• Ulrica Revista

Espacial, un cuento de Federico Aicardi

Por Federico Aicardi

@fedeaicardi


Fotografía de Belén Sánchez Campos

@belenscampos


–No te invitaron, no vayas –me dijo Sergio.

–Yo tampoco la invité a mi casa, cayó igual y no le dije nada. Hace un año y medio que nos peleamos. ¿Cómo es la cosa?

–Pero vos te la vas a mandar, sabés que te la vas a mandar.

–¿Cómo sabés que me la voy a mandar?

–Porque te conozco.

Es verdad, Sergio me conoce.

Llegamos en un taxi. Nos dejó en la esquina de la cortada que está a metros de la iglesia esa que está por Alberdi. Estaba nervioso y no paraba de hacer chistes. Cuando estoy nervioso hago chistes. Cuando estoy muy nervioso, lloro. Esa noche hice todo pero de forma ordenada. No lloro cuando hago chistes, no hago chistes cuando lloro.

Me acomodé detrás de no me acuerdo quién como para pasar desapercibido. Cuando abrió la puerta, pude ver en su cara que no me quería ahí. Y justo a mí, que le tengo terror al rechazo, fue al que le esquivó la mirada cuando le dijo a Sergio:

–¡Qué bueno que viniste!

Y yo, que nunca regalo la última palabra, le dije:

–Feliz cumpleaños.

Y ahí me tendría que haber ido porque si todo hubiese terminado ahí, si hubiese dado media vuelta en dirección a la parada del colectivo, si esa hubiese sido la primera vez que escuchaba los consejos de mis amigos, yo hoy no estaría escribiendo esto. Porque escribo sobre lo que me duele, sobre lo que no puedo olvidar.

Recorrimos el patio en fila india y yo ocupé el último lugar. Abrió la puerta del living, me quedé mirándole la mano y la extrañé. Sí que la extrañé. Esa mano era mía y no lo era más. Ni la mano, ni las piernas, ni el pelo, ni la cara. Nada era mío, ni siquiera el cumpleaños. Entré y lo primero que vi fue a un gordito de barba candado que me miraba feo. Él se servía un fernet y, aunque a mi no me gusta, fui a hacerme uno. Encaré por su espalda y, haciéndome el boludo, lo empujé un poco.

–Disculpame –le dije.

–No hay problema.

Y en un gesto de genuina falsedad, estirando mi mano, le dije:

–Federico.

–Gastón –respondió.

Gastón. Con G de gordo pelotudo, pensé, y le sonreí. Me tomé el fernet rápido y fui a servirme cerveza. Me serví un vaso, después otro y, detrás de ese, otro más. Levanté la vista y pude ver cómo mis amigos hablaban con gente. Deambulaba como el bagarto que nadie quiere sacar a bailar. Me integraba a charlas que ya estaban ocurriendo pero, como si tuviese un repelente de personas, apenas lo hacía la charla se disolvía. Estuve un rato largo disolviendo charlas. Cada tanto lo miraba al gordo Gastón que parecía ser el amo y señor de todo.

Agarré una botella de cerveza y salí. Me senté en una de las hamacas y tomé un trago del pico. Y se sabe que cuando se empieza a tomar del pico es cuando todo va a en picada. Con los pies me empujaba de atrás hacia adelante mirando el piso. Sentado ahí podía escuchar las charlas, las risas y la música que cambiaba depende de quién pasaba por la computadora.

Sergio salió y se sentó en la otra hamaca.

–¿Por qué no te vas a tu casa?

–¿Por qué no te vas vos? –le respondí.

Y lo debo haber mirado muy feo porque, sin decir nada, se levantó y se fue. Otra vez solo, tomando de la botella, mirando el piso. Traté de pensar en los buenos momentos que habíamos vivido con ella pero sólo aparecieron los malos. Desencuentros, frustraciones y desplantes.

Levanté la mirada y vi que adentro había empezado el baile. Era ese en el que se arman parejas y hacen una especie de puente y, cuando te toca, pasás por abajo. Una vez lo habíamos hecho, no me acuerdo cuándo, pero me acuerdo que nos sacamos una foto, la única foto que nos sacamos. Ella me está dando un beso en el cachete y yo sonrío a la cámara. Hasta el día de hoy no sé quién tiene esa foto.

Agarré una rama y dibujé un círculo en la tierra. Cuando no sé qué hacer dibujo círculos e imagino cosas. No recuerdo ni qué imaginé ni cuántos círculos dibujé, pero deben haber sido varios porque me terminé la cerveza.

Me levanté para buscar otra y vi lo que no quería: el gordito Gastón hablaba con ella y se reía. Los dos se reían con la boca abierta y pensé:

«Se ríen de mí».

Chau, listo, ya todo comenzó a tomar otro rumbo. Tomé aire para despabilarme y, aunque no pude hacerlo del todo, caminé hasta la puerta y me apoyé en el picaporte. La idea del gordito Gastón riendose de mí era más fuerte que todos los consejos y advertencias. Sergio tenía razón, me la iba a mandar y ese era el momento.

Entré y, casi automáticamente, la busqué con la mirada. No la encontraba y pensé lo peor. Que se había ido con el gordito Gastón a coger a la habitación solamente para hacerme mal. Pero no, ella apareció detrás del gentío con un vaso de fernet, al lado del gordito Gastón y seguían riendo.

Caminé hasta ella, lento, movido por esa fuerza inevitable que es la que empuja a que todo se vaya a la mierda.

Sergio me vio y quiso frenarme.

–¿Qué vas a hacer?

–Vos me conocés.

No pudo evitarlo. Yo estaba decidido a no escuchar a nadie. Antes de llegar a destino alguien dijo:

–¡Foto!

Todo se volvió muchedumbre y poses forzadas. Pusieron el automático y... ¡Whisky! La foto grupal. Y posé con una sonrisa de oreja a oreja, tan grande como aquella de la foto que nunca vi.

Me tomé un vaso que no sabía de quién era y me acerqué a ella:

–Gracias por la invitación –le dije.



(Rosario - Argentina) Nació en Rosario en 1980. Trabaja hace quince años en radio y ha tomado cursos de literatura con Pablo Ramos, Leonardo Oyola, Alejandra Mendez y Mariano Quirós. Su primer novela Las mujeres no peinan caballos fue editada por Casagrande en 2019 y ha publicado cuentos en distintas revistas y diarios del país.








(León - España) Belén Sánchez Campos es fotógrafa. Algunas de sus fotografías fueron finalistas del concurso Desde mi balcón, organizado por Photo España, en relación al confinamiento durante la pandemia por Covid-19. Sus fotografías de la soledad de las calles de León, muchas de ellas tomadas desde el balcón de su departamento, han sido seleccionadas por el Ayuntamiento de esa ciudad para representar las duras semanas de cuarentena.

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