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Jorge Luis Borges, el que cambia como las formas de Proteo

Por Alberto Bejarano


El escritor y académico colombiano nos trae el perfil del autor argentino que, aunque conocido por todos, siempre tiene algo nuevo por descubrir.


Leer a Borges hoy nos lleva a experimentar la sensación de leer a un ser fantástico, casi imaginario que, como El bibliotecario de Arcimboldo, nos parece que leyó todos los libros.

Borges es un pasaje fantasmal entre lo local y lo cosmopolita. Borges es una brújula perdida en el entonces suburbio de Palermo en la Ciudad de Buenos Aires: entre las sombras de Evaristo Carriego, Macedonio Fernández y Leopoldo Lugones, su figura se desprende de la imagen efervescente de los destinos de millones de inmigrantes que llegaron a Argentina y a la vez, de los soldados que pelearon en Junín, cuando se soñaba en grande con una América Latina unida. En una entrevista de 1967, él mismo (el otro) lo plasmaba en estas palabras: «No soy cosmopolita. La verdad es que, escandalosamente, París me ha impresionado menos que otras ciudades. Yo sé que eso sería una prueba de que no soy muy argentino. A los argentinos les impresiona mucho París».

¿Borges es menos o más argentino? La pregunta por la patria sin duda es aterradora. ¿Cómo podría hablar de esto un extranjero y no un argentino? Quizá, como decía Roberto Bolaño, porque «la única patria de un escritor son sus libros». Y entonces el Borges lector y el Borges escritor son un tablero de ajedrez en el que se pulen versos, cuentos fantásticos y se dictan una y otra vez palabras sobre una calle de Buenos Aires o un marinero en Islandia.

"El bibliotecario" de Arcimboldo

Leer a Borges es entrar en el otro lado del espejo, no solo de tantos que fue sino de tantos que somos nosotros mismos. Literatura de paradoja y de devoción por los cristales del tiempo: por la sucesión de noches y noches que enfrentamos, insomnes, leyendo un poema de Paul Valéry, una novela de Stevenson, escuchando una guitarreada de alguna milonga de trastienda o viendo una película de John Huston, digamos Los muertos (basada en el cuento de Joyce). Bien sea con los cuentos fantásticos de Ficciones o de El Aleph o con los poemas de El Hacedor, o leyendo sus ensayos, reseñas, conferencias, traducciones o disertaciones peregrinas, Borges es una ventana hacia los confines más recónditos de nuestras soledades.

Están también sus omisiones, juicios parciales, olvidos (sobre las literaturas negras, caribeñas y brasileñas por ejemplo) y su propia infamia con Pinochet y los milicos argentinos. Vale también su retractación en los últimos años.

Sin embargo, ante todo allí estará siempre Ulrica, justamente Ulrica, con aquel profesor colombiano que nos sumerge en un amor, for ever and a day, de esos que nunca se olvidan. Amores y dolores que pasados los años nos siguen tallando como el sonido de una guitarra, como en El enigma salido de la voz de Pedro Aznar, que musicalizó el famoso poema del acervo borgeano.

Borges es como un espejo que nos fascina y nos condena:

«Hoy, al cabo de tantos y perplejos

años de errar bajo la varia luna,

me pregunto qué azar de la fortuna

hizo que yo temiera los espejos».

Borges, poema Espejos.




(Bogotá, Colombia) Alberto Bejarano nació en 1980. Es escritor e investigador en literatura y artes. Se doctoró en Filosofía en la Universidad París 8 con tesis sobre Roberto Bolaño. Investigador en Literatura Comparada en la Maestría de Literatura del Instituto Caro y Cuervo (Colombia). Ejerce la docencia universitaria en literatura y artes en Colombia. También lo ha hecho en Brasil. Ha publicado, entre otros: Ficción e historia en Roberto Bolaño (Instituto Caro y Cuervo, 2018), Antología y estudios críticos de la Revista espiral (1944-1954) (Sílaba, 2018), Archipiélagos e islas desiertas en clave francófona (Universidad Santiago de Cali, 2019). Su libro de poesía, Sonámbula la bailarina lleva los ojos abiertos curados de viche se publica en la editorial Sílaba de Medellín en septiembre.

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