La máquina eléctrica ahorra tiempo, afeita mejor y evita las paspaduras. ¿Cómo hacían para llegar volando hasta la roca? Los placeres y el periódico a la vuelta, después de almorzar. La ronquera del diariero. Mi mujer me dijo anoche: mayonesa de pescado. Ando ágilmente aún con toda esta ropa. He tapado a Luciana mientras dormía. Abro el portón del garage. Siempre duerme con una pierna afuera. Lo hago andar un rato para que se caliente. Yo siempre le digo que sus piernas son hermosas, firmes, dos columnas. Es una vergüenza cómo tiran los tachos de basura. No fumaré en toda la mañana. Piernas excitantes las llamo yo. Cuidado con la niebla de la calle. Marcha atrás: una seda. Lanús juega pasado mañana contra River. La niebla de Londres; dentro de algunos meses podré sumergirme en ella. Ahí viene el tipo de la eterna sonrisita. San Lorenzo contra Independiente. Chupamedias. Me saluda.

- Buenos días, doctor.

- ¿Qué dice el hombre?- le respondo.

Me mira. ¡Londres, Londres! Good morning. No me mirés así que no te voy a llevar. Reyes, tradición, las inglesas de tacos altos. Tiene esperanza porque se me ocurrió alzarlo una vez. ¿Serán ardientes en la cama? Dice:

- Se vino de golpe el frío.

- Sí, sí…, parece.

Retrocedo. Estoy de un humor excelente porque he movido el vientre como Dios manda. Este idiota siempre repite lo mismo. El coche se desliza como un duende. Debí lavarme los dientes otra vez luego del desayuno. Yo respeto a ese idiota y al diariero. Veo mis guantes asidos al volante. Tengo la boca seca. Es notable la fuerza que siento en las manos. Poca gente en las calles. Caramba: estornudo. Van metidos en sus sobretodos, muertos de sueño, puteando. ¿Estaré por resfriarme? Se debe dormir por lo menos ocho horas consecutivas. Tomaré un geniol cuando llegue. Carneros degollados: cada uno es responsable de su destino. Tal vez un tecito. Después hablan de comunismo. Voy con la ventanilla abierta de todos modos. El portafolio está a mi lado. La segunda se llama «Siete contra Tebas». El aire frío y puro es bueno para los pulmones. El portafolio está lleno de expedientes. No, no tomaré el geniol. Quizás pueda ir a Londres antes de lo que imagino. Mamita, esa mujer me clava la vista, la dejo atrás, qué bien. Es perjudicial acostumbrarse al geniol. Una hembraza: esa fuerza de voluntad. Veo el Palacio de Justicia. Ella creyó seguramente que yo volvería la cabeza. Mi segundo hogar: un asquito soportable. No quiero tener aventuras aquí. La suciedad me molesta. En Santa fe uno se tira uno y se entera todo el mundo. Aminoro la marcha. Al que madruga Dios lo ayuda. Mi viejo colegio. Con Luciana no necesita de aventuras. Mi automóvil será el primero en estacionarse. Tiene de todo, hace lo que le pido. El sol. Dos meses y seré padre. Los empleados están llegando. Una hora más o menos para que se levante el frío. Será abogado como yo. Visten como camioneros, parece que lo hicieran a propósito, che. Cruzo la calle. El estudio: «e hijo». Ellos mismos son culpables de lo que son. Diez escalones… ¿diez?, ¿o doce? El portafolio está bajo mi brazo derecho. Diez. Gente joven, carajo.

-Buenos días, doctor – me dicen.

Buenos días. Buenos días. Buenos días. No tomaré el geniol. Parecía enfermera: un cuerpazo. Entro a dejar mis cosas. La estufa eléctrica. El ordenanza y el empleado me respetan. Papeles. El empleado tirita mientras yo me quito el sobretodo. Cuarentona era. El forro de seda tornasol. Lo que pasa es que hay que darse una ducha todas las mañanas para evitar el frío. Este olor. Pero me callo. El ordenanza me ofrece café.

-No, gracias -le digo-, ya he desayunado.

Agua sucia. Lo cuelgo de la percha y meto los guantes en el bolsillo. Decididamente no tomaré el geniol. Hay mucho que hacer. Londres. Esta pila de tipos que está sobre mi escritorio: dependen de mi firma. No me explico cómo pueden tragar esos bizcochos grasientos.

-Hasta mañana, doctor.

Hasta mañana. Hasta mañana. Hasta mañana. Seis horas que han pasado como un suspiro. Le repito tres veces que no, que ya están lustrados. Diez escalones. Salgo. Esta gente insiste como si uno fuera idiota. Hace calor ahora. El portafolio está bajo mi brazo derecho. Cuidado con las motos. El sol me hace parpadear. Hay alguien junto a mi coche. Extraigo las llaves. Son dos: ella y un niño.

-Perdón- les digo.

Abro la puerta y subo. La mujer se acerca a la ventanilla. No tengo monedas, pienso. -No tengo monedas – le explico.

