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Cultura de la cancelación

Un debate, iniciado por una carta abierta, que divide a escritores, intelectuales, lectores y a la industria cultural. Un debate que nos interpela como sociedad.


Por Juan Francisco Baroffio

@queremoslibros



Una vieja y remanida premisa de la filosofía política indica que el fin justifica los medios. Frase harto repetida y cuya popularidad la ha invisibilizado. Está ahí como el aire que uno respira pero que no percibe ni con la vista ni con el olfato. Pero hay ciertos gases nocivos que tampoco se perciben hasta que han dañado el organismo. Incluso, hasta que el daño es tan severo que ya no tiene remedio. Por eso habría que plantearse cuáles son los medios y cuáles los fines. Pareciera que se tratara de una verdad de Perogrullo pero en ocasiones los límites son muy sinuosos y poco claros.

Si algo caracterizará a esta segunda década del siglo XXI es el resurgimiento de movimientos de defensa de los Derechos Humanos y las libertades individuales. Las viejas cuestiones no resueltas sobre discriminación (por sexo, nacionalidad, color de piel, orientación sexual, entre otros), y las modernas (o ya no tanto), relacionadas al medio ambiente, ocupan la mayor parte del debate público, en general, de las clases medias y altas de las sociedades occidentales. También de sus referentes sociales, políticos, intelectuales y mediáticos.

En pos de los cambios reclamados y que, en general, parecerían inalcanzables (pensemos que Estados Unidos continúa con los problemas raciales después de ciento cincuenta y cinco años del fin de la Guerra de Secesión y ciento cincuenta y siete de la abolición de la esclavitud), se han propuesto diversos medios de lucha. El principal es la concientización de que sin un cambio de paradigma cultural, a niveles locales y globales, poco y nada se conseguirá. La desconfianza generalizada en las instituciones políticas y estatales ha llevado a la militancia directa de los individuos. Las redes sociales, desde la llamada Primavera Árabe (2010-2012), se han convertido en el recurso principal de los que protestan contra las injusticias y los crímenes sexuales y de odio. Pero también se han colado en esas mismas redes sociales manifestaciones más violentas y desproporcionadas que, aprovechando la masividad y cierto sentimiento de impunidad, exacerban el debate. Atacando a los que se manifiestan o a los que opinan en contra. Estas actitudes parecieran considerar que cualquier medio es lícito a la hora de lograr los cambios, incluso el de prohibir o castigar severamente a las expresiones políticas, intelectuales o artísticas que cuestionen o pretendan debatir los cambios o que se expresen en formas consideradas inaceptables e, incluso, por trasgredir ciertas expectativas. A esto, hoy se lo llama cultura de la cancelación y lo que busca es la desaparición pública tanto de las opiniones cuestionables o impopulares como de aquellos que las compartieron.

Algunos intelectuales y artistas perciben a esta tendencia como una infección que se esparce y contamina las verdaderas luchas emprendidas por la sociedad y que tiene el peligro potencial de formar una conciencia colectiva intolerante y antidemocrática. Pero esta opinión no es uniforme y el debate está en pleno apogeo.


Manifiesto Harper's

Se conoce así a una carta publicada hace pocas semanas (7 de julio), en la prestigiosa revista neoyorkina Harper’s Magazine, fundada en 1850. A Letter on Justice and Open Debate (Carta sobre justicia y debate abierto, en castellano), busca denunciar lo que los firmantes entienden como nuevas formas de moral y de compromiso político que <<tienden a debilitar nuestras normas de debate abierto y de tolerancia por las diferencias en favor de una conformidad ideológica>>.

