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Colección miniatura

Por Susana López del Toro

@susana_lopez_del_toro


Nos abre las puertas a un fascinante mundo de edición de libros.




Periodista de profesión y lectora por necesidad vital, siempre he sentido una extraña fascinación por las miniaturas, atracción que me explico por el innegable encanto y delicadeza que tienen los objetos pequeños, por la satisfacción que proporciona el poder tener, literalmente, el mundo en tus manos y por la admiración que provoca la dificultad añadida que tienen en su elaboración los objetos diminutos.

Fruto de esta devoción y de mi amor por los libros, en continente y contenido, desarrollé una gran curiosidad por las ediciones minúsculas. Así que estudié, busqué e investigué el porqué se elaboran libros cuyas dimensiones hacen (casi) imposible su lectura.

Cuando quise darme cuenta, me había enganchado a esta parcela tan particular de la bibliofilia y reunido una colección de más 4.000 pequeños ejemplares, que abarcan desde el s XVI a nuestros días. Con ellos y los dioramas que realizo sobre el mundo del libro y la literatura, organizo exposiciones en ámbitos culturales bajo el nombre de La biblioteca de Liliput y La literatura Imaginada. Desde hace dos años creo composiciones artísticas que tienen a mi objeto de deseo como fuente de inspiración y elemento principal.

Pertenezco a la Miniature Book Society, una agrupación internacional que acoge a editores, libreros y coleccionistas especializados en ediciones minúsculas, que son aquellas que no superan los 75 mm de altura de lomo, referida esta medida a su encuadernación. Aunque Europa es más generosa con las dimensiones y también entran en esta categoría los libros de hasta 100 mm tomando como referencia su mancha impresa.

En los 30 años de estudio y recopilación «microbibliófila» me ha quedado claro que los libros en miniatura han existido siempre: se conservan incluso tablillas da barro sumerias con escritura cuneiforme con unas dimensiones mínimas. Y Plinio, en su Tratado de Historia Natural, habla de un manuscrito de La Ilíada tan pequeño que podía guardarse en una cáscara de nuez. El desarrollo de las ediciones en miniatura (en algunos países, también llamadas, «diamante») ha corrido paralelo al del propio libro en formato convencional.

Los motivos principales para reducir el tamaño de este soporte de escritura son cinco:


- Poder almacenar mucha información en poco espacio. Casi son el mismo objetivo que las actuales agendas electrónicas, son innumerables los ejemplos que se conservan de almanaques y calendarios de reducidísimas dimensiones y que contenían todo tipo de datos prácticos.


- Para facilitar su trasporte en una época en la que viajar no era fácil ni cómodo. De ahí las bibliotecas de viaje, como la de Napoleón Bonaparte.


- Servir de amuleto para llevar consigo la palabra de Dios: desde los libros de horas a los de cintura o a modo de joyas, todas las religiones han recurrido al formato miniatura para permitir que sus fieles pudieran tener fragmentos de sus textos sagrados siempre a mano.


- Adecuarse al público infantil con el objetivo de conseguir que el soporte de lectura resulte más atractivo, manejable y proporcional su tamaño.


- Y por último, muchos de las ediciones minúsculas se han realizado a lo largo de la historia con el único fin de probar la capacidad profesional o personal de sus elaboradores. En otras palabras, el intentar conseguir los mayores estándares de calidad y belleza en busca del «más pequeño todavía». Y en ese juego han entrado impresores (incluso el ayudante de Gutenberg, Peter Schoffer, desde la cuna de la imprenta ya quiso probar cuál era el documento más pequeño capaz de hacer, como evidencian las dos hojas en pergamino del Diurnale Moguntium, que sólo miden 94 mm de alto, y se conservan en la Biblioteca Nacional de Francia), editores (que vivieron su época dorada desde el siglo XVIII a finales del XIX, como el escocés David Bryce) y encuadernadores, como el mismísimo Brugalla.


Ciertamente muchos son los motivos para volverse una coleccionista apasionada.




(Madrid, España) Periodista de profesión. Redactora jefe de la revista urbana Vivir en Madrid; de la edición española de la cabecera francesa BIBA; editora de la revista Cosmopolitan España, durante 18 años. Es coleccionista y micro bibliófila. Organiza exposiciones con sus libros y los dioramas que crea bajo el nombre de La biblioteca de Liliput y La literatura imaginada.

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