Ella me pregunta si soy el doctor González. ¡La trompa de la negra! Le digo que sí, que soy yo mismo. La capota se ha recalentado. Un mangazo, seguro. La mujer deja escapar una exclamación sin que sus facciones se alteren. Le clavo los ojos. Es joven, de piel muy quemada, percudida. Debe tener un olor abajo. Ha dicho: «¡Ah!», nada más. Son vivísimas. Adiós amigo; muevo los labios porque está lejos.

-A sus órdenes, señora -le digo.

Yo respeto a todos. El niño me mira con expresión estúpida: sonríe temerosamente. Tiene los labios gruesos, se babea. Los empleados están saliendo. Está parado sobre el estribo. Le digo al niño:

-Tené cuidado. No me rayés la puerta.

La madre lo aparta de un manotazo. Ella tiene un pañuelo de colores en la cabeza y alpargatas en los pies. Ojos claros. Pechos interesantes, duros al parecer. Adiós, amigazo. Adiós. No está mal la negra. Si se lavaran. Vuelve a interrogarme.

- El doctor González, ¿no?

- Pero sí m´hija. ¿Qué le pasa?

- Usted no se acuerda, doctor… Yo soy Raquel.

Alguna sirvienta de mis padres. Estamos en medio de la fila de coches, los tres.

- No, la verdad es que no la recuerdo a usted.

La mujer vacila. Hace calor: el cielo encapotado. Quisiera terminar bien el día. La observo un instante: esa vena del cuello que se hincha. Juega con las manos. Trato de ayudarla.

- ¿Usted necesita mis servicios, señora?

Almorzamos a las trece y treinta. Ni un minuto más ni un minuto menos. Me molesta terriblemente alterar el orden de mis hábitos. Niega.

- ¿Qué quiere entonces? -le digo, algo impaciente.

Los tranvías pasan repletos y pesados. La gente de la ventanilla mira. Levanto el brazo. Alguien me ha saludado: no lo conozco. Adiós. Cierta popularidad. Me revienta la mirada idiota de esa gente. No quisiera perder el humor. Borregos. Ahora ella balbucea un absurdo.

- ¿Yo, señora? -le respondo-. Usted debe confundirme. No la conozco. ¿Quién es usted? Le aseguro que nunca la he visto. Aunque me lo jure, señora. Yo soy muy fisonomista. Quiero decir que no olvido una cara.

Algunos autos salen. El pavimento brilla como un papel. Ahora llora con la cabeza inclinada. Qué cosa bárbara.

- ¿Qué pasa? Vamos…

- Usted iba a la isla hace algunos años – dice ella.

- Sí, efectivamente, señora: a comer un asadito de vez en cuando.

Y el portafolio está a mi lado. Le sonrío. La mujer dice:

- Yo cruzaba a la gente en la canoa.

Quedan pocos autos junto al cordón. Ese agente de la esquina debe tener la cara roja como el fuego. Caramba, ahora recuerdo: la negrita de la canoa, como la llamábamos. Iba descalza, con el vestido sobre la piel. Tenía los talones negros y duros. El niño me mira. Una hembra perfecta: nos tenía chiflados. Yo estoy muy serio. Los más chicos se masturbaban en los pajonales asomando la cabeza de tanto en tanto para verla. Me transpira la espalda. Si habrá dado placer esta. Estoy demasiado abrigado.

- ¿Y bien? - Ah…, es usted…, es usted, doctor.

El reloj de la Catedral toca la media. Eso paso hace mucho tiempo, caramba. El colegio a mis espaldas.

Ella dice:

- Este chico es suyo.

Mi coche es el único que queda. Miro al chico. Mi coche parece una isla. La miro a ella. Vuelvo al chico. Miro hacia ambos lados de la calle. El agente no se mueve. Una isla, sí.

- ¿Qué estupidez estás diciendo?

- Suyo, suyo…, ¡suyo y mío!

Esta amargura sobre la lengua. Miro al niño que me mira. ¿Sus ojos? ¿Los míos? La humedad de mis axilas. ¡Absurdo! Hay millones de ojos de idéntico color. ¿Por qué no arranco y me voy?

- ¡Estás mintiendo! -le reprocho severamente-. ¡Puedo hacerte meter presa por esto!

El humor, maldita sea. No tomaré genioles. Ya es la hora de la siesta. Odio la hora de la siesta. Tengo ambos pies sobre los pedales. Es una hora sucia, de pueblo, pegajosa.

- ¡No estoy mintiendo, señor! ¡Le juro que es nuestro!

Nuestro. Tiene puesto un vestido de flores desteñidas y un anillo enorme en la mano izquierda. ¡Este calor! Está llorando nuevamente y yo le digo que, por favor, deje de llorar. Y el portafolio está a mi lado. El niño continúa mirándome, lo siento. Ya no lo miro. Saco la cartera con dificultad. La mujer, Raquel, deja de llorar. Observa en suspenso. Quinientos pesos.