El argumento principal del documento, firmado por más de un centenar de escritores, periodistas y académicos, vinculados al mundo anlgosajón, es que el estilo de vida liberal (entiéndase en el sentido del Estado Liberal moderno y no del liberalismo económico, que son

estructuras filosóficas diferentes), cuya esencia vital es el intercambio libre de ideas e información, está en constante amenaza por la cultura de la cancelación. Entienden que se está generando un estado permanente de intolerancia hacia los puntos de vista opuestos, de una moda del linchamiento mediático (sobre todo a través de lo que se conoce como online shaming, una forma de humillar y exponer cuestiones privadas en internet), que busca el ostracismo o la cancelación del ajusticiado y una tendencia a disolver las cuestiones políticas complejas en una enceguecida certeza moral. <<Si bien hemos llegado a esperar esto en la extrema derecha, la censura también se está expandiendo más ampliamente en nuestra cultura>>, expresan en un pasaje.

El grupo, muy heterodoxo, denuncia casos de censura y de <<castigos desproporcionados>> por parte de líderes institucionales que reaccionan en forma histérica a controlar daños en lugar de considerar verdaderas reformas. Argumentan que hay editores a los que se despide de sus empleos por trabajar con piezas controvertidas; que se retiran libros de imprenta por presuntas faltas de originalidad; periodistas a los que se les prohíbe escribir sobre determinados temas; profesores que son investigados por citar ciertas obras literarias en sus clases; investigadores académicos que son despedidos por difundir el trabajo de un colega revisado por sus pares. Incluso, dicen, que se toman represalias por errores que apenas podrían ser considerados como torpezas.

Los firmantes de esta carta abierta son voces de un amplísimo abanico. Tanto en lo profesional como en lo ideológico, filosófico y religioso. Impulsada por el escritor afrodescendiente Thomas Chatterton Williams, entre las firmas encontramos a figuras resonantes como los escritores Margaret Atwood, J. K. Rowling, Salman Rushdie, Martin Amis, Jeffrey Eugenides, los académicos Noam Chomsky, Francis Fukuyama, Ian Buruma o el argentino Federico Finchelstein de la Univerisad Brown, y a la periodista Gloria Steinem, líder y vocera del movimiento feminista norteamericano en los años 60 y 70 y co-fundadora del Women’s Media Center. No temen calificar al presidente estadounidense Donald Trump como una verdadera amenaza a la democracia a quien, además, consideran como el principal aliado de las fuerzas del anti-liberalismo que ganan vigor a lo largo del mundo.

Finalmente, entienden que la forma de combatir las malas ideas es mediante la exposición, la argumentación y la persuasión, y <<no tratando de silenciarlas o de esperar que desaparezcan>>. <<Rechazamos cualquier elección falsa entre justicia y libertad, ya que no puede existir la una sin la otra>>, expresan en los tramos concluyentes del documento y piden que se deje espacio a los escritores para poder experimentar, tomar riesgos creativos e, incluso, equivocarse.

<<Si no defendemos exactamente aquello de lo que depende nuestro trabajo, no podemos esperar que el público o el estado lo defiendan por nosotros>>, cierran la carta con esta clara manifestación de su intención.


Repercusiones

Si bien para el gran público, sobre todo de los países alejados del colosal mundo editorial estadounidense, es un tema que pudo haber pasado desapercibido, no pocas fueron las reacciones ante el documento publicado por Harper’s.

En un extremo, voces críticas cuestionaron tanto el contenido de la carta abierta como a los firmantes. En algunos casos con las reacciones exacerbadas que se denuncian en ella. Algunos decidieron correr el eje del debate para centrarse en las personas y no en las ideas expresadas. Las voces más encendidas, sobre todo en Twitter, no han dudado en calificarlos como <<a bunch of old white people>> (un puñado de viejos blancos). Según esta visión, se trataría de una reacción exagerada y de auto victimización infundada por parte de un grupo de personas privilegiadas que no conocen lo que en realidad significa ser discriminado o segregado.

Incluso dentro de las propias filas de los firmantes no han faltado las polémicas: la historiadora Kerri Greenidge, luego de las reacciones desfavorables que recibió en su cuenta de Twitter, denunció no haber firmado el documento. En su cuenta del pajarito azul pidió a la revista Harper’s que se retractara públicamente. Estos publicaron, a modo de respuesta, los e-mails

Margaret Atwood

que la historiadora les había enviado dando su conformidad para aparecer como adherente a la carta. A lo que la historiadora respondió cambiando a privado el estado de su cuenta en la red social. No obstante, su firma fue removida del documento publicado on-line. Otra de las que se arrepiente de haber prestado su firma, es la académica en comunicación Laura Kipnis; según ella, no se retracta del contenido del documento, pero sí de figurar junto a la escritora británica J. K. Rowling, que en las últimas semanas estaba siendo acusada de haber realizado comentarios transfóbicos. Desde el equipo de prensa de la creadora de Harry Potter, nos informaron que por el momento no realizaría comentarios al respecto de la carta y sus repercusiones.

Por otro lado, desde las filas más incendiarias de la extrema derecha se han mofado de que ahora escritores progresistas de izquierda sean víctimas de ese mismo progresismo de izquierda.

Otra parte de la crítica, más moderada, considera que los temas abordados en la carta, si bien son loables, se han planteado en forma superficial, lo que puede prestarse a confusión y dejar abierta la puerta para que bajo el paraguas de la libertad de expresión, se den rienda suelta a todo tipo de discursos de odio.


Contra-manifiesto

La periodista Arionne Nettles llevó a cabo una respuesta diferente pero también severamente crítica. Profesora con orientación a la narrativa digital en la Facultad de Periodismo de la Universidad Northwestern (Illinois, EEUU), una de las diez más prestigiosas de ese país y que entre sus alumnos notables cuenta con el escritor George R. R. Martin, la ex duquesa de Sussex Meghan Markle y los actores Charlton Heston y Julia Lois-Dreyfus, Nettles impulsó la publicación de un “contra-manifiesto” llamado A More Specific Letter on Justice and Open Debate (Una carta más específica sobre justicia y debate abierto, en castellano). Firmado por otro centenar de académicos y periodistas, en general pertenecientes a grupos de identidad que suelen ser blanco de discriminación en Estados Unidos, la carta fue publicada en el portal The Objective, una plataforma que se presenta como la alternativa de publicación para los periodistas típicamente ignorados en aquel país.

Este documento, del 10 de julio, cuestiona que los firmantes del Manifiesto Harper’s pertenecen a grupos sociales y raciales que nunca han sido cancelados o segregados y que, por su nivel de exposición pública y fama, no carecen de medios para poder expresarse. Esto último, que quedaría evidenciado en que su manifiesto es publicado por uno de los medios más prestigiosos del país. El contra-manifiesto también alza su voz crítica ante lo que considera un silencio manifiesto sobre los casos de segregación y discriminación que sufrieron tradicionalmente las minorías. <<En verdad, las personas negras, marrones y LGBTQ+ –en particular las personas negras y trans –pueden ahora criticar públicamente a las élites y hacerlas responsables socialmente (por la discriminación y los abusos); esta pareciera ser la principal preocupación de la carta>>, dice la publicación impulsada por Nettles.

Continúa luego desmenuzando los casos de cancelación y represalias denunciados en el

Arionne Nettles

Manifiesto Harper’s. Entienden que el documento que inició la controversia, lo que pretendía era esgrimir defensas en favor de editores, autores y periodistas que sufrieron cuestionamientos por sus actitudes racistas o xenófobas, o por denuncias de violencia sexual. Y especifica casos resonantes en los que sí fueron discriminados o censurados autores y periodistas por su pertenencia racial, nacional o sexual.

Consideran que a la carta publicada por la Harper’s Magazine le falta el cuestionamiento sobre quién verdaderamente ostenta el poder y qué hace con él. En uno de sus puntos sobresalientes expresa que el Manifiesto Harper’s puede ser leído como <<una reacción cáustica hacia una industria que se está diversificando – una que está empezando a cuestionar las normas institucionales que antes han protegido la intolerancia>>.