- Aquí tenés. ¿Esto es lo que querías? Tomá. Tomá te digo.

El calor es cada vez más intenso dentro del coche. Estoy empapado bajo la camiseta. La mujer toma el dinero, lo mira. Esa lentitud. Tengo mucha sed, la puta. ¿Qué quiere ahora?

- Gracias, señor. Pero…

- Pero ¿qué? ¿Cómo? -me llaman desde el auto de la izquierda-. Un segundo, doctor. Decime: ¿qué edad tiene?

- Va para los ocho.

- ¡Estás loca! -le digo sordamente-. Completamente loca. Después de ocho años venís con esto. ¿Qué hiciste antes? ¿Eh? Esperá… -me vuelvo-. ¿Cómo dice, doctor?

- El asunto de los hermanos Oviedo, che.

- Mañana a primera hora se lo liquido.

- Le voy a agradecer, doctor.

- Pierda cuidado.

- Macanudo entonces.

Picapleitos. Soy mucho más joven que él. Ella tiene los ojos empapados ahora. Sin embargo a veces me consulta. Buen signo. Le digo:

- ¿Qué hiciste mientras tanto? Decime.

- Usted prometió que iba a volver, pero no volvió.

Los Oviedo: homicidio por imprudencia. Ya recuerdo, claro. Estaba un poco borracho. La apuesta que hice con los muchachos. Estas cosas pasan porque tienen que pasar. Sí. En la costa, sobre los cascotes húmedos, al anochecer. Gritaba al principio. Había un asqueroso olor a pescado descompuesto. Hasta la besé. Lo olí después, cuando llegó el asco. Pero volví varias veces. Me tenía enloquecido. Mirala vos. La poseí en el agua, sobre los espinillos, en el barro. Mantiene el billete en la mano. El mocoso terminará por rayarme la puerta. Un día caminamos desnudos por el bosque. ¡Qué bosque! El monte casi pelado. Su cuerpo de diosa. Uno de los cuerpos más duros que he tocado. Parece muchísimo más vieja que yo. Esas arrugas secas.

- Tomá cien más.

Los toma. El niño no me quita los ojos de encima. Aquellos días de sol, la Facultad. La risa. Los sueñitos. Indios.

-Oí -le digo-, no te conozco ni sé quién sos. Haceme el favor. Estás confundida completamente. No tenés que verme más. ¿Comprendés?

Tiempos tontos, pero dulces al fin y al cabo. Estas son capaces de buscarlo a uno bajo la tierra. El niño está allí. He dado vuelta la página. La mayoría de los viejos amigos son empleaditos. Carneros. Burros de carga. Inútiles. Hay un punto después del cual el hombre cambia, y se mantiene. ¿Adónde iríamos a parar?

- ¡No quiero verte más por aquí! ¡Andá con mucho cuidado!

- Sí, señor.

Sí, señor. Pongo el motor en marcha. Mirando al frente le ordeno:

- Decile que se baje del estribo.

Lo saca de un brazo. Una pobre mujer. Saca un pañuelo mugriento y envuelve el dinero. Lo anuda: caja de caudales. Pobre. Estas cosas pasan porque tienen que pasar. Ahora no miro a ninguno de los dos. Por libidinoso. Avanzo: segunda, tercera. Poco tránsito en las calles. El aire me seca la transpiración de la frente. Los Oviedo, no olvidar. Seiscientos pesos: cigarrillos. Este clima inestable. Ciudad de mierda. Cada casa parece una heladera. El portafolio está a mi lado. Esquilo, Sófocles, Eurípides. Veo mi casa. De ellos pasará a Shakespeare. Dejo el auto a la sombra. Bajo. La suavidad de la puerta. Mi verdadero mundo. Anoche Luciana dijo: mayonesa de pescado. Bien. El portafolio está bajo mi brazo derecho. Las flores a punto de explotar. Entro. El olor a muebles nuevos me embriaga. Allí está: me siento orgulloso de su vientre voluminoso. «E hijo». Me besa. Yo le digo:

- Hay que llamar al plomero para que arregle la canilla del baño.


 

(Santa Fe - Argentina) Nació en la ciudad de Santa Fe en 1931. Es escritor, guionista de cine y actor. Escribió novelas, cuentos, ensayos y obras teatrales. Su primera novela Las Varonesas fue censurada por la última dictadura militar y fue publicada en España en 1978. En 2015 fue reeditada por la editorial argentina Las cuarenta. Como dramaturgo, escribió: Pobre Mariposa, Tres en el Centro de la Tierra, El terremoto, Revolución a Rolando, El Vagabundo y La Rosa, La Nube en la alcantarilla. En narrativa publicó también la novela El Pintadedos. Publicó varios libros sobre Ernesto Sabato: Genio y figura de Ernesto Sábato, Entre la letra y la sangre (conversaciones con Sábato) y El universo de Abaddón, el exterminador.


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