En sus tramos finales, el documento impulsado por Arionne Nettles, cuestiona en específico a algunos de los firmantes de su contraparte y los acusa de haber llevado adelante los mismos actos reprobatorios que hoy denuncian.


No todo son críticas

La encendida polémica no sería tal si solo hubiese cosechado voces en contra. Un amplio espectro también se ha manifestado en favor del contenido del Manifiesto Harper’s. Tanto académicos como escritores y público en general, han mostrado su apoyo a través de redes sociales y publicaciones tradicionales.

Algunos opinan que es injusto calificar a ese documento como una expresión de gente vieja y privilegiada, ya que entre sus firmantes menos conocidos para el gran público se encuentran prominentes académicos, autores y periodistas que representan a un amplio y diverso mundo de ideas y expresiones culturales. Por otro lado consideran que el hecho de que lo hayan firmado grandes personajes cuya obra difícilmente sea cancelada, no le resta mérito. Todo lo contrario, ya que estas voces resonantes son las que hacen que el tema sea debatido a gran escala y, a su vez, dan voz a autores menos conocidos y que se encuentran en una situación desfavorable respecto al poder de instituciones académicas y mediáticas y a grupos editoriales.

Las redes sociales, siempre tan reactivas, también se expresan en forma brutal al creer que los movimientos como Me Too o Black Lives Matter solo se dedican a la caza de brujas o a una suerte de macartismo progresista.

Algunos expertos consideran que en verdad se está generando un clima de intolerancia que reduce el debate a meras reacciones sentimentales y que se excluye lo racional. Los debates, a

Mario Vargas Llosa

su vez, se estarían volviendo endogámicos ya que solo se buscaría expresar opiniones en foros que responderán en sintonía. Todo esto presenta un panorama de empobrecimiento generalizado de la cultura y cierra las puertas al diálogo fructífero que las sociedades necesitan para lograr los cambios culturales extensos que busca para combatir los males que la aquejan.

Consultado por ULRICA Carlos Escudé, renombrado académico argentino especialista en Relaciones Internacionales, investigador principal del CONICET y doctorado en la Universidad de Yale, opina que el manifiesto le parece muy apropiado para los tiempos que vive EEUU. <<Me parece justo y necesario. Leerlo ayuda a ordenar cosas que uno ya sabe. Y ese ordenamiento también nos permite comparar. A pesar de nuestra mentada “brecha”, en este instante puntual nosotros vivimos un clima de mucha más tolerancia y libertad que los norteamericanos>>. Así mismo considera que una uniformidad de pensamiento, en la que el debate se ve aprisionado por tal o cual corset ideológico, pone en riesgo la libertad: <<Que la libertad pueda ser producto del caos es quizá paradojal. Pero este es uno de los países más libres del mundo gracias precisamente al caos>>.


Adhesión

Por su parte, un colectivo heterogéneo y de peso en las letras hispanas ha hecho un acto de adhesión pública a lo expresado por sus pares en la Harper’s Magazine. Con nombres resonantes como el premio Nobel Mario Vargas Llosa, Milena Busquets, Oscar Tusquets, Fernando Savater, Nuria Azancot, Eva Serrano y otro centenar proveniente de la literatura, el periodismo y las academias, se publicó un comunicado en que expresan su apoyo completo a los movimientos que luchan <<contra lacras de la sociedad como son el sexismo, el racismo o el menosprecio al inmigrante>> y desean manifestar su preocupación <<por el uso perverso de causas justas para estigmatizar a personas que no son sexistas o xenófobas o, más en general, para introducir la censura, la cancelación y el rechazo del pensamiento libre, independiente, y ajeno a una corrección política intransigente>>.

Con palabras que no se quedan en medias tintas, responsabilizan a líderes empresariales, representantes institucionales, editores y responsables de redacción, de realizar actos de censura y cancelación con el fin de no ver disminuidas sus ventas. Entienden que una nueva radicalidad intenta imponer una uniformidad de pensamiento que se asemeja a la censura supersticiosa o de la extrema derecha, y que tiene un fundamento antidemocrático e implica <<una actitud de supremacismo moral que creemos inapropiada y contraria a los postulados de cualquier ideología que se reclame “de la justicia y del progreso”>>.

Finalizan diciendo: <<La cultura libre no es perjudicial para los grupos sociales desfavorecidos: al contrario, creemos que la cultura es emancipadora y la censura, por bienintencionada que quiera presentarse, contraproducente>>.

Esta postura, ha generado iguales reacciones que las del Manifiesto Harper’s. El bookstagrammer español José Luis Romero (creador de la cuenta @IcaroBooks), considera, consultado por esta revista, <<curioso como los firmantes, todos progresistas en teoría pero mayores de cincuenta años, se quejan por nuevas reglas del juego. Cualquiera, a voz de pronto, estará a favor de la libertad de expresión y a cualquier debate abierto>>.

Por otro lado, autores argentinos como Marcos Aguinis y Ariana Harwicz, dijeron a Ulrica mostrarse totalmente de acuerdo tanto con el Manifiesto Harper’s como con la carta de adhesión. La autora de obras como Degenerado o Matate, amor dijo lamentar que <<tenga que ser siempre el poder el que indique el camino>>, al referirse que, para enfrentarse al poderío

Ariana Harwicz

norteamericano en la industria de la cultura y el entretenimiento, tengan que ser otros poderosos los que presenten la batalla y logren que el debate se replique en medios internacionales de prestigio. <<Estoy de acuerdo con esto que dice la nota sobre esa cultura de la vergüenza pública y con, obviamente, el retroceso político que implica que los libros se censuren, se saquen de circulación, se retiren de librerías>>. <<Faltaría que empiecen a quemar libros en las plazas>>, concluye con preocupación.

Casi precursoramente, Ariana Harwicz y Edgardo Scott publicaron el 4 de julio (tres días antes de que el Manifiesto Harper’s viera la luz), una columna de opinión en El País (España), titulada Editores y escritores de rodillas. En este texto se sorprenden de que hoy se destaque cuáles expresiones artísticas del pasado hoy estarían prohibidas o reprimidas en lugar de celebrar cómo han cambiado los tiempos o cómo han mejorado para algunas injusticias o inequidades. De esto, entienden, sacarán provecho económico las editoriales que presentaran solo textos inocuos y correctos políticamente, con el fin de satisfacer la demanda. <<Catálogos enteros, editoriales como paquetes ideológicos donde de lo que se trata en verdad, es de que el libro, el diseño del libro, la escritura, el autor (y el lector) se sometan a un corset, a un corral político>>.


Un debate que llegó para quedarse

En los últimos tiempos hemos visto expresiones de todo tipo a la hora de manifestarse en favor de los cambios de paradigma culturales que aun presentan resabios sexistas, racistas, y de otras índoles discriminatorias. Hemos visto el pasado puesto en entredicho, juzgado severamente en los medios de comunicación y en las redes sociales. Se han derribado estatuas, se han dejado de incluir en las grillas televisivas a ciertas películas o series y hay libros que no volveremos a ver editados. Ciertamente estamos en una época de cambios profundos y en los que cada uno siente la necesidad de expresar sus opiniones. Y las redes sociales dan esa posibilidad, sin ningún tipo de filtro y sin importar lo cruel o bestial que pueda ser.

En definitiva, volvemos al principio de este artículo, que no tiene respuestas sino solamente busca presentar el debate y sus aristas. En los próximos años, una vez más, deberemos discutir sobre qué medios queremos usar para lograr nuestros fines y si cualquier medio es justificable cuando creemos que el fin es bueno.



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